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La mirada de lúculo

Venerables cucharas

Evolución y diseño del utensilio más antiguo para comer y el único usado habitualmente en todo el mundo

Venerables cucharas

Durante siglos la humanidad se sirvió de los dientes para cortar y despedazar, pero enseguida sintió la necesidad de un utensilio que llevarse a la boca.

En la serie danesa Trom, uno de esos thrillers sombríos y heladores que tanto les gustan a los escandinavos, y en la mismísima antesala del drama una niña le pregunta a su madre, si de tener que elegir, escogería para comer cuchara o tenedor. La madre admite que la respuesta no es fácil pero se propone aclarar la duda de la pequeña a punto de recibir una mala noticia por teléfono.

—En Asia usan cucharas en vez de cuchillos, y me encanta la sopa. Creo que elegiría cuchara.

—¿Entonces cómo cortarías las verduras, el pescado y la carne? —insiste la hija.

La madre, una activista poco gastrónoma, no quiere darse por vencida.

—Cocinaría la verdura hasta que estuviese lo suficiente blanda para poder partirla con la cuchara.

La niña no se da por satisfecha con la explicación.

—Pero entonces no hay crunch, y eso es lo mejor.

—Es cierto. Pero para algo tenemos los dientes, para morder con ellos.

Los tenedores se inventaron mucho más tarde que las cucharas, de hecho no estuvieron de moda hasta el siglo XIX. Estas últimas, en cambio, son tan viejas como el mundo. Durante siglos la humanidad se sirvió de los dientes para cortar y despedazar, pero enseguida sintió la necesidad de un utensilio que llevarse a la boca. Los primeros monos más intuitivos se ayudaban de hojas que hacían las funciones de las cucharas. Luego vinieron las de madera, hueso, cuerno o cerámica; después, como existía el deseo de algo más majestuoso y elegante, las cucharas de plata pasaron a ser una gran aspiración social. Son las precursoras de las que hoy se fabrican con distintos materiales. La de madera ha quedado reducida a esos cucharones de guiso a los que muchos cocineros, por diferentes motivos, son incapaces de renunciar.

Los primeros monos más intuitivos se servían de hojas que hacían las funciones de cucharas

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En la década de 1600, las cucharas de plata se transportaban como sucede con los juegos de llaves en la actualidad: era habitual llevar con uno los propios utensilios de la comida dondequiera que fuera, independientemente del material del que estuvieran hechos. Los cubiertos no se popularizaron hasta la década de 1700, cuando el dinero proveniente de las colonias aumentó el nivel de vida de los mercaderes y de otros. El algodón, el café, el azúcar, el tabaco y muchos otros productos de tierras lejanas canalizaban enormes sumas de dinero con destino a los bolsillos de una floreciente clase media. Por primera vez, tener una cuchara de plata estaba al alcance de unos cuantos. Supuso, además, un signo importante de distinción para quienes teniendo fortuna no lo aparentaban, artesanos, agricultores… Las cucharas actuaron como una especie de pasaporte en un tiempo anterior a los documentos de identidad y los registros. También resultaron muy útiles para evitar el veneno en las comidas, por empañarse al contacto con el azufre, el arsénico y otros compuestos. No era poca cosa en una época anterior a la regulación alimentaria, cuando las pruebas de veneno ni siquiera siempre eran posibles y existía, además, la fea costumbre de librarse tóxicamente de las personas. Estas cucharas también pasaron a formar parte de las dotes de las mujeres casaderas como el resto de los objetos de plata que llevaban consigo al matrimonio. Estaban muy presentes en los nacimientos y los bautizos. La frase «nacido con una cuchara de plata en la boca» hace años se usaba para dar a entender que los padres, al menos, habían intentado empezar bien. Significaba que no se hallaban en la más absoluta pobreza. En la década de 1600, la dote de una familia de clase baja se componía, todo lo más, de objetos de bronce y cobre.

Al igual que la rueda y por poco que lo parezca, la cuchara, el único utensilio para comer de uso común en la Tierra, no ha dejado de evolucionar. En diseño, practicidad y especificidad. En el germen del Reino Unido, el tránsito del corto período republicano de Oliver Cromwell a la Restauración monárquica de Carlos II, el del pelucón, en 1660, supuso, entre otras muchas cosas, que cambiase la forma de las cucharas. Las llamadas puritanas sencillas, sin adornos, dejaron paso, para borrar todo tipo de recuerdo, a las de mango trebolado (pied-de-biche), de óvalo profundo. En estas el final del brazo, a modo de trébol, estaba rematado por tres hendiduras ornamentales. Había en el cambio un propósito político de fondo de que la etapa anterior quedase postergada; se decía que al introducir la cuchara en la comida podías olvidar que un monarca había sido ejecutado y que durante un tiempo, hasta que su hijo volvió para proclamar la Restauración, Inglaterra permaneció casi once años sin rey.

Fue Inglaterra precisamente la que guió, en cierto modo, la evolución de las cucharas y sus caprichosas formas. Al tiempo que el hábito gastronómico se encargaba de poner de moda unas u otras en función de lo que más gustaba comer, como cuenta la escritora oxoniense Bee Wilson sobre los inventos y artilugios de la cocina. Las de nácar las usaron los eduardianos para los huevos pasados por agua con el fin de evitar las manchas que dejaba la yema en la plata; los hannoverianos pusieron de moda las de mostaza, y los georgianos del siglo XVIII diseñaron las de doble cabeza y las palas de plata, para el tuétano asado de los huesos, que volvería a poner de actualidad en una revisión contemporánea el cocinero Fergus Henderson en su restaurante St.John, de Londres. Wilson sostiene, acertadamente, que las cucharas y palas del tuétano son primas hermanas de las cucharillas, agujas y picos que acompañan el plato combinado de mariscos (plateau de fruits de mer) en Francia.

En la década del 1600 era habitual llevar con uno los propios utensilios de la comida

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Agradezcamos a la cuchara los servicios prestados a la humanidad. Yo lo he hecho recientemente al meterla cuidadosamente en una sopa de huevo romana. La preparación de la straciatella es muy sencilla para lo reconfortante que resulta. Consiste en poner un caldo de pollo como es debido en una olla a calentar. En un cuenco aparte batir los huevos (medio por cada tazón o plato hondo) con un pellizco de sal, pimienta negra molida, queso parmesano rallado fino y perejil bien picado. Verter la mezcla sobre el caldo de manera pausada y remover cuidadosamente para que el huevo no rompa y quede en filamentos, los jirones (stracci) que dan el nombre a la sopa. Cocinar no más de medio minuto, añadir un extra de parmesano y servir en el momento.

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