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Salud

Las redes sociales empujan a mujeres y jóvenes hacia los TCA en Canarias

Estas plataformas, que fomentan la comparación con cuerpos irreales y fijan modelos de belleza exigentes, favorecen la aparición temprana de estos trastornos

Una joven revisa su móvil mientras pasea por una calle de Santa Cruz.

Una joven revisa su móvil mientras pasea por una calle de Santa Cruz. / MARÍA PISACA

Santa Cruz de Tenerife

Las redes sociales empujan a mujeres y adolescentes hacia los trastornos de la conducta alimentaria (TCA). En los últimos años, estas plataformas se han convertido en un factor de riesgo para el desarrollo de este tipo de patologías, sobre todo cuando la autoestima de la persona es baja. La psicóloga especialista en TCA y miembro del Colegio de Psicología de Santa Cruz de Tenerife, Iris Vega, cuenta que las redes sociales contribuyen a la comparación constante con cuerpos irreales (por los filtros, retoques y cirugías) y al establecimiento de unos modelos de belleza muy exigentes. «Además, se han convertido en un canal permanente para acceder a contenido sobre dietas, ejercicio extremo y body checkings (compararse y medirse constantemente)», agrega.

Aunque para Vega, quizás lo más preocupante es el altavoz que proporcionan a influencers sin formación que ofrecen consejos nutricionales. «Todos estos factores normalizan la cultura de la delgadez y el control absoluto del cuerpo. Para los adolescentes son el caldo de cultivo perfecto para la inseguridad corporal», aclara. Aún así, puntualiza que las redes sociales por sí misma no son negativas. «Al contrario, pueden llegar a ser muy beneficiosas. Pero no se hace un uso adecuado de las mismas».

En este contexto, Canarias ha experimentado un aumento de TCA en los últimos años, que según la psicóloga se da con mayor frecuencia entre mujeres y adolescentes. El Servicio Canario de la Salud (SCS) atendió en el último año a 1.081 pacientes con TCA, es decir, 55 personas más que en 2023. Si bien estos datos no evidencian un crecimiento significativo, ya que apenas representan un 6% de aumento, la psicóloga advierte que sí ha habido un incremento considerable desde a la pandemia por coronavirus.

Asimismo, insiste en que también han aumentado las consultas por conductas «subclínicas». Es decir, problemas que implican un sufrimiento significativo para la persona, y que aparecen en una cierta frecuencia e intensidad, pero que no terminan de encasillarse en un trastorno mental concreto. Según cuenta, cada vez hay más personas acuden al psicólogo por dietas restrictivas, ejercicio compulsivo o miedo a engordar. De hecho, el SCS realizó 7.380 consultas el año pasado relacionadas con TCA. «Es muy importante detectar estos comportamientos a tiempo para que no evolucionen, ya que son el primer paso para desarrollar estos trastornos», advierte.

La experta considera que esos pasos previos al desarrollo de un TCA se presentan bajo etiquetas socialmente aceptadas. «Afirmaciones como comer limpio o las etiquetas de fit o healthy establecen comportamientos rígidos y extremos», detalla. Y aclara que el problema no está en el hábito en sí, sino en esa disciplina extremista que se ha expandido por la sociedad. «Hay quienes dicen que comen sano y la realidad es que se someten a restricciones constantes, ejercicio para compensar la ingesta de determinados alimentos, aislamiento social y obsesión por no romper la dieta», evidencia. Así, explica, es como se camufla un TCA.

«Mientras que socialmente se aplaude la delgadez, la disciplina y ese supuesto autocuidado, la detección temprana de estos trastornos se aleja de los profesionales y se convierte en una misión, muy necesaria, pero cada vez más difícil», sentencia. En este sentido, considera que esa tendencia de culto al cuerpo ha ido creciendo. «Se trata de una dinámica social que da un valor desproporcionado a la apariencia física, la delgadez o la musculatura». Vega explica que este fenómeno se caracteriza por situar la imagen por encima del bienestar y asociar un cuerpo canónico con éxito, salud y disciplina. «Se refuerza la idea del querer es poder y se ignoran otros elementos como la genética, la diversidad corporal y los límites reales», agrega.

Por otro lado, apunta que esta presión crea frustración, autoexigencia y comportamientos extremos para alcanzar un ideal que, en la mayoría de los casos, es inalcanzable.

Como Vega planteaba al principio, los TCA tienen mayor prevalencia en mujeres que en hombres. Según datos del año pasado, el 89,4% de los pacientes atendidos con TCA por el SCS eran mujeres. Aunque cada vez hay más hombres que desarrollan estas patologías. Mientras que en 2023 el número de varones afectados era de 82, a finales de este año la cifra ascendía hasta 113.

En cuanto a la edades, los TCA también tienden a aparecer de manera precoz. «Estamos viendo casos desde los diez u once años, incluso menores, y en parte se debe a esa exposición prematura en redes sociales», revela. Según dice, los menores acceden desde muy pequeños a contenido estético sin siquiera haberse desarrollado del todo, lo que provoca que estén más informados sobre dietas y calorías por el acceso a internet y por la escucha de conversaciones entre adultos.

«A esto debemos sumarle otros factores como que la inseguridad corporal se da antes en esas niñas que experimentan una pubertad adelantada. O que la presión académica y emocional está en alza y aumenta el riesgo de usar la alimentación como vía de regulación», menciona.

Para la psicóloga, la adolescencia es una etapa de mucha vulerabilidad por varios factores: cambios corporales intensos, necesidad de pertenencia social, búsqueda constante de identidad y una menor tolerancia al malestar emocional –que facilita la aparición de otras conductas de escape como la restricción o los atracones–. «Cualquier pequeño hábito de cambio puede intensificarse en ellos muy rápido porque aún están en desarrollo», puntualiza.

Asimismo, insiste en que los padres deben prestar especial atención y analizar en qué momento esos hábitos de cuidado dejan de ser flexibles y empiezan a generar sufrimiento, miedo o interferencia en la vida diaria. «Un hábito saludable permite flexibilidad. Es decir, puedo cuidarme, pero también puedo disfrutar una comida especial sin sentir culpa o miedo», ejemplifica.

Por último, aconseja estar pendiente a una serie de señales que pueden ser motivo de alerta para las familias: la rigidez, la culpa al comer ciertos alimentos, la obsesión por el ejercicio o por compensar, las conducas secretas (mentir sobre lo que se come), el aislamiento social para evitar comidas, la pérdida de peso rápida y los cambios emocionales. «Lo importante es detectarlo a tiempo, no culpabilizar y acudir en busca de ayuda profesional», concluye.

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