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Premio Princesa de Asturias de los Deportes
Teresa Perales Premio Princesa de Asturias de los Deportes

«Me iré cuando el sufrimiento sea mayor que la sensación de felicidad»

Teresa Perales (1975, Zaragoza). El Día

«Yo hago lo que sé hacer y como lo sé hacer». En esa frase se concentra el abrumador palmarés de Teresa Perales (1975, Zaragoza), Premio Princesa de Asturias de los Deportes y ganadora de 27 medallas paralímpicas. A los 20 años perdió la movilidad inferior, aún no sabía nadar y tuvo que resetear su vida para convertirse en una mujer legendaria.

¿Cuesta creer que hasta los 20 años no supiera nadar?

Pues no sabía (ríe)... Salvo en la ducha, no me agradaba estar en el agua. En serio, me parecía un rollo.

Si le llega a gustar se sale de la piscina.

Ja, ja, ja... Pues va a ser que sí. Lo mío fue una atracción bastante tardía pero muy intensa.

¿Qué encontró en la natación?

Una sensación de libertad, una oportunidad para encontrarme a mí misma... Nadar me ha dado amigos y fue la excusa perfecta para vivir instantes increíbles.

¿Nadar se convirtió en un «salvavidas» para usted?

En un momento complicado de mi vida sí que fue ese «salvavidas». Cuando sufres una discapacidad –le diagnosticaron una neuropatía a los 20 años– no sabes qué hacer y por dónde van a ir los tiros. En ese instante me costó un poco salir del nubarrón y el deporte apareció como una válvula de escape. La natación fue una puerta que se abrió en mi vida para convencerme de que aún quedaban muchas cosas por hacer. Ser testigo de la realidad sentada en una silla de ruedas no implica tener que renunciar a una vida maravillosa. Yo no lo hice.

¿Siempre fue tan fuerte o eso lo aprendió cuando le diagnosticaron la enfermedad?

Siempre he sido así (silencio). Yo no creo en la idea de que la vida te tenga que poner en una situación límite para reaccionar. Todos reaccionamos cuando nos dan un golpe, pero en mi caso esa fuerza creció más con el paso de los años que por la discapacidad.

¿Le costó salir de esa espiral?

Nuestro cerebro suele eliminar las imágenes de las que no te quieres acordar, aunque tengo la sensación de que no estuve demasiado tiempo mirándome el ombligo. Sufrí lo justo y aprendí a nadar.

Lo siento, pero ya he perdido la cuenta de las medallas que ha logrado.

No se preocupe. Es fácil perder la cuenta... Paralímpicas son 27.

Si se las pone todas en el cuello sus cervicales pueden sufrir.

Sí que pesan... Cuando volví de Londres, que hasta entonces tenía 22 medallas, se nos ocurrió pesarlas y salieron ocho kilos y pico. Con las otras cinco –las cuatro de Río y la de Tokio– llegamos a los diez.

¿Diez kilos de alegrías, esfuerzos, sueños, de días malos...?

Diez kilos de recuerdos muy bonitos.

Tan bonitos como las palabras que pronunció hace unos días al recibir el Princesa de Asturias de los Deportes. ¿Le salió natural o iba con chuleta?

A ese le tuve que dar unas cuantas vueltas (sonríe)... Mire que a mí me gusta ser natural y, por lo tanto, odio las cosas preparadas: hablar desde el corazón siempre es más chulo. Me vino bien tenerlo escrito –le pidieron una copia para que los traductores lo tuvieran de antemano y evitar sorpresas– porque fueron unos minutos con una enorme carga emocional: me hubiera quedado en blanco.

¿Siente que es una heroína?

No. La gente se empeña en decirme que soy un ejemplo para ellos, pero yo no lo veo así. El único ejemplo que quiero ser es para mi hijo (Mariano). Mi filosofía es «siéntete orgullosa del camino que recorres».

¿Qué hay en su cabeza en los instantes previos a nadar una final paralímpica?

Que ha llegado la hora de disfrutar a tope y que es mi momento. Estoy hecha para competir. Esa sensación me encanta: el silencio anterior a la orden de salida es algo difícil de explicar. Luego, cuando estoy en el agua, hay unas rivales pero yo compito contra mí misma. En lo único que pienso es en no fallar. Es el día en el que tengo que compensar un mal entrenamiento o las veces que he salido de la piscina con dolores por todo el cuerpo.

¿Y al verse primera en el marcador de tiempos?

Eso cada vez pasa menos (ríe)... Es una realidad que se me resiste un poco más por los años que me empiezan a caer encima. Las primeras veces solo me salían cuatro palabras: «¡Ostras, lo he logrado!». Ahora es más complicado acercarme a ese punto de júbilo, pero también debo confesar que una victoria se saborea mejor. Conseguir una medalla en una competición nunca está garantizado, pero antes subía al podio con más frecuencia. A Tokio fui lesionada y era complicadísimo sumar una, pero cayó una de plata y eso me supo a récord del mundo.

¿Eso suena a despedida?

Yo no tengo la aspiración de que me recuerden en lo más alto porque tengo dudas de retirarme ganando: me iré cuando el sufrimiento sea mayor que la sensación de felicidad. Probablemente eso ocurra cuando ya no pueda con mi alma. Me tendrán que ganar aún muchas veces y autoconvencerme de que la alta competición es algo que no me compensa.

¿Cómo quiere ser recordada?

Cómo una mujer que sufrió, disfrutó y peleó con todas sus fuerzas por dejar un legado.

¿Debe intimidar llegar a la selección y encontrarse con una nadadora con 27 medallas paralímpicas?

No es para tanto. Alguno/a sí que me puede ver en una especie de pedestal, aunque enseguida se dan cuenta de que soy igual que ellos. Eso sí, con unos cuantos años más.

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