Violencia machista
Una amiga de Silvia, la mujer asesinada en Zaragoza, detalla que nunca pensó en denunciar a su asesino: “Es mejor tener a la fiera calmada”
Esta amiga de la víctima relata cómo era su relación con el hombre que acabó con su vida y que conocía a su agresor desde que ambos iban al colegio

Vecinos y amigos han puesto carteles en memoria de Silvia en la puerta de la peluquería. / Pablo Ibáñez
Israel Salvador
Silvia y Javier se conocían desde el colegio, aunque sus vidas tomaron caminos distintos hasta que, años después, volvieron a encontrarse. Fue la antesala de lo que ha acabado en un nuevo asesinato machista en Zaragoza.
Ambos eran de la misma edad. De hecho, la víctima hubiera cumplido 50 años el próximo 1 de mayo. Aquel reencuentro dio paso a una relación que se prolongó durante algo más de un año y que, según el entorno más cercano de la víctima, estuvo marcada por un patrón que él ya había repetido con otras parejas.
El asesino había mantenido varias relaciones sentimentales a lo largo del tiempo y, en todas ellas, explican, tendía a situarse en una posición de control. “Siempre se sentía poderoso”, recuerda una amiga íntima de Silvia, a quien ella misma le había ido trasladando esa sensación. Algunas de esas relaciones anteriores, añade, no terminaron bien y varias de sus exparejas acabaron alejándose de él en situaciones complicadas.
Silvia fue quien decidió acabar con la relación hace unos meses. Ese hecho, según su entorno, marcó un punto de inflexión. “Le gustaba ser él quien dejaba a las demás, no al revés”, explica. “Que fuera ella quien diera el paso no lo encajó bien”, apostilla.

La peluquería de Silvia es un altar improvisado en su honor. / Pablo Ibáñez
Durante el tiempo que estuvieron juntos no hubo episodios visibles de violencia física. De hecho, desde el entorno de la víctima insisten en que nunca llegó a agredirla. Entre las averiguaciones policiales se ha podido comprobar que no existía ninguna denuncia previa, por lo que la Unidad de Atención a la Familia y la Mujer (UFAM) no tenía registros en el sistema VioGén de ningún episodio.
Lo que sí describen en su entorno es una presión constante en el plano psicológico, mucho más difícil de percibir desde fuera. “Todo lo hacía a escondidas”, apunta, lo que contribuía a proyectar una imagen de normalidad.
La relación incluía además elementos de control más sutiles. Javier, informático, había desarrollado el programa de gestión de la peluquería de Silvia, lo que, según sus amigas, le permitía mantener cierto acceso a su actividad. Incluso después de la ruptura, el contacto no desapareció del todo. Él continuaba enviándole mensajes en los que le decía que la quería, mientras ella trataba de poner distancia, hasta el punto de bloquearlo en redes sociales.
Pese a ello, Silvia optó durante un tiempo por una estrategia de contención. Mantuvo la relación con la madre y la hija de él y, a través de ellas, le llegaban mensajes de que Javier estaba tranquilo, que se había calmado. Esta amiga, sin embargo, le insistía en que denunciara. “Ella decía que era mejor tener a la fiera calmada”, relata.
Proyectaba una imagen afable
Esa aparente normalidad también se apoyaba en la actitud de él hacia el exterior. Incluso después de la ruptura, se mostraba cercano con el entorno de Silvia y trasladaba la idea de que todo estaba bien, que podían contar con él para lo que necesitaran.

Un momento de la concentración en repulsa del asesinato de Silvia. / Pablo Ibáñez
En paralelo, algunas personas de su entorno apuntaban a que Javier atravesaba un episodio depresivo en los últimos meses. Un factor que, sin embargo, no hizo saltar las alarmas entre quienes rodeaban a Silvia. “Jamás hubiéramos pensado que iba a pasar algo así”, reconoce ahora su amiga, visiblemente emocionada en una conversación mantenida con la más absoluta discreción con EL PERIÓDICO DE ARAGÓN.
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