11 de enero de 2020
11.01.2020

Los 'best sellers' victorianos

El ocio literario de la sociedad inglesa decimonónica

10.01.2020 | 21:53
Los 'best sellers' victorianos

El siglo XIX inglés es famoso en la historia de la literatura universal por sus grandes novelistas, entre otros nombres los que el crítico F.R. Leavis denominó "La gran tradición", como Jane Austen y George Eliot, sin olvidar a Charles Dickens o Thomas Hardy y al genial Oscar Wilde.

El XIX es también "el siglo de la Revolución Industrial" y el correspondiente desarrollo de "la clase trabajadora" y de "la clase media", lo que significó un aumento importante en el número de personas que aprendieron a leer: los trabajadores porque lo exigía la constante evolución de la maquinaria y las mujeres burguesas para distraer sus horas de ocio.

Como consecuencia, hubo un florecimiento de la novela popular, manifestado en los penny readings (lecturas por un penique), que reflejaron la atracción de la época por lo sensacionalista y lo morboso. Así, este siglo es también el del auge de la novela de detectives y, siguiendo el impulso de la novela gótica de primeros del XIX, de las obras de brujas y fantasmas. A todo esto hemos de unir que en Inglaterra llevaban ya más de un siglo de fomento de la lectura, con bibliotecas ambulantes que llegaban a casi todas partes y una importante red de periódicos que se ocupaban de incluir obras breves o fragmentos literarios en todos sus números. Dickens, por ejemplo, fundó una revista literaria semanal, All the Year Round ( Durante todo el año), en 1859, donde publicó por entregas algunas de sus obras, otras de Wilkie Collins y de Anthony Trollope, así como de varias de las autoras que aparecen en el libro que se reseña.

Esta larga introducción viene a cuento para explicar que los relatos de brujas de escritoras victorianas no eran literatura de poca importancia sino los best sellers de la época, seguidos por un público lector entregado que esperaba con impaciencia la publicación del siguiente número. Que los cuentos fueran escritos mayoritariamente por mujeres se entiende fácilmente: los hombres estaban dedicados a empresas más lucrativas, como la industria, el transporte y la gestión del dinero.

La selección de Peter Haining que ahora publica Alba está dividida en dos partes. La segunda incluye diez narraciones breves y dos fragmentos de novelas escritas por autoras significativas en su momento, muy conocidas en los círculos literarios y pertenecientes en su mayoría a familias de intelectuales. Amelia Edwards, por ejemplo, estableció la Fundación para la Exploración de Egipto y Anna Kingsford presidió la Sociedad Teosófica de Londres, y todas ellas gozaron de la fama y el prestigio literario.

Los cuentos llevan con frecuencia a la ficción casos recogidos en los anales de la historia o leyendas orales sobre aparecidos, avaladas generalmente por la categoría de la persona relatora. Los títulos son explícitos y abundan en referencias a Satanás, a la brujería y a las almas en pena, todos ellos temas favoritos de la ambivalente sociedad victoriana, ilustrada y oscurantista.

La primera parte del libro recoge la historia de la brujería en Inglaterra, Escocia, Irlanda y Gales, así como un breve capítulo sobre la posesión demoníaca. Las cuatro contribuciones están escritas por mujeres victorianas, solventes conocedoras del terreno que describen. La brujería en Irlanda está firmada por Lady Wilde, madre de Oscar, que además de investigar y escribir sobre las leyendas y supersticiones de su país, dirigió el salón literario más famoso de Irlanda en su casa de Dublín.¡

La brujería en Inglaterra y La brujería en Escocia se deben a E. Lynn Linton, periodista, crítica, novelista y escritora de relatos breves. Además de recoger aquí las circunstancias de varios juicios a brujas desde "el crédulo siglo XVI", señala la inconsistencia de condenar, por tener poderes diabólicos que les permiten ser ubicuas, volar y matar con la mirada, a mujeres que esperan pasivamente a que las quemen o las ahorquen. Señala, así mismo, que la historia de la brujería es una prueba fehaciente "de que la mente no puede viajar más allá de la propia esfera de conocimiento, y de que incluso las alucinaciones están limitadas por la experiencia, y la clarividencia por la visión real del pasado".

E. Lynn Linton dixit.

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