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El bejeque, de símbolo ancestral del territorio a protagonista actual de la biodiversidad de Canarias

Forma parte desde hace siglos del entorno natural del Archipiélago y del conocimiento popular de sus habitantes

Bejeque en Anaga

Bejeque en Anaga / Damian Esquivel

Santa Cruz de Tenerife

El bejeque, una de las plantas más representativas del paisaje canario, forma parte desde hace siglos del entorno natural de las islas y del conocimiento popular de sus habitantes. Esta suculenta, perteneciente al género Aeonium, crece de manera natural en riscos, coladas volcánicas, muros y barrancos, convirtiéndose en un símbolo de adaptación a un territorio marcado por la escasez de agua y la orografía abrupta. Su presencia ha sido constante a lo largo de la historia, integrada en el paisaje rural y urbano, y reconocida tradicionalmente por su resistencia y singular forma en roseta.

Históricamente, el bejeque fue observado y descrito por cronistas y naturalistas que visitaron el Archipiélago desde los siglos XVII y XVIII, destacando su carácter endémico y su capacidad para sobrevivir en suelos pobres y expuestos. En la cultura popular, ha estado ligado a casas antiguas, senderos y bancales, creciendo casi sin intervención humana y convirtiéndose en una seña de identidad vegetal de Canarias, especialmente en islas como Tenerife, La Gomera o El Hierro.

En la actualidad, el bejeque ha adquirido un nuevo protagonismo en el ámbito de la conservación ambiental y la divulgación científica. Canarias alberga decenas de especies y subespecies de Aeonium, muchas de ellas exclusivas de una sola isla o incluso de zonas concretas, lo que ha impulsado su protección frente a amenazas como la urbanización, la introducción de especies invasoras o el cambio climático. Además, su valor ornamental ha traspasado fronteras, siendo cultivado en jardines de todo el mundo como ejemplo de la riqueza botánica del Archipiélago.

Así, el bejeque continúa siendo hoy mucho más que una planta silvestre: es memoria viva del territorio, patrimonio natural y emblema de la biodiversidad canaria, un recordatorio de la estrecha relación entre la historia de las islas y su entorno natural.

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