Víctimas tinerfeñas del terrorismo reciben un homenaje de la Policía Nacional

El cuerpo de seguridad honra a sus agentes y mandos fallecidos y heridos en atentados de varios grupos terroristas

Recuerdo a las víctimas del terrorismo entre la Policía Nacional

El Día

La Policía Nacional honró este martes a sus 188 agentes y mandos fallecidos en atentados terroristas cometidos entre 1968 y 2015. Pero en ese grupo de víctimas mortales, a los que hay que añadir decenas de heridos, también figuran varios funcionarios nacidos en Tenerife, que dieron su vida o arriesgaron la misma en defensa de la seguridad de todos los ciudadanos. Muchos de esos ataques ocurrieron en una época en la que no había llegado la democracia o ésta todavía no se había consolidado en España.

El acto en Santa Cruz de Tenerife se celebró en la Plaza de Weyler y estuvo presidido por el subdelegado del Gobierno en Santa Cruz de Tenerife, Jesús Javier Plata Vera; el jefe Superior de Policía de Canarias, Jesús María Gómez Martín, y el jefe Provincial de Operaciones, el comisario Raúl Contreras Sabio.

El objetivo de la iniciativa fue agradecer, de forma expresa, la entrega de los policías nacionales, así como la de sus familiares, que han sido víctimas de atentados terroristas y han sacrificado lo más preciado para cumplir el mandato constitucional de defender derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana.

Dos personas que asistieron son Daida y Óscar Hernández, hijos del agente José Francisco Hernández, natural de Tegueste. José Francisco fue asesinado en 1990 en Vizcaya. El atentado terrorista consistió en un coche bomba que estalló al paso del vehículo oficial en el que prestaba servicio el funcionario tinerfeño.

De los cuatro agentes que iban en el vehículo, dos resultaron muertos en el acto y los otros dos heridos de gravedad. José Francisco, en el momento de su muerte, estaba casado y tenía dos hijos pequeños.

Daida Hernández tenía entonces ocho años. Los recuerdos que tiene de su padre son muy pocos. Pero tiene presente el momento en el que le dieron la noticia y, sobre todo, el sufrimiento de su madre a partir de aquel momento.

Para Daida, que estudió Psicología y tiene un despacho profesional, uno de los mejores valores que le transmitió su progenitora fue "no sentir odio". Aclara que, "cuando perdonas a alguien, tiene más que ver con tu forma de ver la vida que con la otra persona".

Los recuerdos que tiene de su padre están vinculados a fotos o vídeos. Su padre practicaba diferentes deportes, sobre todo lucha canaria, por lo que era conocido en su pueblo natal. Pero también se introdujo en otras actividades, como boxeo o kárate, por ejemplo. También le han transmitido que José Francisco era un buen padre, "muy niñero".

Óscar Hernández vivió la situación de manera diferente. Tenía 12 años cuando ocurrió el atentado y se sentía muy unido a su padre. Se enteró de lo que pasó de la manera más brusca posible. Estaba almorzando, junto a su madre y su hermana. Y en una noticia en un informativo de televisión sobre un atentado terrorista de ETA dijeron el nombre de su padre.

De forma inmediata, le dijo a su madre: "Ese es papá". Pero la respuesta de la mujer fue negativa: "no, no es".

Óscar tenía la ilusión y la necesidad de que no fuera su padre. Y esos sentimientos le hicieron autoengañarse durante unos pocos días. En ese tiempo, nadie les contó nada de forma oficial. Pero, como suele ocurrir en estas situaciones, en el entorno de aquellos dos menores hubo tristeza, llantos, nerviosismo.

Unos cinco días después, su madre les confirmó que José Francisco había muerto de manera violenta. La respuesta de Óscar fue: "Yo ya lo sabía". En los días siguientes debió superar el "shock", ya que aquel niño de 12 años se sentía muy apegado a su padre.

Durante algunos días más, lo esperó detrás de la ventana. Hasta que aceptó que nunca más regresaría con pequeños regalos, con cómics de Astérix o figuras de playmobil. A Óscar se le quedó marcado lo que su padre le decía cada vez que salía para Madrid o País Vasco: "Ahora eres el hombre de la casa", por lo que debía proteger a su madre y su hermana.

El hijo de José Francisco considera que "las víctimas de ETA somos pacíficas y anhelamos la paz, que nadie más vuelva a pasar por lo que hemos pasado nosotros". Sigue el ejemplo de personas como otra víctima directa, Irene Villa.

Francisco Torres Gil es natural de Tacoronte. Fue víctima del primer atentado cometido después del golpe de Estado del 23 de febrero. En la madrugada del 1 de marzo de 1981 iba en un vehículo patrulla del 091 por la carretera desde Portugalete hasta Bilbao.

Terroristas de ETA pusieron en el suelo una bomba con varios kilos del explosivo Goma 2, así como metralla (piezas metálicas que incrementaban las lesiones de las víctimas). Y, al paso del coche policial, la hicieron estallar.

A Francisco Torres, la explosión le afectó al hígado; al brazo derecho, con pérdida de hueso y masa muscular, así como a la cabeza. Y, además, los terroristas le dispararon tres tiros que le llegaron al pecho. El tinerfeño no perdió el conocimiento en ningún momento.

De hecho, tuvo fuerzas para pedir que lo trasladaran al hospital de Basurto, que estaba bastante más lejos, puesto que el de Cruces no le generaba mucha confianza. Los comentarios que había escuchado así se lo aconsejaban. Recuerda que tenía mucha sed.

La recuperación no fue fácil y sencilla. Un médico en Tenerife le aseguraban que lo mejor era que le amputaran el brazo derecho. Pero él nunca estuvo conforme. Y regresó al País Vasco para que el doctor Ramón Tobío Chueca, quien lo atendió la primera noche, lo asistiera. Y este galeno le dijo que no se preocupara, que en dos operaciones podría recuperar su brazo. Al final fueron algunas intervenciones más, pero Francisco conservó su brazo y le ha sido muy útil en estos más de 40 años.

Francisco nunca volvió a trabajar al 100%. Pero en su casa se deprimía. Y un día consiguió que le dieran un trabajo administrativo en la Comisaría de Tres de Mayo. Todavía conserva el buen humor. Tras el atentado, les decía a sus amigos que él es canario y los terroristas sólo le quitaron un par de plumas.

Juan de Dios Díaz Peña es natural de La Laguna. El atentado lo sufrió el 29 de mayo de 1980, en el Pasaje de San Pedro, en San Sebastián, en el acceso al Puerto de Pasajes. Dos vehículos del 091 circulaban por dicha vía, uno delante y otro detrás.

Recuerda que los terroristas tiraron primero una granada, después efectuaron disparos de metralleta, para, a continuación, lanzar una segunda granada al otro coche y continuar con los tiros a los policías nacionales.

Las víctimas repelieron el ataque como pudieron. Juan de Dios tenía 29 años en aquel momento. Todavía hoy tiene mucha metralla en un muslo derecho. Tras el atentado, permaneció unos días en la Policlínica de San Sebastián. Y después lo trasladaron a Tenerife.

Este vecino de Guamasa se reincorporó a la Comisaría de la Policía Nacional de La Laguna. Y allí se jubiló. "Estamos vivos, seguimos", concluye Díaz Peña. El acto de este martes le recordó lo que vivió hace 44 años. De los 188 fallecidos de la Policía Nacional, Juan de Dios tuvo en sus brazos a casi una decena de compañeros tras ser atacados en diversos atentados.

Hace algún tiempo, pasó por Bilbao en un viaje de vacaciones. Pero a San Sebastián no le gustaría volver.

Francisco Javier Marrero Mier nació en la Península, pero desde los cuatro años reside en Tenerife. Conducía el mismo coche en el que Juan de Dios sufrió el atentado el 29 de mayo de 1980. Marrero Mier tenía entonces 21 años y hacía poco que había llegado al País Vasco.

Sufrieron el atentado cuando acababan de salir de tomar café. Los dos Seat 131 tipo rubia se dirigían al puerto de Pasajes. Desde los aparcamientos de tres edificios recibieron las granadas y los disparos de metralleta. Los autores de los tiros estaban a unos ocho o diez metros de distancia.

Marrero Mier recibió cinco impactos de bala: uno en cada una de las piernas, otro en un costado, a la altura de la cadera, un cuarto en el brazo izquierdo y el quinto en el codo derecho.

Él decidió acelerar el coche, que atravesó un seto e impactó contra otro turismo que circulaba en sentido contrario. El cabo que iba a su lado saltó del vehículo y Mier soltó el volante.

Con su codo lesionado, sacó su arma reglamentaria y realizó varios disparos al aire, porque no se veía nada. Eran las once y cuarto de la noche.

Nunca se supo quiénes fueron los autores de aquel acto terrorista. Por ese ataque no se detuvo ni enjuició a nadie.

Marrero Mier estuvo 10 meses en el hospital por este ataque, buena parte de ellos en el Centro Médico Quirúrgico, la actual Clínica Santa Cruz, en la calle Enrique Wolfson de Santa Cruz de Tenerife. Y, en total, pasó 31 meses de baja.

Se incorporó y estuvo tres meses en la Comisaría de La Laguna. A continuación, pidió ir de voluntario a Navarra, donde permaneció tres años. Después de aquel periodo, se jubiló como policía nacional.

Su vida ha sido intensa. Trabajó en hoteles del sur de Tenerife, en una discoteca e, incluso, de escolta en el País Vasco.