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RETIRO LO ESCRITO

Va para largo

Usted, si es tan amable, sí, usted, el que me lee en este instante, ¿iría a combatir por la libertad e independencia de Ucrania? Imagino que muchos habrán sonreído sobre el café. No, no conozco a nadie dispuesto a hacerlo. ¿No tenemos políticos, diplomáticos, estrategas y, en última instancia, militares y servicios de inteligencia para ocuparse de eso? Pues estrictamente, tampoco. Seamos sinceros. Ninguna gran potencia está dispuesta a derramar una gota de sangre, convenciendo o no a su población previamente. Ninguna. Y con la pasta ocurre lo mismo. No solo es cuestión del gas o el petróleo ruso. Es la deuda que tiene el gobierno de Moscú con la banca privada europea (miles y miles de millones de euros solo en bancos italianos y franceses) y las inversiones de corporaciones y ciudadanos rusos en Europa. Es que Rusia es el mayor exportador de trigo del planeta y el tercero de aluminio, y tiene una posición muy sólida en el comercio de paladio, platino, oro, níquel, carbón y cobre. Igualmente produce el 13% del total mundial de abonos y fertilizantes. Aislar a Rusia económicamente es angustiosamente caro para la Unión Europea y ya antes de que Putin ordenara la invasión se habían incrementado los precios de la energía y los alimentos, las cadenas de distribución eran más frágiles que nunca, afectadas aún por la pandemia del covid, y los costes del transporte de mercancías se habían disparado.

Por supuesto el presidente ruso es perfectamente consciente de los riesgos del envite para sus adversarios y para sí mismo: goza de la clarividencia de los cínicos desalmados. Esta semana que termina cierra definitivamente el tiempo de una larga inocencia. La inocencia que arrancó con la implosión y caída de la Unión Soviética, las revoluciones pandemocráticas de terciopelo y la globalización capitalista y su promesa de liberalismo espiritual, desayuno con cereales y ordenadores y móviles para todos. Ese relato y todos sus cuentistas y sus teorizadores serán enterrados en Ucrania. A medida que pasen los días con tropas rusas en territorio ucraniano, con un progresivo control de los centros principales de naturaleza militar, económica y administrativa, la posición de Putin se hará más fuerte y la palabrería impotente de Washington y Bruselas quedará más en evidencia. Por eso los rusos pisan el acelerador. Quieren que todo termine y que Ucrania esté en su poder en un par de semanas como máximo. Ya verán que Putin será generoso. Ucrania seguirá existiendo como entidad política y comunidad cultural, pero será fiscalizada por los rusos y se convertirá en un leal satélite y socio económico preferente –¡más trigo todavía!– de la Federación Rusa.

Porque no se trata de Ucrania únicamente. Se trata de asomarse a tus posibilidades. De averiguar –o al menos tentar– hasta dónde puedes llegar. Por eso el exteniente coronel de la KGB se permite amenazar, en medio de la escalada y los muertos, a los suecos y los finlandeses. A ver lo que ocurre. A ver si todo lo que ocurre es que algún estúpido comisario de la UE o algún gordinflas ministro de Exteriores europeo comienza a gruñir, de nuevo, amenazas de embargo. Si es así Putin sabrá que no se ha equivocado. Que está en lo cierto. Que podría roer la cabeza de un bebé en la principal avenida de Kiev sin que corrieran peligro su poder y su influencia. Ha cambiado todo y a la guerra fría siguió una farsa de cooperación y valores compartidos y ahora, simplemente, se está ocupando un país, matando a su gente, carbonizando su soberanía. Y Europa no sabe lo que hacer y, muy probablemente, no quiere saberlo. Qué hacer ahora mismo y en los próximos años y lustros. Cómo evolucionar para que los valores liberales, democráticos y de bienestar social sean compatibles con los mecanismos para su apología y defensa. Demostrar la utilidad de la democracia y la resistencia del proyecto europeo. Tal vez defenderse con un ejército propio. Todas las guerras de esta guerra van para largo.

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