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Venga, circule

Milagro en la línea 6

Milagro en la línea 6

Milagro en la línea 6 / ED

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Meryem El Mehdati

Meryem El Mehdati

Fui testigo esta semana de un incidente sensacional, un suceso paranormal que le he relatado a toda persona que ha tenido la suerte o la desgracia de coincidir conmigo estos días. Ha sido tal el –inesperadísimo– impacto que ha tenido en mí esta historia cotidiana y breve que mucho me temo que ha pasado a formar parte ya para siempre de la química extraña de mis recuerdos y experiencias. Soy muy consciente de que se han producido otros acontecimientos más importantes esta semana que hacen palidecer la experiencia vivida que deseo narrar, apagones internacionales, guerras, movimientos sibilinos en el entramado geopolítico mundial, el caso es que a mí francamente me dan igual.

Sí, se fue la luz en casi toda España, bueno. Un privilegio del que soy muy consciente muy a menudo me permitió vivir esas horas como si se tratara de un día libre concedido por la gracia divina de Dios. A mediodía perdí mi conexión con el elemento al que más tiempo dedico de media a la semana, mi trabajo, y aunque al principio consideré intentar desplazarme hasta el edificio en el que se encuentran las oficinas en las que tantas horas al día paso para averiguar qué estaba pasando, un paseo por mi calle y luego mi barrio y luego mi distrito me hizo comprender que no funcionaba nada en ningún sitio.

Ni los cajeros automáticos ni los semáforos ni el transporte público ni los datos móviles. No me aventuré más en mi paseo por si me cansaba pasados los diez kilómetros y no daba con otra forma de volver a casa que no fuese a pie. Sí siguió en marcha como siempre la apisonadora extractiva sistemática, con taxistas que decidieron imponer precios astronómicos en sus trayectos y dueños de bazares y tiendas electrónicas que inflaron los precios de las linternas y las radios de mano multiplicando su valor hasta por tres.

El egoísmo de rigor empujó a la misma gente de siempre a desplazarse a los supermercados para hacerse con grandes cantidades de garrafas de agua, papel higiénico, natillas sabor vainilla, magdalenas y tortillas precocinadas. Me pregunté por qué en una situación de crisis iba nadie a necesitar diez packs de cuatro natillas o dos bolsas de veinte magdalenas de chocolate. Nadie se acuerda de lo de «saldremos mejores». Me gustaría no ser así, pero en lo referente a mis semejantes la sensación que más experimento con diferencia es la de la vergüenza ajena.

Tenía dos velas en una mano y una bolsa de pan en la otra cuando una cajera explicó a la cola de clientes que no teníamos de qué preocuparnos, en el supermercado en cuestión se contaba con un generador independiente que les permitía seguir pudiendo utilizar los datáfonos. Me alegré porque tenía un total de seis euros y dieciocho céntimos en efectivo, una cantidad para nada óptima en el evento de un apagón internacional. Pasé el resto de mis horas leyendo en casa, y cuando volvió la luz volví a experimentar ese tipo de vergüenza del que hablo más arriba porque todos mis vecinos rompieron en gritos y en aplausos. Qué sé yo.

Compartía este martes vagón de metro con los niños en edad escolar acompañados por sus progenitores, adolescentes, jóvenes adultos y trabajadores de todas las mañanas cuando uno de los pasajeros decidió escuchar música a todo volumen, tan generoso en su individualismo y mala educación que se otorgó a sí mismo un papel de animador que el resto pasamos a detestar al instante.

Se le unió, dos paradas más adelante, una mujer que entró al vagón ya en videollamada a gritos, y asistimos el resto de pasajeros a una lucha de gigantes en la que dos personas parecían competir con ahínco para ver quién o qué molestaba más, si la música de Fulano o los gritos de Mengana. Lo maravilloso, lo mágico y excepcional, sucedió a continuación. Una señora algo mayor preguntó a la vez que los señalaba a ambos: «¿Pero es que vosotros dos os habéis criado en una cuadra o qué pasa?» tan alto que se la escuchó por encima de la música y de la videollamada.

Ambos la miraron, y aunque la tipa de la videollamada colgó rápidamente, el de la música respondió: «¿Te molesta mi música?». Otra chica dijo: «Sí, nos molesta un montón». Con mucho hastío, el de la música pausó la reproducción de la canción con la que nos serenaba en aquel momento (una de J Balvin, por si tienen curiosidad). Ni él ni la de la videollamada se disculparon.

Siempre había pensado yo que este tipo de comportamientos se debían en gran parte a que el sujeto no era consciente de lo que estaba haciendo, todo se trataba de un gran despiste. Me equivocaba, claro. Como con tantas otras cosas.

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