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HISTORIAS IRREPETIBLES

La protesta silenciada

Era su forma de denunciar el racismo de su país, una acción similar a la de Tommie Smith y John Carlos en México 68, aunque tuvo menos impacto que aquélla

Matthews y Collett, mientras sonaba el himno de Estados Unidos.

No podían imaginar los dirigentes del COI, aún conmocionados por el atentado que había acabado con once deportistas de la delegación israelí a manos de “Septiembre Negro”, que iban a verse envueltos tan pronto en otro enredo. Estaba reciente el recuerdo de lo sucedido cuatro años atrás en México cuando Tommie Smith John Carlos levantaron sus puños enguantados en el podio en apoyo al “Black Power” mientras sonaba el himno americano. Una denuncia icónica –por el momento elegido y por su poderoso impacto visual–, del racismo que sufría la población negra en Estados Unidos y que desembocó en un terremoto deportivo, político y social. Pues Múnich también tuvo su propio episodio de denuncia del racismo aunque su repercusión fuese menor.

El 7 de septiembre de 1972, solo un día después del terrible atentado que sin embargo no detuvo los Juegos, se disputaba la final de los 400 metros. El gran favorito era John Smith, que había ganado las pruebas de selección de Estados Unidos para redondear un periodo de dos años en el que era intocable para el resto. Se esperaba que liderase el “triplete” de los norteamericanos que llegaban con un equipo muy superior al resto. Pero sucedió lo inesperado. En la salida de la primera curva, Smith sintió un intenso dolor en la corva y se detuvo de inmediato. Vincent Matthews, tercero en los “trials” de su país, aprovechó la ausencia de Smith para hacerse con un oro que no podía ni imaginar por delante de su compatriota Wayne Collett. Completó el podio de una final muy apretada y resuelta por muy escaso margen, el keniano Julius Sang. La de Matthews no era su primera medalla olímpica porque cuatro años antes había formado parte del relevo que logró la victoria en los 4x400 después de quedarse fuera por escaso margen de los 400 metros. En los Juegos de México,con solo 21 años, vivió en primera persona todo aquel tumultuoso proceso que generó la protesta de Tommie Smith y John Carlos, su posterior expulsión de la villa olímpica así como el escarnio al que se enfrentaron a su regreso a Estados Unidos. Matthews sabía bien la importancia de todo aquello. Él, que provenía de una familia de origen antillano instalada en Nueva York, ya había pasado algún episodio desgradable por el color de su piel. Cuando estudiaba en la universidad fue detenido y pasó un fin de semana en la cárcel por negarse a pagar una hamburguesa después de que el dueño del local le dijese que tenía que comerla en la calle porque el comedor estaba reservado para los blancos.

En Múnich, cuando llegó el momento de la entrega de medallas correspondientes a los 400 metros, Vincent Matthews y Wayne Collett parecieron hacerlo con algo de desgana, como si se hubiesen quedado sin fuerzas de repente. Collett incluso acudió descalzo a la ceremonia. En ese momento nadie concedió excesiva importancia a un pequeño detalle que se había producido una hora antes y es que, una vez finalizada la carrera, ninguno de ellos dio la tradicional vuelta de honor a la pista paseando la bandera de su país. Se subieron al podio, recibieron las preseas y en ese momento las autoridades y los atletas se giraron a la espera de que sonase el himno norteamericano en honor a Matthews. En cuanto brotaron por megafonía las primeras notas Collett se subió al escalón más alto del podio y los dos atletas comenzaron a hablar con los brazos en jarras como si se hubiesen encontrado en cualquier calle. En ningún momento dirigieron la mirada hacia la bandera de su país que se estaba izando lentamente como ordena el protocolo olímpico. Los dos atletas mantenían la cabeza gacha y los hombros caídos. Charlaban, reían y se tocaban la barbilla mientras los miembros del COI asistían impávidos a la escena. Acabó el himno y se bajaron del podio como si tal cosa, como si hubiesen cumplido un trámite sin ninguna clase de trascendencia. En su camino hacia los vestuarios un sector del público comenzó a abuchearles a lo que Collett respondió levantando el puño desafiante.

Las reacciones no tardaron en llegar. La prensa americana respondió como cuatro años antes. Se le dio un tratamiento algo más discreto que a Smith y Carlos en 1968, pero el castigo mediático fue inmediato. En Múnich las consecuencias tampoco se hicieron esperar. El COI determinó su inmediata expulsión de la villa olímpica. El presidente del organismo, el norteamericano Avery Brundage, un tipo con un carácter complicado y al que se consideraba profundamente racista y antisemita, dijo que el comportamiento de ambos había sido aberrante y que el COI tenía que ser inflexible con semejante provocación. Se les pidieron explicaciones, pero los dos atletas se negaron a darlas. Con el precedente de México demasiado fresco Brundage y el resto del COI dieron por sentado que aquello era una reivindicación similar. Antes de abandonar la villa olímpica Collett dejó una sábana colgada de la habitación en la que se podía leer “abajo con Brundage”.

Bill Bowerman, el principal responsable del equipo americano y famoso entre otras cosas por ser uno de los creadores de la marca Nike, trató de ejercer de diplomático para que los dos atletas regresasen a la disciplina del equipo. Le preocupaba el escándalo, pero también que corría el riesgo de quedarse sin la medalla de oro en el relevo 4x400 por falta de atletas para competir y era una de las pruebas que ya parecían colgadas del cuello de sus atletas. Bowerman intentó que los dos deportistas presentasen al menos una disculpa pública y para ello buscó como aliado a Jesse Owens que estaba en los Juegos Olímpicos como invitado. Los dos se reunieron con Matthews y Collett, les hicieron ver que no estaban de acuerdo con su comportamiento pero les pidieron un mínimo gesto para evitar que el lío se hiciese más grande. A regañadientes solo aceptaron que Bowerman se disculpase en su nombre. El presidente del COI, en medio de la peor semana de su vida, supeditó cualquier perdón a que el Comité Olímpico de Estados Unidos estuviese de acuerdo. Sorprendentemente fueron los americanos los más indignados con sus propios atletas. Demasiada presión de sectores políticos tuvieron la culpa. Estaban de acuerdo con la expulsión de los atletas por “insultar a la bandera de Estados Unidos”. Matthews y Collett ya no regresaron a la villa olímpica y Bowerman se quedó sin atletas para disputar la final del relevo 4x400, un regalo que aprovecharon Kenia, Reino Unido y Francia para subirse por este orden al podio.

Su expulsión dejó a Estados Unidos sin competir en el relevo 4x400

El COI sancionó a Matthews y Collett a perpetuidad. La misma solución que habían tomado cuatro años antes cuando tuvieron que tratar el asunto de México. Ninguno de ellos podría volver a tomar parte en una competición olímpica ni solicitar una acreditación para desempeñar cualquier otro papel. Se les permitió mantener sus medallas olímpicas, pero Brundage advirtió pensando en futuras reivindicaciones de otros deportistas, que a partir de ese momento las medallas quedarían “retenidas”. Con 24 y 23 años respectivamente se acababa de golpe su carrera deportiva y se despedían de la posibilidad de ganar nuevas medallas en el futuro. Ninguno de ellos habló de lo sucedido, ni reaccionó de manera alguna. Solo unos años después Collett sí se refirió a lo ocurrido en Múnich: “No podía pararme allí y cantar la letra porque no creo que sea verdad lo que se dice en ella. Ojalá lo fuera. Creo que tenemos el potencial para tener un país hermoso, pero no creo que lo tengamos”.

Curiosamente la historia ha mantenido en la sombra lo sucedido en 1972 mientras el gesto de Smith y John Carlos en México ha sido intensamente aclamado. Quizá ha tenido mucho que ver que asumieron de forma clara y rotunda su protesta mientras Matthews y Collett prefirieron permanecer en silencio, dejando que todo el mundo hablase por ellos o de ellos. Matthews por ejemplo nunca se refirió en público a su actuación el 7 de septiembre de 1972. Hace años, al ser preguntado insistentemente, respondió a la NBC a través de un correo electrónico: “Mi participación olímpica terminó hace casi cincuenta años. A través de los años he hecho el esfuerzo de seguir adelante pensando solo en el futuro. Vivo con esta frase: 'Cuando ver hacia atrás no te interesa estás haciendo lo correcto'. En este punto de mi vida lo correcto es ver hacia el frente y no hacia atrás”.

Y así ha seguido. En una reunión de hace poco más de un mes el COI tomó la decisión de levantar el castigo que pesaba sobre los dos atletas americanos. El perdón llegaba al cumplirse los cincuenta años de los acontecimientos de los que fueron protagonistas y poco después de que el COI dijese que no estaba en sus planes rectificar muchas de las decisiones tomadas en su momento por el singular Brundage. Vince Matthews, aunque no parece demasiado interesado a juzgar por su actitud durante estos cincuenta años, podrá volver a visitar unos Juegos Olímpicos y ejercer el papel que desee. Está opción no la tendrá Collett que falleció en 2010 debido a un cáncer. La protesta de Matthews y Collett, tan importante y significativa como la de Smith y Carlos en México, ha quedado algo degradada en la historia, casi silenciada. 

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