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Migraciones

El niño que perdió el miedo al mar tras enfrentarse al trauma que le causó un viaje en cayuco

La asociación Guardianes de Tenerife utiliza la naturaleza como herramienta de integración social con distintos colectivos vulnerables. A través de unas actividades de buceo, ayudó a un niño senegalés a superar su miedo después de una travesía donde murieron varias personas.

El pequeño durante un ejercicio en el mar.

El pequeño durante un ejercicio en el mar. / El Día

Nayra Bajo de Vera

Nayra Bajo de Vera

La Laguna

En las pesadillas de Modou (nombre ficticio) no aparecían animales o monstruos, sino las olas del mar. El contacto con el agua era parte de su rutina diaria desde que era pequeño, ya que vivía en un pueblo costero de Senegal donde muchas personas se dedican a la pesca. Todo cambió cuando tenía unos 11 años, tras vivir un traumático viaje en cayuco rumbo a Canarias en el que murieron varias personas.

Dos semanas a la deriva cambiaron su relación con el océano. Al igual que muchos niños que experimentan un trauma como ese, Modou desarrolló estrés postraumático y se negó a volver al mar durante mucho tiempo, ya que el pequeño recordaba en sueños que algunos pasajeros tuvieron que arrojar varios cadáveres al mar. En aquel entonces, Modou creía que aún seguían vivos, por lo que llegó a pensar que en cualquier momento también lo tirarían a él.

Su caso se agravó por la enuresis, una enfermedad que hace miccionar de forma inconsciente y que estuvo tratándose durante meses con el psicólogo del centro donde reside. Su avance era bastante lento hasta que participó en una actividad de snorkel –buceo con tubo– organizada por la asociación Guardianes de Tenerife. Gracias a ella, Modou no solo volvió a meterse en el mar, sino que salió con ganas de repetir.

El mar como espacio seguro para aprender

El equipo fundador de Guardianes de Tenerife se compone de Marina Aliende Hernández, bióloga marina, y Miguel Ángel Sahuquillo, educador social y psicopedagogo. Su misión es combinar ambas disciplinas para utilizar la naturaleza como herramienta de integración social, centrándose en los colectivos vulnerables.

Cuando plantearon la actividad a un grupo de ocho niños del centro, Modou no quiso participar. Sin embargo, al ver que sus compañeros se divertían y que era un espacio seguro, decidió meterse con precaución en el agua, agarrado a uno de los monitores –que disponían de titulación en socorrismo–, con el soporte de materiales salvavidas como boyas o churros.

"Tuvo la suerte de que se encontró un esqueleto de erizo y le encantó. Para él fue como un tesoro", rememoran los coordinadores. Al final, fue a quien "más le costó salir", e incluso quiso repetir la experiencia para buscar más erizos y regalarlos a los educadores.

Juegos para cuatro ecosistemas

La propuesta de Guardianes de Tenerife no comienza en el agua, sino que tiene una preparación previa para conocer el entorno de antemano. Tal y como explican Marina y Miguel, todas sus actividades parten de una dinámica con juegos educativos que permiten a sus participantes identificar el espacio natural en el que van a adentrarse.

La integración social también requiere actividades de ocio que vayan más allá de aprender español

Su planteamiento abarca cuatro ecosistemas: montaña, costa, buceo y mar abierto. Para preparar la actividad de snorkel, que llevaron a cabo en Radazul, utilizaron imágenes de distintas especies marinas que hay por la zona para que los niños las conectasen con sus nombres correspondientes. De este modo, pudieron ver las diferencias y reconocer los distintos tipos de peces y algas, lo cual les ayudó a "disfrutar más cuando se metieron en el agua".

La emoción de observar los peces

Al principio, debido al trauma que atravesaron, los niños sentían un respeto por el mar que les hizo adentrarse con mucha cautela. Poco a poco, mientras empezaban a disfrutar el momento, los niños se emocionaron preguntando qué peces eran comestibles, ya que muchos de ellos provenían de territorios pesqueros.

En el caso de Modou, que en aquel momento tenía unos 12 años, siempre permaneció agarrado a alguno de los monitores, incluso clavándoles ligeramente las uñas. A medida que aprendía a usar la máscara y el tubo, se iba atreviendo a meter la cabeza bajo el agua para observar la biodiversidad marina.

Una mejora significativa

Después de esa experiencia pudo ganar cierta confianza. De hecho, Miguel cuenta que el psicólogo del centro detectó una mejora significativa en su caso, sobre todo en lo que se refiere a la enuresis. El educador matiza que siempre cabe la posibilidad de que tenga alguna recaída pero, en cualquier caso, "está claro que el recuerdo negativo que tiene del mar se ha transformado".

Tanto Miguel como Marina reflexionan que este tipo de actividades se pueden hacer en el día a día, empleando recursos naturales accesibles, para suplir grandes necesidades psicológicas de forma sencilla. Además, permiten conocer la biodiversidad del entorno, incentivando la protección y conservación del medioambiente, mientras se trabajan valores como la grupalidad o la integración social.

Las lagunas de la integración social

Según explica Miguel, la integración de los menores migrantes suele enfocarse a "que aprendan español y poco más", por lo que "los recursos que se destinan suelen ser muy básicos". En ese sentido, señala que "lo ideal es recibir financiación externa y poder ofrecer estas actividades gratis a los centros de menores, porque muchas veces los recursos económicos están limitados o los destinan a otras cosas".

"El problema de la educación social es que se trabaja en sitios muy residenciales de acogimiento y el día a día es muy normativo: estar en una institución, que se cumplan las normas, que los niños aprendan a limpiar, a ir a clase y se les acompañe al médico. Pero ese tiempo de ocio en que se hace un vínculo real con los menores aparece muy poco", desgrana.

Por ese motivo, Marina hace hincapié en la importancia de trabajar fuera de espacios cerrados y aulas estructuradas: "Creemos que es muy importante volver a la naturaleza, sobre todo los menores, que ya pasan bastantes horas encerrados en el aula y estudiando". De este modo, con una propuesta interactiva en el propio medio natural, demuestran que "la biología y la educación social pueden ir de la mano perfectamente".

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