08 de febrero de 2020
08.02.2020

Una memoria blanca

Imaginando la casa mediterránea. Italia y España en los años 50, fue el título de la muestra en el local del ICO de Madrid ya clausurada

07.02.2020 | 22:32
Casa Rudofsky.

Imaginando la casa mediterránea. Italia y España en los años 50, fue el título de la muestra en el local del ICO de Madrid ya clausurada, pero que nos deja, como todas las exposiciones bien organizadas, un libro como estupendo recuerdo. La publicación nos acerca a esos años riquísimos en la obra de italianos como Gio Ponti, Alberto Sartoris, Luigi Cosenza y españoles como José Antonio Coderch, que fue activo corresponsal de la revista Domus en nuestro país, autor del memorable artículo No son genios lo que necesitamos ahora. Coderch fue, junto a Rafael Santos, el responsable en la IX trienal de Milán de 1953 del pabellón español, y este hito tuvo importancia en la manera de vernos desde allí. Pero también al contrario, ya que la muestra se centraba en los trabajos que, a través de revistas como Domus, pusieron en contacto en esos años cincuenta las dos orillas, la española (en gran medida catalana) y la italiana. Ya saben que somos "due popoli ma una stessa razza", y nadie mejor para llevar el comisariado que Antonio Pizza, oriundo del sur de la bota, que lleva muchísimos años como profesor en la Escuela de Arquitectura de Barcelona.

La exposición profundizó en personajes como Rudofsky, que para Gio Ponti es un oráculo y para Coderch es "el verdadero maestro de la arquitectura moderna" y es importante en esta "mostra" porque además de tener una interesantísima casa propia en Málaga colabora con Luigi Cosenza en viviendas en Italia y sirve así de bisagra. Pero los ejemplos de Rudofsky se salen de la franja de los años 50, por arriba y por abajo. El hecho de circunscribir la exposición en su título a este decenio hace que echemos en falta ejemplos como la Casa Malaparte (1937), la Villa Domus en Liguria de Luigi Carlo Daneri (1956-40), la obra de Erwin Broner en Ibiza por ejemplo (que funda su estudio en 1960), la casa Cantarell de Pratmarsó (1961), la casa Van Driesche de Martínez Lapeña-Torres Tur de 1973 (que acaban de salvar entre varios profesores Pep Llinàs, Ricado Perelló, Marina Sender...). En fin hay muchas, muchísimas obras y casas mediterráneas que forman parte de nuestra memoria blanca.

Podemos ver muchos dibujos a mano, a color, perspectivas y dibujos originales preciosos (Hotel en Capri de Gio Ponti, por ejemplo), croquis de trabajo de Coderch, muchísimas imágenes (en blanco y negro la mayoría), fotos de la mano de profesionales como Catalá Roca algunas, que conocemos los aficionados a esta época, por los libros monográficos dedicados a estos arquitectos que adoramos.

Se trata asimismo de ver ese descubrimiento de lo evidente que era la arquitectura blanca tradicional del Mediterráneo que se unía asombrosamente a la estética de lo más moderno, procedente del racionalismo. Ya Le Corbusier en sus viajes lo había anotado, y aquí son nombres como el de Gio Ponti los que ven en arquitecturas antiguas baleares la esencia del movimiento moderno y lo publican. Para mí, una de las características de esta época, que no deja de ser una primera revisión del racionalismo, es que a través de muchas de sus obras se amplían viviendas en cascos históricos, pueblos de pescadores ahora turísticos, en los que la arquitectura blanca sirve de continuidad histórica y rompe con esa visión del urbanismo moderno que el propio Le Corbusier o Hilberseimer proponían de manera absolutamente disruptiva.

Así aparece la obra de Federico Correa y Alfonso Milá, discípulos de Coderch, que tienen un buen número de obras de este tipo integrador de una gran riqueza. También en la muestra vemos casas de Antonio Bonet, que vivió durante muchos años en Río de la Plata pero tiene casas magníficas en la Costa Brava. Obras de Barba Corsini, Sostres o las casas del Perellonet de De Miguel.

La exposición montó en el recorrido algunos espacios creados con ventanas que permitían ver el mar proyectado en el centro de Madrid, incluso sentir el viento y patios entre muros. Pero el olor a pino, sus fustes recortando el paisaje, el pisar la pinocha, la siesta oyendo las cigarras, el paseo junto al mar de Capri llevándote a ver "i faraglioni", la maravilla del baño, "il sapore di mare". Qué suerte tenemos de vivir en un país tan rico y tan variado.

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