Opinión
Condón demodé
La población está más acostumbrada a justificar el por qué no lo usa, que a construir un discurso que alabe sus ventajas. Y esto ocurre porque entra en juego un nuevo factor: la experiencia

Un preservativo. / El Día
El condón ha pasado de moda. Los datos sobre el aumento explosivo de los casos de clamidia, gonorrea y sífilis desde 2020 lo parecen augurar; la confesión de la población más joven sobre sus prácticas sexuales lo corrobora. Ese pequeño plástico que es la mejor (y prácticamente única) forma de protección frente a una decena de infecciones de transmisión sexual ya no es trending.
Muchos dicen que el condón ha muerto de éxito, pero lo que realmente ha sucedido tiene más que ver con la sociedad en su conjunto. Se detecta un cambio en los marcos culturales de la población, es decir, los atajos mentales que la mayoría usa para elaborar sus discursos y construir sus creencias. Una modificación cultural que ha llevado, especialmente a los más jóvenes, a desechar el uso de la pequeña gomita en un momento en el que la información oficial y basada en la evidencia científica se ha dormido de más en los laureles.
Con esto no quiero decir que el sistema sanitario se haya lavados las manos. Los médicos y los enfermeros no han dejado de hacer hincapié en lo necesario que es proteger la salud sexual. El problema no es individual, es estructural. Desde aquel Póntelo, pónselo que resuena aún hoy en la cabeza de gran parte de la población española más de 30 años después, el sistema sanitario ha vagado sin suerte entre estrategias comunicativas que están muy lejos de poder asumir enorme reto que se plantea.
Hasta cierto punto es lógico. Cuando basas toda tu estrategia comunicativa para instar al uso del preservativo durante las relaciones sexuales (que es un acto privado que nadie controla) en el miedo a una sola enfermedad, el día que esta desaparece –o en este caso, se hace menos virulenta– la encomienda deja de tener sentido. La mejora de los tratamientos para reducir la virulencia del VIH, la reducción de personas que llegan a desarrollar SIDA, los fármacos que permiten exponerte al virus sin contagiarte han provocado que el uso del condón ya no mueva conciencias como antaño.
El éxito de esa gomita se basa en una publicidad generada por el conjunto de una sociedad que ha conseguido eliminar el carácter científico de la información. Y ante la falta de una campaña de comunicación que se adapte a la nueva situación epidemiológica, lo que encontramos ahora son más creencias, suposiciones y marcos culturales que se activan como respuesta al «no uso». El preservativo ha pasado de ostentar el puesto central de la salud sexual a ser un elemento «incómodo», que «corta el rollo» y para el que existen situaciones en las que ni siquiera es necesario.
Curiosamente, la población está más acostumbrada a justificar el por qué no lo usa, que a construir un discurso que alabe sus ventajas. Y esto ocurre porque ha entrado en juego un nuevo factor: el de la experiencia. Una experiencia personal pero transferible que aleja el riesgo de contraer ITS si tu comportamiento es socialmente adecuado. En otras palabras, si tienes pocas parejas, no usas apps de citas o has decidido tener una pareja estable las ITS quedan fuera de juego. El «a mi no me va a tocar», resuena en las cabezas de quienes justifican sus decisiones en pleno calentón. Para cuando se dan cuenta de que todo es una ilusión ya suele ser demasiado tarde.
El tabú sigue presente. Y se percibe incluso aunque el debate del sexo haya traspasado los límites de la pareja para convertirse en un divertido objeto de chanzas entre amigos y amigas. En esos coloquios el sexo se entiende en términos de libertad y disfrute del cuerpo. Se normaliza tener relaciones sexuales y regocijarse en ellas, pero no así en asumir sus consecuencias para la salud.
¿Y qué ha hecho el sistema sanitario ante tal flagrante falta de información contrastable? Reaccionar, pero tarde. No debería sorprenderle que, después de eliminar poco a poco la simbología asociada al preservativo de sus campañas de comunicación, su uso haya mermado. El sistema sanitario no prevé, reacciona. Después del contagio o cuando hay una sospecha. La población, al menos así concibe sus recursos de salud más cercanos. Pues si bien en muchas ciudades existen ya puntos sanitarios dedicados únicamente a la información sobre salud sexual (incluida la posibilidad de hacer pruebas gratuitas de ITS), la realidad es que son muy pocos los que lo conocen.
La prevención ha quedado relegada por el éxito de la cura. Y no puede ser que, en un mundo donde internet monopoliza la información sobre el sexo (sea o no adecuada), el único recurso preventivo al que puedan acceder los más jóvenes antes de iniciarse en este mundo sea una hora de charla en el instituto en el que se indica cómo poner un preservativo utilizando un plátano. No es adecuado, no es informativo y, sobre todo, no es eficaz.
Ahora ya no hay tiempo. La sanidad está mostrando su mejor y reactiva cara. Devolviendo al preservativo al lugar que nunca debió abandonar. Pero, ¿será suficiente? Dependerá de la astucia del sistema sanitario y sus profesionales para revertir las arraigadas creencias que se han desarrollado mientras ellos seguían anclados en los años 90.
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