El cambio climático está pisando el acelerador. Las previsiones del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (ECMWF, por sus siglas en inglés) muestran que el aumento de las temperaturas por encima de los 1,5ºC será una realidad en poco más de una década (concretamente, en septiembre de 2034 si la tendencia actual continúa así), cuando en 2015 se calculaba que el planeta llegaría a este punto crítico, como muy pronto, en 2045. El objetivo que se impusieron los países en la Cumbre de París ese mismo año –y que lleva siendo la punta de lanza de la acción climática– se verá ampliamente rebasado antes de lo previsto.

El planeta lleva varios años avisándonos de que la situación va a peor. Los picos de temperatura alcanzados en verano, las olas de calor que se han vivido en todo el mundo, las lluvias torrenciales y el hecho de que cada mes se convierta en el más cálido de la serie histórica, son algunos de los muchos indicadores que demuestran que el calentamiento global avanza mucho más rápido de lo esperado.

El mundo está progresando hacia un incremento de temperaturas que seguramente no bajará de los 3ºC para 2100. Así lo prevén aquellos escenarios climáticos de gravedad intermedia, en los que se implementan medidas moderadas de mitigación de las emisiones (como las actuales), unos escenarios que son los que tienen mayor probabilidad de cumplirse a día de hoy.

Medidas insuficientes

«Viendo las actuaciones a nivel global en materia de mitigación, lo más prudente sería ir adaptando nuestros territorios a ese valor», reseña Abel López, geógrafo de la Cátedra de Reducción del Riesgo de Desastres y Ciudades Resilientes de la Universidad de La Laguna (ULL). El cambio climático avanza más rápido de lo previsto y los países lo saben, hasta el punto de que en la propia COP27 se empezó a considerar muy probable que las temperaturas ronden los 2ºC, en lugar de los 1,5ºC que hasta ahora constituían el objetivo límite.«Es triste, pero es así», lamenta el oceanógrafo Aridane González, presidente del Comité Científico para Cambio Climático, Economía Circular y Azul de Canarias, que recuerda que «desde el acuerdo de París no hemos conseguido alcanzar los objetivos marcados».

El discurso sobre la crisis climática se debe modular para acercar el problema a la ciudadanía

Canarias no será ajena a esta nueva previsión. «Sobrepasar ese valor implica que los impactos en las Islas serán mayores», explica López. El investigador recuerda que Canarias forma parte de un territorio altamente vulnerable, por lo que un incremento desmedido de las temperaturas «conllevará serios prejuicios tanto ambiental como socialmente». La subida del nivel del mar y la intensificación de los temporales son los dos factores que más preocupan a los expertos en Canarias. También los impactos irreversibles en los ecosistemas y la desaparición de la «primavera eterna» en la que se sustenta el modelo turístico actual. «En definitiva, tendrá impactos desde la economía hasta la salud», resume González. De ahí que ambos insten en actuar, especialmente, en la adaptación del territorio.

Cambiar el mensaje

Ante estas previsiones más acordes con la realidad, los científicos instan a redoblar esfuerzos, así como a cambiar la forma de comunicar a la población los problemas que acarrea el cambio climático. «Las personas tienen muchísimos problemas de afección inmediata, como por ejemplo no llegar a final de mes, pero nosotros estamos diciendo que de aquí a 2050 o 2100 habrá un clima adverso, se perderán metros de playas, inundaciones, y un océano más ácido», explica González.

En esta idea abunda López, que remarca: «La población siempre ha visto el cambio climático como un proceso lejano en el tiempo y creo que el fallo ha sido cómo los científicos hemos trasladado el mensaje».

Ambos entienden que el discurso se debe modular para acercar el problema a la ciudadanía. «Debemos mostrar que el impacto del cambio climático ya ha tenido lugar en nuestro entorno y en la economía diaria de miles de personas», explica González.

Y es que el cambio climático no solo supone un aumento de temperaturas y una pérdida de playas; también implica que muchos productos se encarezcan, que la sanidad se sature con numerosos casos de nuevas enfermedades, o que la población deba sufragar los gastos de los daños que ocasionan los fenómenos meteorológicos adversos o el aumento del nivel del mar. «Cuando las personas vean ese impacto y seamos capaces de traducirlo, no me cabe duda que habrá mucha más acción climática», remarca González. «La población tiene que entender que el cambio climático ya lo estamos experimentando en nuestro día a día», añade López.

Pasada la resaca de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP27) con un acuerdo descafeinado sobre la mesa, son muchas las voces que ponen en duda la necesidad de mantener este tipo de reuniones mundiales si no se actúa con contundencia contra la crisis climática. Sin embargo, para los expertos es fundamental que siga existiendo este escaparate.

«Sin duda, lo más importante de estas reuniones es que visibilizan a nivel mundial el problema y generan conciencia social», explica el geógrafo Abel López, que insiste en que, aunque sea a «un ritmo lento», se van se van logrando pequeños avances «que nos han permitido partir de un punto menos grave».

Todo esfuerzo vale la pena

Para Aridane González «todos los esfuerzos que se realicen para arrancar compromisos vinculantes de las potencias mundiales, valen la pena». Si bien es cierto que no siempre se están logrando los resultados esperados, el oceanógrafo considera que «no puede ser un desaliento», sino un “impulso para buscar acciones de solidaridad de unos países con otros”.

Precisamente este fue uno de los principales debates de la cumbre climática, en la que se acordó crear un fondo de «pérdidas y daños» para ayudar los países vulnerables duramente afectados por los desastres climáticos.