¿Cómo es convivir con endometriosis sin saberlo?: así es el «calvario» que atravesó una joven tinerfeña
Laura Fernández ha pasado la mitad de su vida envuelta en dolor, incertidumbre e incomprensión y no fue hasta hace dos años que pudo poner nombre a lo que le pasaba

Laura Fernández, una joven tinerfeña que padece endometriosis. / El Día
Laura Fernández es una joven tinerfeña de 30 años que ha pasado la mitad de su vida envuelta en dolor, incertidumbre e incomprensión. Desde que era niña, los dolores de tipo intestinal y urinario eran frecuentes en ella, pero la situación empeoró con la llegada de su primer periodo. Las molestias fueron cada vez más agudas y la incapacidad para realizar cualquier tipo de actividad se volvió parte de su día a día. Por mucho tiempo vivió sin un diagnóstico claro. Hasta hace dos años, que tras un largo tiempo de espera pudo poner nombre, al fin, a lo que le pasaba.
Fernández tiene endometriosis, pero no fue hasta enero de este año que comenzó a convivir relativamente en paz con esta enfermedad. Hoy, con motivo del Día Mundial de la Endometriosis –una enfermedad que afecta a 12.130 mujeres en Canarias–, su historia resuena con más fuerza que nunca. Con la llegada de su primera menstruación experimentó sangrados abundantes y dolores «insoportables». De hecho, se volvieron incapacitantes en más de una ocasión. Había días en los que ni siquiera podía acudir al colegio y le resultaba imposible realizar actividades físicas en la asignatura de gimnasia.
Acoso escolar
«A veces el sangrado era tan denso que no llegaba a tiempo para cambiarme la compresa», relata. Un día, los pantalones y la silla de la clase quedaron totalmente manchados y la situación se volvió más tensa, que ya debía soportaba burlas de algunos de sus compañeros. Al acoso escolar y el dolor intenso que sufría a diario se le sumó, en esa mañana, la preocupación porque nadie se percatara de su asiento manchado. «Tuve suerte porque ocurrió antes del recreo y en ese momento había una profesora encantadora que aprovechó para que los alumnos salieran antes de clase», menciona.
Con el paso del tiempo los dolores se agudizaron y Fernández, acompañada de su madre –que también padece endometriosis– acudió al ginecólogo por primera vez a sus 14 años. «Me dijeron que el dolor que sentía era normal, asociado a la regla», cuenta. Pero en el fondo la joven sabía que ese «sufrimiento» e irregularidad en los periodos –que a veces le duraba diez días o más– no era algo corriente.
Medidas insuficientes
Dos años después, le recetaron la píldora hormonal y las menstruaciones comenzaron a estabilizarse, aunque el dolor seguía presente. «Iba de especialista en especialista con la esperanza de encontrar una respuesta porque no solo eran molestias pélvicas, sino también urinarias y digestivas», cuenta. Cólicos, vómitos, dolor de barriga, infecciones de orina y ardor son algunos de los síntomas que experimentaba, y que a día de hoy mantiene.
Buscaba consuelo en sus amigas, pero algunas ni siquiera notaban la menstruación. «Me preguntaba, ¿por qué a algunas nos duele tanto y a otras no?», detalla. Y cuando comenzó a mantener relaciones sexuales, la experiencia no siempre era del todo satisfactoria. «El ardor, las molestias y el dolor constante están siempre presentes», apunta. «Los años fueron pasando y, como ningún médico me daba una solución y me decían que lo que me pasaba era normal, aprendí a vivir con el sufrimiento», confiesa.
El diagnóstico
En 2024 comenzó a experimentar unas fuertes migrañas asociadas al consumo de la píldora y el ciclo menstrual. «Incluso viví un episodio de desorientación y decidí dejar de tomarla, para que las consecuencias no fueran más graves», agrega. El periodo dejó de venirle con regularidad y comenzó lo que ella misma define como su «calvario». «Al ver que pasaron tres meses y que no me venía la regla fui al ginecólogo y me detectó un quiste en el ovario izquierdo», relata. Al principio le dijeron que era un quiste folicular, según el primer diagnóstico del médico, pero meses más tarde se dieron cuenta de que ese trataba de un endometrioma. Su médico, que conocía todos los síntomas por los que yo había pasado, ató cabos y puso nombre a lo que le ocurría. «Tuve suerte porque la endometriosis no suele dejar evidencias y es difícil de detectar», revela.
Una vez inició el tratamiento continuó con su vida como de costumbre. Era verano y una amiga cercana celebraba su boda en una zona rural de Asturias. «Estábamos a dos horas del poblado más cercano y a las cuatro de la mañana empecé a notar un dolor que nunca antes había sentido», indica. Empezó a notar un cólico en la zona pélvica que duró horas. «No podía dejar de vomitar e ir al baño y perdí varias veces el conocimiento», recuerda. Las personas que se encontraban con ella llamaron a emergencias y un equipo médico acudió a verla: «Me pusieron morfina para calmar el dolor, pero como era tan insoportable terminaron administrándome fentanilo».
Nuevo comienzo
Después de ese episodio regresó a Gran Canaria. «Tuve varios ingresos de urgencia en las semanas siguientes por el mismo motivo». Hasta que llegó a un punto en el que dolor que sentía no lo había experimentado jamás. «Tenía la barriga como si estuviera embarazada de siete meses, por la inflamación», cuenta. Además, no dejaba de orinar sangre. Le diagnosticaron colitis provocada por la endometriosis y después de varios meses supo que la infección de orina también guardaba relación con la enfermedad. «El médico me dijo que no podía seguir así y me dio la opción de operarme», detalla. Y el 20 de enero de este año se sometió a la intervención.
«Después de la cirugía comprendí todo, porque se dieron cuenta de lo que realmente tenía», explica. Fernández no solo tenía un endometrioma, tenía el uréter izquierdo, es decir, el conducto que va desde el riñón a la vejiga, machacado por la enfermedad. «Eso era lo que me estaba causando el dolor y el sangrado en la orina», añade. También le detectaron lesiones en la membrana que recubre la vejiga, en los ligamentos que sostienen el útero y los ovarios y en el tabique rectovaginal, que es lo que le provocaba molestias durante las relaciones sexuales. «Si no llegan a intervenir, probablemente hubiese perdido el riñón más adelante porque la enfermedad hubiese seguido avanzando», agrega.
La joven canaria está convencida de que la falta de investigación es lo que ha condicionado el curso de su enfermedad. «Se tardan diez años de media en diagnosticar la endometriosis y yo psicológicamente estoy agotada». Para ella fue un alivio saber lo que le sucedía y ver que con la operación los dolores intensos han desaparecido. No obstante, aún continúa con molestias y fatiga. «Ahora estoy en medio de un tratamiento para impedir que la enfermedad vaya a más». Y aunque a veces se le cuela el pensamiento de qué pasará en un futuro si quiere tener hijos, ya que la endometriosis puede dificultar la concepción, prefiere centrarse en su recuperación. Y, sobre todo, en visibilizar su realidad.
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