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'Me too' académico

Abusos en la universidad en Cataluña: "No hay uno o dos acosadores, hay departamentos enteros que están podridos"

Varias académicas denuncian la existencia de facultades enteras marcadas por "dinámicas abusivas" y "microagresiones constantes"

Una mujer, en un aula universitaria. FERRAN NADEU

"Hace una semana que en los despachos de la facultad no se habla de otra cosa. Hay profesores que llevan toda la vida abusando de su poder y que ahora que se están empezando a destapar tantas denuncias tienen miedo de que se levante la liebre", revela Sara (nombre ficticio), una profesora vinculada a una de las grandes universidades catalanas. "No he sido víctima de un solo acosador, sino de un departamento en el que todo el mundo trabaja con dinámicas abusivas", explica a EL PERIÓDICO. Esta académica, que pide mantener el anonimato por miedo a represalias, se muestra tajante sobre su diagnóstico: "El problema no es que haya uno o dos acosadores en la universidad. Hay departamentos que están todos podridos".

Esta profesora ha decidido contactar con este diario después de la publicación de un reportaje en el que, por primera vez, se han proporcionado cifras sobre acoso en las universidades catalanas. Según ha desvelado una investigación de EL PERIÓDICO, del grupo Prensa Ibérica, en los últimos cinco años se han abierto más de 150 expedientes por violencia sexual y laboral en los centros y se han sancionado al menos a 28 profesores.

"Estamos ante un problema estructural que se explica, en gran parte, por la misma idiosincrasia de las universidades. Se trata de espacios que están marcados por la precariedad y en los que existen grandes jerarquías y dinámicas de poder generizadas", señala Bárbara Biglia, profesora de la Universitat Rovira i Virgili (URV) experta en violencias de género y en abusos en entornos universitarios.

Según comenta esta experta, las violencias sexuales y de género que se dan en las universidades son un reflejo de la organización misma de nuestra sociedad. "Las universidades, además, son un entorno muy marcado por la precariedad.  Esto genera situaciones de dependencia fuertes. Por eso mismo, cuando se produce una situación de abuso, las afectadas tienen complicado denunciar  y además sienten que se están jugando su trabajo o su futuro académico", añade.

A esto hay que sumarle el hecho de que muchas situaciones abusivas suelen empezar "de forma sibilina", van escalando con el tiempo y, cuando la violencia se vuelve más profunda y explicita, las que la sufren acaban sintiéndose corresponsables y les es difícil exponer su caso.




"Microagresiones constantes"

El caso de Sara ejemplifica estas dinámicas. Esta académica trabaja en un departamento vinculado al área de las ciencias sociales. En su caso, explica, los jefes de este departamento no solo son sus superiores directos sino que, además, son los nombres más influyentes de su área de estudio. "Son los que controlan todos los grandes proyectos que se hacen, las revistas académicas y congresos. Si quieres trabajar en este área tienes que pasar sí o sí por su aro", apunta. Es justamente este poder lo que, subraya la docente, "les permite comportarse como déspotas" y aun así gozar de "una sensación de impunidad". "Vivimos situaciones de abuso de poder en el día a día. Los gritos, las amenazas y las microagresiones son una constante en el departamento. Lo sufrimos todos, todo el rato", afirma.

Sara cuenta su caso desde un rincón de una cafetería de su universidad mientras vigila de reojo que no haya nadie más escuchándola. A su lado, una compañera de departamento asiente a todas sus palabras. Ambas relatan varias discusiones 'a priori' académicas que han acabado en amenazas (como cuando, por ejemplo, uno de los responsables del departamento amenazó con retirarle una beca a una compañera latinoamericana y "dejarla endeudada de por vida"). También hablan de un continuo de "mensajes pasivoagresivos", "menosprecios" y hasta "llamadas durante las vacaciones para pedirnos cualquier nimiedad del trabajo". "Una vez me llamaron estando de baja para reprocharme que una parte de mi trabajo no estaba hecha", recuerda esta académica.

Hace ya ocho años que Sara trabaja en esta universidad. Durante este tiempo ha visto marcharse al menos a una decena de compañeros por "los constantes abusos de poder" del equipo directivo del departamento. "Todos pidieron el traslado o el fin del contrato por culpa del maltrato que habían sufrido por parte de estos docentes. Algunos dijeron que se iban por temas personales y otros por 'divergencias', pero ninguno llegó a poner la palabra 'abuso' en su informe", comenta la académica. "Las denuncias oficiales sobre abusos en la universidad solo representan una minoría de los casos. La gran mayoría de los afectados nunca llegan a dejar por escrito que han sufrido este tipo de malos tratos. O al menos no en estos términos", añade.

"Se respira hostilidad"

Andrea trabaja en un departamento del área de ciencia de otra de las grandes universidades catalanas. En la entrada de su facultad, lo primero que ve cada mañana es un cartel sobre la política de tolerancia cero contra el acoso en la universidad. "En cuanto entro en mi despacho la historia cambia. Se respira un ambiente de mucha hostilidad. No hay ni una sola persona que esté trabajando a gusto. Yo ya he perdido la cuenta de las veces en las que me he encontrado a un compañero llorando en el laboratorio", relata.

Ella, igual que Sara, también pide mantener el anonimato porque, aunque considera importante "romper el silencio" sobre este tipo de situaciones, teme que si desvela su identidad podría tener problemas con sus superiores.

Su grupo de trabajo, detalla, está liderado por tres catedráticos de mucho renombre, dos líderes de proyectos que se han formado bajo su liderazgo y seis técnicos más que acaban de empezar su carrera académica. "Trabajamos bajo la política del miedo", comenta. "Hay días en que los jefes entran al despacho y empiezan a gritar como locos contra uno de nosotros. Lo hacen frente a todos los demás porque quieren que los escuchemos. Así se aseguran de que hacemos exactamente lo que quieren sin rechistar", relata. Según argumenta esta científica, denunciar este tipo de situaciones es todavía más complicado cuando "todos los demás responsables del departamento se comportan exactamente igual". "Es la ley de la manzana podrida", zanja.

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