Las consecuencias de las llamas
Las Hurdes, 15 días después del incendio: "Nos sentimos vulnerables, pensamos que el próximo verano habrá más fuegos"
Vecinos de alquerías como Avellanar (Pinofranqueado) y Cerezal (Nuñomoral) contemplan todavía con tristeza un paisaje arrasado por las llamas y confían en que el monte vuelva poco a poco a teñirse de verde
Apenas 8 kilómetros en línea recta separan las poblaciones de Avellanar (alquería de Pinofranqueado) y Cerezal (alquería de Nuñomoral). A pesar de que para llegar de una a otra hay que dar un rodeo de más de media hora, el incendio forestal de Las Hurdes, que se originó hace hoy 15 días, calcinó más de 3.700 hectáreas y conectó con ambos municipios. En un día importante para toda la comarca porque el Consejo de Gobierno de la Junta de Extremadura se había desplazado hasta allí para dictaminar las ayudas a los afectados por los incendios forestales, El Periódico Extremadura ha vuelto a estar sobre el terreno para conocer cuáles son las sensaciones de los vecinos, que aún miran con desolación el paisaje negro que han dejado las llamas.
La primera parada es Avellanar, una pequeña alquería en la que durante el invierno apenas permanece una docena de vecinos. La llegada del verano transforma por completo el pueblo y este año, justo antes de declararse el incendio, su población prácticamente se había triplicado con el regreso de quienes conservan allí su casa y sus raíces.
Amalia Alonso
Entre ellos está Amalia Alonso. Vive habitualmente en Villanueva de la Sierra, pero Avellanar sigue siendo su pueblo de verano. Otros años pasaba allí buena parte de la temporada y aprovechaba para cuidar el huerto. Esta vez las circunstancias familiares habían alterado sus planes. «Mi marido ha estado muy malo y he estado cuidándolo», explica mientras recorre uno de los huertos acompañada de su cuñado y de Cati, su perra.

Amalia Alonso, en Avellanar junto a su perrita Cati. / Toni Gudiel
El fuego la sorprendió fuera del pueblo casi por casualidad. Había abandonado Avellanar el día anterior porque tenía que hacerse una analítica. Cuando regresó después del incendio, apenas reconocía algunos de los lugares por los que llevaba años caminando. «El primer día que vine me temblaba todo al llegar aquí. Es una pena cómo ha quedado», recuerda.
Laderas ennegrecidas
Desde el huerto señala las laderas ennegrecidas. Algunas pequeñas manchas verdes sobrevivieron, pero a pocos metros el fuego arrasó árboles frutales y parcelas que las familias habían cuidado durante años. «Ahí enfrente tenía uno y no ha quedado nada. Había manzanos, perales y otros frutales. Y ahí abajo tengo otro igual. Es una pena muy grande. Es que nos sentimos vulnerables, pensamos que el próximo verano volverá a ocurrir lo mismo», lamenta.
Amalia sabe, porque ya lo ha vivido antes, que el monte terminará recuperándose. Hace 23 años, recuerda, otro incendio afectó también a esta zona. Su esperanza ahora está puesta en que llegue cuanto antes el verde. «Dos años por lo menos tardará en recuperarse», asegura.
Por eso insiste en que Avellanar debe seguir recibiendo a quienes vuelven cada verano y a quienes se acercan a descubrir Las Hurdes. Su casa no resultó afectada por las llamas y el suministro de agua, explica, quedó restablecido pocos días después. Ahora la preocupación se traslada también a lo que pueda ocurrir cuando lleguen las lluvias y el agua arrastre las cenizas acumuladas en las laderas.
En Cerezal
Una larga travesía en busca de otras zonas que se vieron gravemente afectadas conduce después hasta Cerezal, donde la imagen se repite. El negro se abre paso en buena parte del paisaje y obliga a sus vecinos a convivir cada día con el recuerdo del incendio.
Violeta Blanco lleva 42 años regresando a esta alquería. Nació en Bilbao y no se considera hurdana de nacimiento, pero después de más de cuatro décadas reconoce que el vínculo con este rincón es difícil de explicar. Durante el incendio fue trasladada junto a otros vecinos hasta Caminomorisco y no contempló directamente el avance de las llamas. El impacto llegó al regresar.

Victoria Blanco apunta hacia la zona quemada más cercana a Cerezal. / Toni Gudiel
"Dan ganas de llorar"
«Dan ganas de llorar cuando lo ves, con lo bonito que es. Esto es un pulmón», resume. Quince días después, el susto inicial ha dejado paso a otro sentimiento: la pena. «Te levantas, miras o vas un poco para allá y ves cómo está. Piensas en la niñez y en la adolescencia de toda la gente que ha vivido aquí y dices: mira cómo ha quedado».
Violeta recuerda además que el fuego forma parte demasiado a menudo de los veranos hurdanos. «Llevo 42 años viniendo aquí y son 42 años viendo incendios. Si no es aquí, es en otra zona», asegura. Pese a ello, confía en la capacidad de recuperación de una comarca que ya ha demostrado en numerosas ocasiones que puede levantarse después de las llamas. «Las Hurdes volverán a ser lo que eran, como siempre se acaba regenerando».
Tomás Martín
Ese vínculo con el terreno es todavía más evidente entre quienes han vivido toda su vida en Cerezal. Tomás Martín recuerda un paisaje muy diferente al actual y una época en la que la ganadería ayudaba también a mantener despejadas muchas zonas próximas al pueblo.

Tomás Martín, vecino de Cerezal. / Toni Gudiel
«Antes había cabras y hacían su trabajo», cuenta. Recuerda laderas con menos vegetación y pequeñas parcelas mucho más cuidadas. Para él, recuperar actividad en el monte y mantener limpias determinadas zonas puede ser una de las claves para reducir el riesgo en el futuro.
Son miradas diferentes unidas ahora por una misma imagen. En Avellanar y Cerezal las casas siguen en pie y la vida continúa, pero basta levantar la vista para comprobar que el incendio sigue muy presente. 15 días después, el fuego ya está apagado; la huella que ha dejado tardará bastante más tiempo en desaparecer.
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Fuente: El Periódico de Extremadura
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