Gaveta de astrofísica
Astrónomas, madres y trabajadoras: cuando la ciencia también se sostiene sin dormir
En 1950, con solo 22 años y embarazada de nueve meses, Vera Rubin recibió la aceptación de un artículo para presentarlo en la reunión de la Sociedad Americana de Astronomía

Astrónomas, madres y trabajadoras: cuando la ciencia también se sostiene sin dormir
Sandra Benítez Herrera
Esta semana celebramos el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Cada año, al acercarse esta fecha, vuelven a mi memoria las historias de mujeres científicas que desafiaron todas las barreras (sociales, laborales y personales) para dedicarse a la ciencia, incluso a costa de su propia salud. Son relatos que he ido encontrando a lo largo del tiempo y que siempre me inspiran y me devuelven la claridad que hace falta para avanzar en los días difíciles.
Una de esas historias tiene como protagonista a la emblemática Vera Rubin, una de las astrónomas más influyentes del siglo XX. En 1950, con solo 22 años y embarazada de nueve meses, Rubin recibió la aceptación de un artículo para presentarlo en la reunión de la Sociedad Americana de Astronomía. El jefe del departamento de Cornell –donde cursaba su máster y que no había participado en la investigación– le anunció que presentaría él los resultados, alegando su avanzado embarazo, y que, además, incluiría su nombre como coautor. Rubin contestó sin dramatismos: «Oh, tranquilo, yo puedo ir». Y fue: ya convertida en madre, con un bebé de pocas semanas y tras un viaje de cuatro horas bajo una nevada intensa.
En su momento, interpreté aquella anécdota simplemente como un gesto audaz. Hoy, tras haber sido madre hace pocos meses y vivir un postparto intenso, la dimensión real de aquella escena cobra otro sentido.
Porque miles de millones de mujeres hemos pasado – y seguimos pasando– por etapas física y mentalmente demoledoras: embarazo, parto, postparto. Y aun así continuamos trabajando, cuidando, sosteniendo hogares y funcionando sin dormir. Cuesta creer que, durante siglos, se nos haya considerado «el sexo débil». Pienso en las mujeres que vivieron antes que nosotras, sin derechos ni avances médicos, jugándose la vida en cada parto. Y en aquellas que, además de todo eso, lograron ganar un espacio en la ciencia a base de perseverancia y sin ayuda.
En mis noches en vela, otras dos historias de astrónomas regresan a mi mente. La primera es la de Williamina Fleming. Imagínense: 1878, 21 años, embarazada, recién llegada desde Escocia a Estados Unidos. Poco después de desembarcar, su marido la abandona a ella y a su bebé. Urge encontrar trabajo, y lo único disponible es como sirvienta en la casa del director del Observatorio de Harvard. Su inteligencia y su capacidad la llevan, en pocos años, a incorporarse al observatorio y convertirse en una de las figuras esenciales de la astrofísica moderna: descubre 10 supernovas, 53 nebulosas, más de 300 estrellas variables y un tipo nuevo de estrella para la época: las enanas blancas. Una trayectoria tan extraordinaria que podría ser el guion de un biopic de Hollywood.
Pero su carrera estuvo marcada también por la lucha contra la desigualdad salarial y los horarios extenuantes impuestos a las mujeres, quienes debían compatibilizarlo con todas las responsabilidades domésticas. En 1900 escribió en su diario: «Él (director) cree que ningún trabajo es demasiado duro para mí, sin importar horas o responsabilidad. Pero si menciono el sueldo, me recuerda que recibo un salario excelente ‘para los estándares femeninos’ (…) ¿Piensa alguna vez que yo también tengo una casa y una familia a la que atender? Pero supongo que una mujer no tiene derecho a semejantes comodidades. ¡Y esta se considera una época ilustrada!».
Más de un siglo después, Fleming probablemente se llevaría las manos a la cabeza: según el INE (2021), el 80% de las mujeres en España sigue asumiendo el total o buena parte de las tareas domésticas y los cuidados.
La segunda historia es la de Judith Love Cohen, madre del famoso actor Jack Black. Una de las primeras ingenieras aeroespaciales de Estados Unidos, que desarrolló un sistema de navegación crucial para las misiones Apolo, incluida la Apolo 13. Cuando la nave sufrió su conocida emergencia, el Centro de Control recurrió al sistema de guía de aborto (AGS), diseñado por Cohen, que permitió traer a los astronautas de vuelta sanos y salvos. Y la clave que resolvió aquel problema la encontró Cohen…mientras estaba de parto en el hospital. Pasó por su oficina antes de ingresar, recogió documentos, y horas después llamó a su jefe para anunciar que lo había solucionado. Y que su bebé había nacido también.
Termino estas líneas observando a mi hija dormida en el monitor, deseando que cuando sea mayor lea este texto y lo encuentre completamente desfasado. Como muchas compañeras, sueño – y trabajo– por ese mundo.
(*) Sandra Benítez Herrera nació en Madrid y cursó la Licenciatura en Física por la Universidad Complutense de Madrid. Es Doctora en Astrofísica por el Instituto Max-Planck de Astrofísica y la Universidad Técnica de Múnich, Alemania. Posteriormente, obtuvo un contrato postdoctoral en la Universidad Federal de Río de Janeiro al mismo tiempo que realizó una especialización en divulgación de la ciencia y la tecnología en la prestigiosa Fundación Oswaldo Cruz de Brasil. Tras trabajar en la Unidad de Comunicación y Cultura Científica del IAC, actualmente es educadora científica y responsable de comunicación en ESAC, Madrid. Es miembro del proyecto voluntario de divulgación de la Astronomía GalileoMobile desde 2011.
Sección coordinada por Adriana de Lorenzo-Cáceres Rodríguez
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