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Colectivos vulnerables

Un día con los 'apagafuegos' de los servicios sociales

Relato de un día entero acompañando el trabajo del Centro de Urgencias y Emergencias Sociales de Barcelona, un servicio pionero en Europa que atiende a personas en extrema necesidad de forma súbita

Servicios sociales en Barcelona. Ferran Nadeu

Alerta, hay una emergencia. No se imaginen a un agente de la policía empuñando su arma, ni la ambulancia conduciendo a toda pastilla. Tan siquiera un bombero entrando en una casa en llamas. Son familias desahuciadasrefugiados con ningún lugar donde caer, ancianos rodeados de indiferencia o familias rotas porque han presenciado un suicidio. Los trabajadores sociales, psicólogos e integradores sociales del Centro de Urgencias y Emergencias Sociales de Barcelona (CUESB) son quienes acuden a estas emergencias. Un servicio único en Europa que, a diario, es testigo las heridas más profundas de nuestra sociedad. "No nos conoce nadie, trabajamos en silencio, pero siempre estamos allí", resume Sergi Tapia, veterano del lugar. "Somos los 'apagafuegos' de los servicios sociales", explica Nayra Tomás. EL PERIÓDICO, diario perteneciente al grupo Prensa Ibérica al igual que este medio, les ha acompañado durante 24 horas en su trabajo. Agárrense fuerte.

9.00 horas. Los trabajadores del turno de mañana ya llevan tres horas de servicio. "Somos los ojos de la administración", advierte Tomás, integradora social que lleva siete años en el CUESB. Ella y su compañera, Vanesa Gómez, aún siguen afectadas tras atender a una madre a la que, el fin de semana, le retiraron a sus hijos. Pero defiende su trabajo. "Una vez teníamos que levantar a una mujer mayor que se había caído y detectamos que sufría maltrato. Su hijo empezó a pegarla e insultarla y pudimos avisar a los Mossos. Sin esa caída y nuestra entrada... Aquella mujer aún estaría así. Somos los ojos de la administración ante el drama invisible", explica.

9.54 horas. Una madre con dos hijos es desahuciada por los Mossos d'Esquadra. Vive en un local ocupado en Sant Martí con dos hijos. "Ella no lo sabía y sufre de ansiedad. Tendremos trabajo", pronostica Elisabet Cortés, trabajadora social. La madre abre la puerta con un bebé en brazos y no da crédito. "¿Cómo que nos tenemos que ir? Los niños están todos en la escuela", implora. Resulta que en este lugar viven dos niños más, y otra madre. Finalmente el desahucio no se ejecuta. El abogado de la familia presentó un recurso a última hora que ha sido aceptado.

11.54 horas. La Guardia Urbana manda una alerta. "Desalojo en la calle del Hospital". Hay un desahucio de un bloque entero propiedad del ayuntamiento que debe ser rehabilitado y tiene diversos ocupas. "Si vemos al CUESB nos preocupamos: quizás hay familias con niños, personas vulnerables", dice Santi González, miembro del sindicato de vivienda del Raval, tras los furgones policiales. "La mayoría de habitantes salieron ayer, solo quedaba una pareja que vivía en el tejado en unas tiendas de campaña. Son dos hombres que han vivido por toda Europa en la calle... No estamos hablando de un caso urgente, tendrán que ir al Servicio de Inserción Social a ver si les pueden ayudar". Muy probablemente terminen en la calle, los albergues están llenos.

13.10 horas. Justo al lado del Hard Rock Café de plaza Catalunya, Carlos Vargas ha montado una chabola. Una lona para cubrirse de la lluvia, un colchón hinchable y un fogón de gas forman su precaria vivienda desde hace 15 días. "Hemos recibido avisos de los vecinos y hemos desmontado el campamento", explican los agentes de la Guardia Urbana. Carlos es invidente y mimo de las Ramblas interpretando el 'Hombre de Oro'. "Vivía en una habitación en Hospitalet, pero me quemé cocinando con la paella y me echaron de la casa", cuenta tras descubrir que sus pertenencias han desaparecido. Los profesionales del CUESB se lo llevan. Luego le darán comida y una cama donde descansar.

14.31horas. "No se preocupe señora, estamos aquí para ayudarla. Vomite, tranquila", responde al teléfono Cristian, trabajador social. Al habla, una mujer en apuros en el metro de Urquinaona. "¿Tiene alguien que le puede ayudar, estar con usted?". No hay respuesta. La llamada durará 20 minutos más, hasta que llegue la ambulancia.

15.10 horas. La sala de espera del CUESB, en la calle Llacuna, hay una decena de personas necesitadas. "Por la tarde es cuando más se nos llena la atención presencial... cierran los servicios sociales y no pueden dar respuesta", explica la psicóloga que entrevista a todas las almas que imploran ayuda. La familia Rodríguez Carraza espera en un banco. Salieron de Honduras hace dos semanas, huyendo de la violencia de las 'maras'. "Teníamos un puesto de fruta y pagábamos un impuesto de 200 empiras (moneda local), pero nos lo subieron a 300 y no podíamos sobrevivir", explica la madre, Noelia. "Dejé de pagar y vinieron a por mí: el 28 de abril se presentaron a casa y me clavaron dos puñales. O vendía droga con ellos o me mataban", explica Antonio. En su cuerpo siguen tiernas las heridas del cuchillo. "Teníamos que huir fuera como fuera, mis niñas no pueden vivir así", sigue el padre, señalando un bebé de un año y otra niña de 7. La familia ha estado viviendo en hoteles de Barcelona hasta que se ha quedado sin dinero. Al cabo de varias horas serán trasladados a una pensión.

15.47 horas. Salta otra alerta. "Un señor de 94 años", dice Javier Martín. Al entrar, el hombre balbucea palabras con una voz bajísima desde su cama. "Me lo he encontrado esta mañana atravesado en la cama y meado encima... Ha sido un cuadro", explica la trabajadora familiar que le visita una hora diaria los días lectivos. Le ha lavado y le ha dado de comer. "Este señor tenía una cuidadora durante todo el día pero se fue. Y se cayó el sábado en casa. Hasta esta mañana no hemos sabido nada", sigue la trabajadora. Está esperando plaza en un centro sociosanitario, pero la lista de espera es interminable. Martín le da la medicación y se anota que deben volver a las 20 horas para darle más fármacos. El hombre agradece el apoyo. "Es que los hijos... Cuando crecen solo piensan en el dinero", suspira.

16.30 horas. "Los bomberos están desalojando un edificio en la calle de Robadors, ha habido un desprendimiento por unas obras y hay riesgo de derrumbe". Raquel Buil y Sandra Maás, trabajadora social y psicóloga, se encuentran a la veintena de vecinos con las maletas en la puerta. No han comido y muchos siguen con la ropa del trabajo. Están alucinando. "Han venido mis hermanas y mis sobrinos de Ecuador porque el fin de semana tenemos una comunión en Valencia", cuenta Marco Andini, del bajo. "¿Y ahora dónde vamos?", se pregunta. La práctica mayoría no tiene otro sito al que acudir. Los trabajadores les reúnen en el centro cívico del barrio y les explican que el CUESB cuenta con 80 camas para dar alojamiento de emergencia. Son una decena de cuartos con literas. "Nos tratan como animales, aquí enjaulados", se queja Andini, que acabará durmiendo en casa de unos amigos. Otros vecinos aceptan agradecidos poner disponer de esta opción. A las siete de la tarde, 9 niños y 16 adultos se preparan para pasar la noche en el centro. Podrán ducharse y cenar allí.

18.30 horas. En la sala de espera cada vez se amontonan más familias. Cristina Correa espera con su hija Carolina, de 16 años, en los bancos. "Yo me quedé sin trabajo por la pandemia y desde entonces vivíamos en una habitación en casa de una amiga. Hasta ayer", suspira la madre. "La chica nos puso las maletas en la puerta", dice. La niña tuvo un ataque de ansiedad y consiguió seguir una noche más en su cama. La madre tubo que descansar en el rellano. "Hemos ido a servicios sociales pero no encontraban sitio y nos han llevado aquí", cuenta.

La sala está equipada con algunos juegos para niños. Allí juega Sofia, una niña de cinco años que no tiene pelo. "Tiene leucemia y hemos venido a Barcelona para hacer el tratamiento en el Vall d'Hebrón", explica su padre, Miguel Ángel Ramírez. Mientras, la madre da el pecho al otro hijo de la pareja. Vienen de Cuzco (Perú). "Allí no hay tratamientos para ella", suspira el padre, que lo ha dejado todo con la esperanza de que su pequeña siga en vida. El problema, que se terminaron los ahorros y no tienen techo donde reposar. Eso explica su presencia en el CUESB.

20.30 horas. Los alojados salen al comedor a cenar. Una de ellas, una mujer de Rumanía que no habla español. Laura, la integradora que les da la cena, se comunica usando el traductor de Google. "¿Estas bien?", le pregunta. Ella asiente y da las gracias mientras se guarda un poco de pollo entre los pañuelos de papel.

22.00 horas. En otra mesa comen Mirta y sus dos hijos adolescentes. Arrastra cuatro años cuidando a personas mayores sin contrato. ¿Porque estás aquí? "Huí de mi pareja y no tenía adónde ir". Todo empezó con el control. "Me miraba el móvil, con quien hablaba, me insultaba cuando salía a tomar algo con amigas...", cuenta. Luego siguió el acoso. "Me perseguía hasta mi lugar de trabajo". Y luego siguieron los bofetones y las palizas. El último, el 12 de mayo. "Salí de casa llorando, me fui al CAP y allí me recomendara que lo denunciara a los Mossos". Ese mismo día durmió con él. "Tapada con mantas y temblando de miedo". El día siguiente le arrestaron los Mossos. "Pero el piso era suyo y yo me quedé sin casa". Desde entonces vive en el CUESB, pendiente que el Servicio de Atención, Recuperación y Acogida (SARA) de Barcelona le ofrezca un sitio donde permanecer segura.

00.30 horas. Hace hora y media que se han incorporado los profesionales del turno de noche. La jefa de guardia, Beatriz, viene de hablar con unos agentes de los Mossos. "Era por un caso de violencia machista", cuenta. Su teléfono vuelve a sonar. "Acaban de llegar grupos de refugiados ucranianos en la estación de Sants que no tienen dónde ir. Activo los taxis para llevarlos hasta aquí y empezamos con las entrevistas ¿vale? Será largo", avisa al resto de trabajadores. Luego, se dirige a los periodistas. "Id a dormir, porqué si no no os iréis nunca... Aquí no paramos. Este es el mundo real, el que nadie ve", suelta con media sonrisa.

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