Análisis
Luis Blas Alfredo Cabrera Pérez: ciencia, arquitectura y los valores como guía vital
Al cumplirse el primer aniversario de su muerte, este homenaje quiere recordar también al hombre íntegro, respetuoso y profundamente comprometido con el conocimiento

Luis Blas Alfredo Cabrera Pérez / ED
Marta Cabrera Díaz
El 31 de enero de 2025 fallecía en Santa Cruz de Tenerife Luis Blas Alfredo Cabrera Pérez, dejando tras de sí una trayectoria profesional y humana difícil de abarcar en una sola disciplina. Al cumplirse el primer aniversario de su muerte, este homenaje quiere recordar no solo al arquitecto y al físico, sino al hombre íntegro, respetuoso y profundamente comprometido con el conocimiento, la ética profesional y la memoria histórica de su familia.
Luis Blas nació en Madrid el 20 de enero de 1947, en el seno de una familia marcada por la ciencia y la arquitectura. Era nieto del físico Blas Cabrera Felipe, una de las figuras más relevantes de la física española del siglo XX, e hijo del arquitecto Luis Cabrera Sánchez Real, de quien heredó el amor por la arquitectura, la construcción y el rigor técnico. Esta doble herencia no fue una carga, sino un estímulo que supo transformar en un camino propio, guiado siempre por la curiosidad intelectual y la humildad personal.
Se licenció en Física por la Universidad Complutense de Madrid en 1971, y posteriormente obtuvo el título de Arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid en 1979. Años más tarde, ya en Canarias, completó su formación con un Máster en Gestión Ambiental por la Universidad de La Laguna en 1995, reflejo de su interés por la sostenibilidad, el territorio y el impacto de la arquitectura en el entorno.
Sus primeros trabajos profesionales se remontan a su etapa como estudiante, cuando colaboraba en el despacho de su padre en proyectos de notable relevancia. Entre ellos destacan la propuesta para el concurso de la nueva sede de la Caja General de Ahorros de Santa Cruz de Tenerife en 1975 y el proyecto del nuevo edificio de los juzgados de Granadilla de Abona. Aquellas experiencias tempranas consolidaron una forma de entender la arquitectura basada en el rigor técnico, y en la responsabilidad pública.
Una vez titulado, inició una intensa actividad profesional desarrollando proyectos de viviendas unifamiliares, edificios residenciales y complejos hoteleros, tanto en el ámbito privado como público. Su obra se extendió especialmente por Tenerife y La Gomera, donde dejó una huella reconocible y duradera. Entre sus trabajos más destacados figura el Aparthotel Altamira, en el sur de Tenerife, un complejo de más de 200 apartamentos promovido por el empresario Kurt Konrad, realizado en colaboración con José Ramón Rubiera y resuelto estructuralmente de manera especialmente brillante, reflejo de su profundo conocimiento del comportamiento de los materiales y las estructuras.
Esa doble condición de físico y arquitecto fue una constante a lo largo de toda su vida. Luis Blas no concebía la arquitectura sin entender la materia que la hacía posible. Su formación científica le permitió profundizar como pocos en la resistencia de los materiales, en la lógica estructural y en los límites físicos de la construcción. Esta especialización natural lo llevó a asumir la dirección del Laboratorio del (COAC) Colegio Oficial de Arquitectos de Canarias, cargo que desempeñó entre 1997 y 2008. Desde esa responsabilidad, actuó como consultor y perito, ofreciendo asistencia técnica independiente a arquitectos y constructores, siempre con un nivel de exigencia elevado, rigor absoluto y una ética profesional incuestionable.
Paralelamente a su ejercicio como arquitecto, mantuvo una intensa actividad investigadora en el campo de la física. Registró más de 26 investigaciones, entre las que destacan teorías como «Dinámica no rígida del sistema solar y efectos geofísicos derivados», «Yield and Strength Theory of Materials» y «Nuevos conceptos sobre la estructura de la Tierra». Su investigación sobre el origen y la naturaleza física de la resistencia de los materiales dio lugar a una teoría del fallo, cuyo primer avance fue presentado en 1994 en el IV Congreso Nacional de Propiedades Mecánicas de Sólidos, celebrado en Vitoria-Gasteiz.
La investigación no era para él una obligación académica, sino una auténtica pasión vital. Su mente inquieta no descansaba nunca: un viaje de fin de semana, una cafetería o una comida familiar podían convertirse en el escenario de nuevos cálculos, esbozados sobre manteles o servilletas. Esa curiosidad permanente fue una de sus señas de identidad y una fuente constante de admiración para quienes lo rodeaban.
En los últimos años de su vida, dedicó también una parte importante de su tiempo y energía a la recuperación de la memoria histórica de su abuelo, Blas Cabrera Felipe, una labor profundamente sentida y públicamente reconocida. Para Luis Blas, preservar ese legado no era solo un acto de justicia histórica, sino una responsabilidad moral con la ciencia, la cultura y la memoria colectiva.
A pesar de su brillante trayectoria, quienes lo conocieron destacan por encima de todo su humildad, su educación y su respeto profundo por los demás. Muchos lo recuerdan como un gran arquitecto sin saber que era físico; otros como físico sin conocer la magnitud de su obra arquitectónica. En ambos ámbitos fue grande, sin necesidad de alzar la voz ni buscar protagonismo.
En lo personal, compartió su vida desde el 22 de julio de 1978 con María Dolores Díaz Castro, con quien formó una familia basada en el afecto, el respeto y la discreción. Tuvieron tres hijos: Natalia (1981), Marta (1985) y Luis Blas (1990). Para ellos fue un padre presente, coherente y ejemplar, cuya manera de enseñar se basaba más en el ejemplo que en las palabras.
Hoy, al cumplirse el primer aniversario de su fallecimiento, su figura permanece viva en los edificios que diseñó, en las investigaciones que dejó registradas, en los cálculos trazados sobre servilletas y, sobre todo, en el recuerdo de quienes lo trataron. Luis Blas Alfredo Cabrera Pérez fue un hombre que supo unir ciencia y arquitectura, rigor y sensibilidad, conocimiento y valores. Su legado nos recuerda que la verdadera grandeza no necesita estridencias, y que una vida vivida con pasión, respeto y honestidad deja una huella que el tiempo no borra.
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