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Gaveta de Astrofísica

El cura de Chipude

Trabajando como profesor en el Instituto llegó a manos de mi buelo algo bastante inusual: un telescopio con un pequeño espectrógrafo acoplado. De entre todos los espectros que consiguió sacar, el de la Galaxia de Andrómeda era del que estaba más orgulloso.

Llanos de plataneras desde la azotea de una casa típica al norte de La Gomera

Llanos de plataneras desde la azotea de una casa típica al norte de La Gomera / Ignacio Martín Navarro

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Ignacio Martín Navarro

Santa Cruz de Tenerife

Nada más cruzar el túnel se dio cuenta de que aquello no se parecía en nada al Barranco de Tirajana donde se había criado, según él mismo contaba, buscando nidos de guirre y huesos de guanches. A mi abuelo siempre le gustó contar historias. Recuerdo escucharle embobado, sentado encima de su pie que se movía como un caballo. Tenía una marca en la canilla que a veces aparecía por debajo del pantalón canelo que solía llevar puesto. Decía que era la mordida de un pulpo que le picó una vez mientras pescaba morenas. Ni entonces ni ahora tengo muy claro, de entre todo aquello, dónde estaba el límite entre la realidad y la fantasía. El valle estaba completamente oscuro y solo se escuchaba el sonido de las chácaras y los tambores que hacían bailar a las pequeñas hogueras que llegaban hasta la playa de Santa Catalina.

Algo que siempre le gustó a mi abuelo fue la astrofísica. No diré que por eso acabé yo trabajando aquí, pero no niego que algo haya tenido que ver. Trabajando como profesor en el Instituto llegó a sus manos algo bastante inusual para la época: un telescopio con un pequeño espectrógrafo acoplado. Lo había traído a la isla un comerciante inglés y se había quedado guardado durante décadas en el garaje de un amigo suyo. Yo no había nacido por aquel entonces pero, por lo que cuentan, mi abuelo se pasaba horas exponiendo sobre placas fotográficas rudimentarias para poder obtener el espectro de las estrellas más cercanas e incluso de alguna galaxia.

A mi abuela la conoció poco después de llegar al Valle. Era la mayor de las dos hijas de Don Antonio. A Don Antonio, mi bisabuelo, le encantaba caminar. Los domingos solía salir de casa temprano para poder oír la misa en Chipude y estar de vuelta a la hora de comer. El camino, hoy desaparecido, no era fácil. Tanto es así que mi bisabuelo lo hacía muchas veces acompañado de una pistola. Conservamos una caja con balas pero nadie sabe dónde dejó la pistola, aunque creemos que la emparedó entre los gruesos muros de la casa cuando nació mi abuela. A mi bisabuelo, acostumbrado a mirar al suelo para no caerse y a las sombras entre los árboles para evitar problemas, la afición de su yerno por pasar las noches sin despegarse de su telescopio mientras los demás dormían siempre le resultó sorprendente.

De entre todos los espectros que consiguió sacar mi abuelo, el de la Galaxia de Andrómeda era del que estaba más orgulloso. – Mira, mira, qué bien se ve el triplete del magnesio. La verdad es que nunca terminé de entender el interés que tenía por aquella transición atómica en particular. Personalmente, y así se lo hice saber en varias ocasiones, creo que hay otros elementos alfa que merecen más la pena. Si bien el término elemento alfa hace referencia general a una familia de elementos químicos formados en el interior de estrellas masivas, mi abuelo tenía clara su predilección por el magnesio en particular. –Algún día – me decía –, algún día aprenderemos a usar el magnesio para entender mejor las galaxias. – ¿Y el calcio? O incluso el sodio. Sé que no son elementos alfa, pero a lo mejor se podrían usar también – le preguntaba yo. Con cariño y resignación me reburujaba el pelo como quien se da cuenta de que su perro nunca va a poder entenderle del todo.

Recuerdo una de las últimas veces que hablamos sobre la posibilidad de medir abundancias de elementos químicos en galaxias más allá de la Vía Láctea. Estábamos los dos sentados debajo del cenador que montábamos en verano en la azotea. – No lo veo claro, la verdad – me decía. – ¿Cuántas estrellas vas a necesitar, cada una con una abundancia distinta, para hacer un buen modelo? Se levantó y se acercó al muro. Habían pasado más de cincuenta años desde la primera vez que llegó a aquel valle y todavía se quedaba maravillado viendo los llanos cargaditos de plataneras. – No lo sé, ¿uno, dos millones? – Creo que él no se dio cuenta pero su cara lo decía todo. No daba crédito. – ¿Sabes lo que me costaba a mí sacar un solo espectro desde la casa de tu abuela? ¿Y ahora me dices que uno o dos millones? – Había también algo de frustración, creo, por un mundo que se movía ya demasiado rápido para él. – Y… con la IA, ¿no? – Sí, con la IA. No hay otra forma – le respondí. Miró de nuevo al llano de atrás y se volvió a sentar conmigo. Terminó la copa de vino, cogió un cachito de mojama y lo saboreó agradeciendo que todavía hubiera cosas que supieran como siempre. n

Ignacio Martín Navarro nació en Santa Cruz de Tenerife. Tras licenciarse en Física y doctorarse en Astrofísica por la Universidad de La Laguna con un proyecto llevado a cabo en el Instituto de Astrofísica de Canarias, pasó cuatro años investigando a caballo entre la Universidad de California, Santa Cruz, y el Max-Planck-Institut für Astronomie, Alemania, estudiando la formación y evolución de las galaxias más masivas del Universo. En la actualidad es Científico Titular del IAC.

Sección coordinada por Adriana de Lorenzo-Cáceres Rodríguez.

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