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La realidad de las cuidadoras no profesionales de Canarias: "Es un trabajo que no está pago"

Desde hace siete años, la güímarera Raquel Ferrer cuida de su madre a tiempo completo, un trabajo que no volvería a ejercer ni siquiera por un buen salario

Santa Cruz de Tenerife

Raquel Ferrer lleva siete años cuidando de su madre, de 91, a tiempo completo. Como ella misma dice, se dedica a ello las 24 horas y los 365 días del año. En 2018, ella y sus cuatro hermanos comenzaron a notar que Maruca –así conocen a su madre en Güímar, donde siempre ha vivido– cada vez tenía más despistes, hasta que llegó un punto en el que tuvo que ser hospitalizada y la situación se volvió insostenible. «En ese momento yo era la única que no tenía empleo, me había quedado en paro después de más de veinte años, así que decidí quedarme a vivir con ella y con mis hijos», recuerda.

En todo este tiempo ha logrado crear una rutina con su madre: desayunan, pasean, duermen una siesta y acuden a las actividades de Acufade, que son un respiro para mayores y para los propios cuidadores. Sin embargo, entre tanta actividad, apenas le queda tiempo para otros quehaceres. «Con mi hermana, por ejemplo, no puedo ir a tomar un café porque, o se queda ella, o me quedo yo. También tiramos de mis otros hermanos, pero para eso lo tenemos que organizar con tiempo», explica.

La pandemia fue un punto de inflexión para ella. Pasó todo el confinamiento sola con su madre que, como muchos mayores, no entendía por qué se había parado su rutina de golpe. Según explica, durante ese tiempo ni siquiera podía despistarse un segundo, porque su madre cogía la talega del pan y salía de casa, como siempre solía hacer.

Conseguir un servicio

En 2021, Ferrer se unió a otras dos cuidadoras no profesionales del municipio con una intención clara: no volver a sentir el desamparo y la soledad que experimentaron durante la pandemia. Juntas, acudieron al Ayuntamiento para exigir que se implantara un recurso que sirviera de respiro para quienes se encontraban en su misma situación. «Estábamos hartas de ser menospreciadas por las entidades públicas, yo me tenía que llevar a mi madre a hacer la compra porque no tenía con quien dejarla», critica. Estas vivencias fueron las que compartieron en el Consorcio que, según reconoce, nunca les cerró la puerta.

A los nueve meses, como si fuera un embarazo, les avisaron de que podrían en marcha el proyecto Güímar te cuida, una iniciativa de la que podrían beneficiarse todas las familias con algún miembro en situación de dependencia, aunque no tuviera reconocida la condición de manera oficial. Con este servicio consiguieron que al menos durante dos horas al día un profesional acudiera a atender a los mayores.

Sin pensarlo a la playa

Esta güimarera recuerda a la perfección qué hizo en sus primeras dos horas de respiro: «Le dije a mi hijo que el primer día que vinieran me iba a ir al Puertito, a darme un baño, y así lo hice». Aunque también confiesa que llegó a un punto en el que dejó de delegar en sus hermanos y que, casi sin querer, cargó con todas las responsabilidades. «Cuando empecé, mi hijo pequeño tenía 11 años así que estaba a caballo entre ambas tareas; a veces parece que las mujeres vamos cambiando los cuidados de generación en generación», asegura en referencia a que ellas son quienes suelen atender con más frecuencia a abuelos, padres, hijos y nietos.

Con el tiempo se ha adaptado a esta nueva realidad, que se ha alargado más de lo que había previsto, pero también resalta que es un trabajo agotador y muy infravalorado. «Tampoco es algo que esté pago, lo hago porque es mi madre. Si fuera otra persona no me lo plantearía ni siquiera por un buen salario porque no es vida, te desgasta muchísimo, me levanto por las mañanas y me duele todo», denuncia.

Desgaste físico y psicológico

Así, añade, no es solo un desgaste físico, sino psicológico. «Ves a un ser querido deteriorándose poco a poco y llegas incluso a pasar por una especie de duelo anticipado. Y eso si con suerte no te has ido tú primero porque conozco casos en los que la cuidadora está peor que el cuidado», subraya.

En el actual sistema de cuidados, una de las cuestiones que considera más alarmantes es la gestión de la Dependencia. «Arreglé la de mi madre en 2018 y tardé casi cuatro años en tener una respuesta. Yo no sabía lo que era el silencio administrativo, desconocía que si a los tres meses no se habían puesto en contacto conmigo tenía que poner reclamaciones y creo que es algo que le ocurre a muchas personas», defiende. Al respecto, el último estudio disponible revela que una de cada dos personas dependientes no cuenta con recursos de apoyo, ni públicos ni privados.

En esta línea, destaca que sin entidades como Acufade, estaría perdida porque son cuestiones que la mayoría ignora. «Estamos sin recursos, sin apenas remuneración, y es una situación injusta». Precisamente, la única red de apoyo que tiene a su disposición es El Tren de la Felicidad, un espacio dentro de Acufade para que cuidadores como Raquel intercambien experiencias, reciban talleres o terapias y asesoramiento tecnológico. «Hay cosas que se nos escapan y la gente mayor termina tirando la toalla porque no puede más. A veces olvidamos que todos vamos a llegar a esta situación», advierte.

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