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RETIRO LO ESCRITO

Los últimos adioses

«Morir es una costumbre / que sabe tener la gente», decía Borges en una milonga, y todas las generaciones vieron partir a referentes políticos, militares o artísticos, y todas las generaciones han creído que su orfandad era única. Lo que ocurre con el cine, como con el resto de las disciplinas que se han llamado artes, es que muere un gran director o un actor predilecto y se desvanecen un poco más su entidad y sus límites. El cine que consumimos en el siglo XX está en tránsito de desaparición; respecto a la pintura, la música o la escultura, Félix de Azúa entiende que se han agotado, y no es precisamente el único en sostenerlo. Son actividades que sobreviven gracias a una autofagia perpetua adaptada a nuevos soportes de reproducción tecnológica.

Cuando muere Peter Bogdanovich el efecto es mayor y ayuda a entender lo que ocurre. Bogdanovich fue básicamente un cinéfilo –y un precoz crítico de cine– que se atrevió, hechizado por el oficio, a ponerse tras la cámara. Su cine por lo general es una loa –a veces divertida, a veces melancólica– al cine que amaba, que es más o menos el nuestro: el clasicismo que se extiende hasta los años sesenta. Había tanto cine bueno entonces que parecía no existir el cine malo. Su primera película se titula –en el colmo de la nostalgia– La última película. Cuando se distrajo y abandonó el cine que se refería al cine –en términos de rememoración sentimental– terminó equivocándose y fracasando estruendosamente. El otro muerto ilustre que acaba de fallecer, Sidney Poitier, tiene una conexión histórica e ideológica con su época de esplendor actoral que hoy resulta inimaginable. Rebelión en las aulas, En el calor de la noche y Adivina quién viene a cenar esta noche se estrenaron en 1967, seis meses antes de la muerte de Martin Luther King y en plena lucha –en las calles y en las instituciones– por los derechos civiles de los afroamericanos. Su figura –alta, elegante, contenida hasta la impavidez, siempre tranquila aunque atenta– fue criticada como la exaltación por el establishment de una estrella negra respetuosa con el sistema. Si hubo algo así se saldó con un fracaso, porque Poitier –que se comprometió incluso financieramente con organizaciones de derechos civiles durante años– fue esencialmente, para la inmensa mayoría, una inspiración para actuar, sentir y proyectar el propio orgullo de su comunidad y no un pretexto para la inacción.

Se comprenderá que entonces el cine era cine, efectivamente, y podía tanto dedicarse a sí mismo, como un adolescente que explora su propio cuerpo y sus propios recuerdos, como adherirse críticamente a una realidad y construir figuras antagónicas al imaginario de la mayoría. Pero eso ha acabado. Sospecho que en un plazo de treinta o cuenta años no disfrutaremos de demasiadas necrologías de los actores que hayan aprendido el oficio en las producciones de Netflix o de HBO. Y no es cuestión de talento personal e intransferible ni de lenguajes cinematográficos: es una trasformación de los formatos culturales con una doble raíz en la tecnología y en la cultura. Un ejemplo central es nuestro mundo sentimental. Para la gente de mi generación la gramática sentimental está destruida y la mayoría se refugia en un fracaso digno que sea lo suficientemente invisible. La obsesión no es ya como conseguir conquistar o prolongar el amor, sino como acampar en el desamor. En El fin del amor una socióloga brillante, Eva Illouz, sostiene que en un lapso de medio siglo la ideología del amor de pareja terminará esfumándose. Acabará así un viaje de un millar de años, desde Petrarca a José Luis Perales. Cuando no exista ya el amor, ese amor sostenido por los poetas del dolce stil nuovo y por los autores de boleros, las películas y la literatura del pasado no significará nada para los hombres y mujeres del final del siglo XXI. Serán polvo, y ni siquiera polvo enamorado.

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