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Fuera de carta

Comerse Tenerife... con vinos de Jerez

El Iberostar Mencey acoge un maridaje generoso que reivindica la vocación viajera de la Baja Andalucía

Seve, chef de El Taller de Seve Díaz, amorosando un delicioso tartar de atún.

No resulta casual que el principal género que reclamaban los andaluces que se embarcaban en la conquista y colonización del Archipiélago fuera el vino. De ahí que la incipiente viticultura isleña buscara asemejar su producto al jerezano, lo que permitió estrechar intereses entre ambos espacios. En su condición de puerto autorizado en la Carrera de Indias, Sanlúcar continuó capitalizando las rutas del Nuevo Mundo, ciñendo aún más sus vínculos con las Islas.


La relación de Canarias con Sanlúcar de Barrameda y la comarca jerezana se remonta en el tiempo. Ya en el siglo XV, desde aquel puerto en la desembocadura del Guadalquivir se ejercía un dominio militar y comercial sobre el Archipiélago. En su proyección atlántica, aquellas huestes desembarcaban aceite, vino, olivas, etc., regresando de sus incursiones con las bodegas cargadas de esclavos y azúcar, cueros, quesos y orchilla. No resulta casual que el principal género que reclamaban los andaluces que se embarcaban en la conquista y colonización del Archipiélago fuera el vino. De ahí que la incipiente viticultura isleña buscara asemejar su producto al jerezano, lo que permitió ir estrechando intereses entre ambos espacios. La historia también describe cómo un 20 de septiembre de 1519 zarpaba de Sanlúcar una flota de cinco naves al mando de Magallanes, la Expedición de las Especies, que seis días después avistó Tenerife, fondeando en el Norte y buscando abrigo en el Sur, cerca de Montaña Roja. Y en su condición de puerto autorizado en la Carrera de Indias, Sanlúcar continuó capitalizando las rutas del Nuevo Mundo, ciñendo aún más sus vínculos con las Islas.

Ahora, aquellos jerezanos vuelven a aparejar sus naves y enfilan de nuevo la proa hacia Canarias, enarbolando con orgullo la bandera de Capital Gastronómica de España 2022 y, como hiciera el épico marino portugués, arriban cargados de odres y toneles. Pero esta vez, el desembarco ha sido incruento: un auténtico intercambio humano. Los salones del Iberostar Heritage Grand Mencey acogieron la propuesta de comerse Tenerife... con vinos de Jerez, una firme apuesta por la vocación viajera de finos, manzanillas, olorosos, amontillados... que ponen rumbo a la conquista de nuevos paladares, de nuevos públicos. Así, mientras el embajador Pepe Ferrer iba desgranando las notas frescas de su cuaderno de bitácora, Seve Díaz y la tripulación de su taller, Giovanni y Tana –excelente gente marinera– recreaban una exquisita singladura.

Los jerezanos vuelven a aparejar sus naves y ponen la proa a Canarias y, como lo hiciera en su día el mítico Magallanes, arriban cargados de odres y toneles de vino

En ese diálogo generoso, el picante se convertía en un excelente aliado de los vinos de Jerez. Bastó un bocado de bombón de tomate asado y la presencia casi inmediata de un equilibrado tartar de atún –memoria de la almadraba–, con parchita, cebolla encurtida de Guayonje y pimienta palmera ahumada para que el fino despertara la primera alianza. Un guiño a La Gomera: huevo de granja, miga brioche de bollo, almogrote y espuma de papa y la manzanilla Pastora aportando sus levaduras naturales. El aguacate de La Orotava embarrado a la parrilla, ligeramente picante, encontró buena sociedad en el amontillado, como la merluza de Lanzarote, con mantequilla, caviar gomero y papa negra se entendió con una manzanilla joven. A cada sorbo, sorprendía ese buqué seco, amable, salino que acaso tuvo su máxima expresión en un delicioso cordero de El Hierro, cogollo a la brasa, piña y queso ahumado, abrazado por un Palo Cortado Don Zoilo. Y con los postres, la presencia del elegante Brandy, oloroso, embriagador...

Ahora, a la espera del tornaviaje.

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