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Blanca, 102 años de puro glamour

Blanca Carracedo es una de las mujeres más longevas de La Laguna. Su día a día transcurre entre paseos, visitas y ‘outfits’ que podría usar una veinteañera.

Blanca Carracedo ojeando el libro ‘Las antiguas calles de La Laguna’. | M. PISACA

Blanca Carracedo ojeando el libro ‘Las antiguas calles de La Laguna’. | M. PISACA

La Laguna

En el lagunero barrio del Camino Real de La Villa reside una de las mujeres más longevas –y presumidas– de Canarias. Tras concluir su primer paseo de la mañana, Blanca Carracedo desayuna y se sienta en el sillón de su casa para recibir la visita de su hijo Roberto Marrero. A sus 102 años, todavía tiene tino –y la vista afinada– para combinar un collar voluminoso con una chaqueta tipo tweed. Todo un acierto que quizás se explique por su pasado como costurera.

En la localidad donde vive, todo el mundo la conoce. «Habla con todos los vecinos y a veces incluso les toma el pelo», afirma su hijo. Ella, al grito de «vamos niñas», advierte que ha llegado la hora de dar su segundo paseo, todo esto cuando apenas son las 11:00 de la mañana. Con su andador, pone el primer pie en la calle y celebra que el día «está muy bueno». Es entonces cuando comienza a contar del uno hasta el cuatro y arranca la marcha.

En su caso, ha podido superar con creces el siglo gracias a la combinación de dos factores: la genética –su madre también vivió más de nueve décadas– y algo de suerte. A los 99 años tuvo una caída y se rompió la cadera. Se sometió a una operación de la que, no solo logró salir, sino que además consiguió volverse a poner en pie. «Pensamos que era el fin, pero se recuperó como una campeona; yo tomo medicación por un tubo y ella apenas tiene una pastilla», subraya su hijo.

La abuela del Camino La Villa pasó por otras dos casas antes de llegar a su actual residencia, pero todas en el mismo municipio. Aunque prácticamente lleva toda la vida en La Laguna y en su habitación haya un cuadro del Cristo colgado, lo cierto es que no nació en ninguna isla del Archipiélago. «¿Yo no soy lagunera? Ah, sí, es verdad. Soy cubana», rememora tras un pequeño lapsus fruto de los más de 90 años que ha pasado en Tenerife.

La mayor parte de sus historietas se han forjado entre el centro de la ciudad y Punta del Hidalgo, donde pasaba muchos veranos. Pese a ello, uno de los recuerdos más bonitos que atesora se produjo en tierras cubanas. Cuando cumplió los 70 años pudo volver junto a sus hermanos al pueblo en el que nació, donde les recibieron con una gran fiesta. «Fue increíble, estábamos viendo fotos y se acordaba de quién era quién, fue muy emotivo», cuenta su hijo.

En un siglo ha vivido la Segunda Guerra Mundial y la Civil, una dictadura, varias crisis y una pandemia. A su generación le tocó enfrentar una vida dura, pero, según Marrero, con menos estrés. «Antes no había tanta variedad, pero se comía sano», sostiene. Como muchas mujeres de su época, tiene buena mano para la cocina y, a sus años, sigue comiendo con gran apetito. «Por regla general, me gusta todo», confiesa Blanca.

Su hijo detalla que, cuando acude a algún evento, hay que insistirle para volver a casa. También señala que le gustaría llevarla a misa, pero no se atreve porque las aceras son muy estrechas y por el camino se encuentra obstáculos como coches mal aparcados y subidos a la propia acera. Además de gritar «Viva España» con bastante frecuencia, lo que sí hace es pintar. En especial, le gusta colorear diseños de su libro Flores de ensueño.

En su mesita de noche tampoco falta el álbum fotográfico de Las antiguas calles de La Laguna, de Carlos García, para recordar los entresijos por los que paseaba hace décadas.

Tras la pandemia sus familiares se plantearon internarla en una residencia, pero finalmente rechazaron la plaza y optaron por que pasara el tiempo que le quedaba, que de momento ha sido más de un lustro, en su hogar. El principal motivo es que aún «tiene la cabeza en su sitio» y, quitando algunas lagunas puntuales, mantiene conversaciones y recuerda a la mayoría de sus conocidos.

Tanto su hijo como el resto de sus seres queridos han luchado durante las últimas décadas, no solo para que su madre esté bien, sino para que tenga la mayor calidad de vida posible: «Tenerla es una motivación para mí; en realidad para todos nosotros, porque a cada rato hace videollamadas con sus nietos y bisnietos que viven en Barcelona y es toda una alegría».

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