11 de enero de 2020
11.01.2020

Inquietante y misteriosa

La desaparecida fotógrafa Francesca Woodman consideraba su trabajo como "una forma de conectar con la vida"

10.01.2020 | 21:59

La trayectoria artística de Francesca Woodman está marcada por el episodio dramático de su suicidio el 19 de enero de 1981, cuando aún no había cumplido 23 años. Se arrojó al vacío desde una ventana del loft en el que vivía en Nueva York, un episodio que terminó por aumentar la inquietante leyenda de una artista de culto.

Su infancia había transcurrido entre Boulder, un pequeño pueblo de Colorado, y Antella, una aldea de la toscana italiana, cerca de Florencia, punto de reunión de artistas, donde sus padres, George y Betty Woodman (él, además de pintor era fotógrafo), tenían una residencia. Estudió en Massachusets y en Rhode Island, en Providence, donde empezó a experimentar con la fotografía sin pensar en dedicarse profesionalmente al oficio. Para ella la fotografía era "una forma de conectar con la vida", según dejó escrito en su diario. Sus padres le regalaron una cámara de fotos cuando tenía 13 años y con ella comenzó una apasionante carrera en la que forjó un mundo misterioso, a veces erótico y muy personal. Su primera foto fue un autorretrato ( Autorretrato a los 13 años) en el que oculta parcialmente su cara con el pelo. Woodman se utilizó frecuentemente a sí misma como modelo en un ejercicio introspectivo en busca de su propia personalidad (decía, irónicamente, que lo hacía porque era la modelo que tenía más a mano).

Siguieron otros retratos y autorretratos de mujeres desnudas en los bosques de Massachusets o en habitaciones desangeladas, melancólicas, con paredes desconchadas. Mujeres misteriosas y vulnerables, una vulnerabilidad potenciada por la desnudez y el entorno de plásticos, desperdicios y cristales y espejos rotos donde se sitúan. A veces esas mujeres ocultan su rostro con máscaras, detrás de alguna de las cuales siempre está ella. La figura de la mujer aparece de una manera rupturista respecto al rol que tradicionalmente se le ha adjudicado a la figura femenina en la historia del arte.

Francesca Woodman sólo presentó tres exposiciones en vida: en Andover en 1976, en la Galería Maldoror de Roma en 1978 y en Providence en 1979 (a esta última la tituló de forma premonitoria El canto del cisne). Su obra había caído en el olvido cuando en 1992 fue recuperada por el Shedhalle de Zúrich y el Westfälischer Kunstverein de Münster (Alemania). Después, en 1996, una exposición colectiva en la Whitechapel de Londres despertó definitivamente el interés por una autora que hasta entonces era una perfecta desconocida. Al año siguiente la Fondation Cartier de París organizó su primera gran exposición retrospectiva. Después vinieron el MoMA y el Metropolitan Museum de Nueva York, que la consagraron como artista.

Los críticos sitúan sus primeras fotografías en el surrealismo, en un mundo de fantasía y de formas evanescentes, aunque sus últimas obras están más próximas al arte conceptual, con figuras que relacionan el cuerpo con los objetos, la arquitectura y el espacio. El crítico francés David Levi-Strauss dijo que la fotografía de Woodman es "un deseo revolucionario de romper los códigos de las apariencias y mirarlas a través de un espejo". Sus imágenes son femeninas y sensuales, algunas dramáticas y casi todas enigmáticas (el escritor Philippe Sollers las llamó antifotografías). Revelan una fascinación estética por la muerte, la decadencia y la decrepitud.

Dejó un legado de 10.000 negativos y 800 fotografías impresas, gestionado celosamente por sus padres, y del que se conoce apenas una cuarta parte. Sólo publicó un fotolibro, en 1981, al que tituló Algunas geometrías interiores desordenadas. En 2017 la editorial Phaidon le dedicó una exquisita monografía en la que el profesor Chris Townsend rastrea las referencias de la obra de Francesca Woodman en las de Richard Serra y Ralph Eugene Meatyard.

En 2016 la Fundación Henri Cartier-Bresson de París le dedicó una completa retrospectiva titulada On being an angel, un título tomado de una de sus fotografías más icónicas. El título hacía referencia a uno de los temas preferidos de la artista, los ángeles, un motivo con el que se identificaba a través de numerosos autorretratos, unos ángeles decadentes y misteriosos situados en entornos desolados. Además de sus etapas surrealista y conceptual, muchas de sus instantáneas transmiten una sensación de movimiento, como las imágenes Sin título de Roma, tomadas en 1977 y 78, en las que la vemos saltando pero dando la sensación de levantarse a sí misma tirándose del pelo. También la idea de metamorfosis, con imágenes que se transforman o desaparecen, donde los cuerpos se funden con las paredes y las puertas.

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