Un total de 19 ciudadanos se sumaron al programa de voluntariado de Salud Mental y Atelsam a lo largo del pasado año y la tercera parte de ellos están incluidos en el apartado de ‘Primera persona’, donde pacientes diagnosticados que tienen una vida estable ayudan a beneficiarios. La pandemia ha supuesto una reorganización de la acción voluntaria y nuevas formas de colaboración para continuar el apoyo necesario a personas con algún tipo de problema y sus familias. Formación, acompañamiento, apoyo a profesionales, sensibilización e información son ejes principales del proyecto.

Esther es una de las voluntarias en Primera persona del programa de Salud Mental y Atelsam. Ofrece su ayuda a beneficiarios del colectivo desde la experiencia que ha vivido con su trastorno bipolar, que padece desde que era una niña. El año pasado, un total de 19 ciudadanos se sumaron al voluntariado del mencionado colectivo y una tercera parte de ellos están en la misma situación que Esther. La ONG manifiesta que la pandemia ha supuesto una reorganización de estas acciones desinteresadas y nuevas formas de colaboración para continuar con el apoyo a pacientes y sus familias. Quienes aportan parte de su tiempo libre para ayudar se dedican a la formación, el acompañamiento activo, el apoyo a profesionales, la sensibilización y la información sobre salud mental, que son los ejes principales de la iniciativa.

Esther acude a la minirresidencia El Pastor, en Granadilla de Abona, donde se presta atención a 20 personas, gracias a la labor de diversos profesionales. Su objetivo consiste en que los beneficiarios aprendan a emanciparse y a vivir con autonomía; es decir, que se sepan cuidar, mantener los hábitos de higiene y diferentes pautas, que les faciliten la vida.

“Mi función consiste, básicamente, en entretenerles”, apunta Esther, “mediante charlas y otras acciones”. Aclara que “sufro trastorno bipolar y, como he estado muchos años sin ayuda, ni médica ni familiar, he creado mis propios trucos para saber afrontar el día a día con esta enfermedad”, sobre todo cuando llegan los momentos de crisis.

Respeto de horarios

Está convencida de que “oírlo de alguien que lo padece, ayuda mucho”. “Es verdad, tenemos algo, pero con medicación, pautas y tratamiento podemos llegar a tener una vida normal”, indica esta voluntaria. “Yo trabajo, pago mis facturas y me organizo la vida”, apunta. “Eso sí hay que tener mucho cuidado con respetar los horarios; me acuesto siempre a la misma hora, no se debe trasnochar, y también hay que mantener el horario para las comidas, así como trabajar las técnicas de relajación y respiración”.

En la minirresidencia de Granadilla de Abona viven personas de entre 30 y 60 años, según Esther. Al principio, su función consistía en hacer juegos para que los usuarios desarrollaran sus capacidades dormidas. Sin embargo, ha descubierto que a los pacientes les gustan más sus “charlas, donde ellos pueden desahogarse, contar lo que les ha pasado en esos días, a la vez que podemos reírnos y gastarnos bromas”. “Me doy cuenta de que cuando me voy, y así me lo dicen algunas trabajadoras, ellos se quedan más tranquilos”, señala Esther. En otras ocasiones, el grupo con el que trabaja se sube en una guagua para ir a la playa de El Médano en verano, o bien va a pasear y a tomar un café por la localidad donde se encuentra la residencia. Así, los residentes en El Pastor “desconectan” un poco de la realidad del mencionado recurso asistencial que gestiona Atelsam.

La mayoría de las personas a las que dicha voluntaria ayuda sufren esquizofrenia. “Oyen voces y los ves rumiando, pero en esos ratos en que hacemos actividades se olvidan; eso es lo más importante”. Y cuando se percata de que alguno de los usuarios pierde el interés por la actividad, Esther trata de prestarle atención específica para que se reenganche a ese momento de evasión; “sé como tratarlos”. Reconoce que son ciudadanos a los que les cuesta “doblar la ropa o hacer las tareas de la casa”, pero el objetivo de los profesionales consiste en enseñarles a afrontar tales acciones.

Sufría y lloraba mucho

Esther comenta que “nací con el trastorno bipolar y se me manifestó en la infancia, puesto que era una niña que sufría y lloraba mucho”, pero en aquel momento, como es lógico, no sabía por qué le ocurría eso. A los 14 años, cuando ya comparaba sus comportamientos con los de sus amigas, detectó que “tenía cosas en la cabeza” que no le pasaban a las adolescentes con las que estaba. Y ya a los 15 años empezó a tener ideas suicidas. Fue entonces cuando se atrevió a preguntarle a una de esas amigas, cuyo padre era médico de familia, “si eso era normal”. Y el profesional sanitario advirtió a Esther de que “no era normal”.

No me hicieron caso

Ante esa circunstancia, Esther decidió hablar con sus padres, “pero no me hicieron caso”. “Y a los 17 años mi madre me obligó a ir a un psiquiatra”, pues tenía unos cambios de temperamento bruscos y varias malas experiencias, relata la voluntaria. Pero en los siguientes seis años visitó numerosos psicólogos y psiquiatras sin que ninguno pudiera ayudarla, pues le aportaron diferentes diagnósticos. Recuerda que, incluso, “una psicóloga me dijo que me lo estaba inventando todo para llamar la atención”.

A los 23 años, tras un episodio de crisis, fue atendida por un doctor, que la atendió de forma adecuada y la diagnosticó correctamente. Pasado un tiempo, le preguntó a dicho profesional que cuándo podía dejar el tratamiento. Y, entonces, se enfrentó con la realidad, pues la respuesta del psiquiatra fue que esos fármacos eran “para toda la vida”. A partir de ese momento, Esther vivió un infierno que se prolongó durante dos años, en los que apenas comía y casi no salía de su casa. “Fue una etapa de mucho sufrimiento, sin motivo”, dice. En el 2013, cuando conoció a su novio, le contó su patología y este decidió ayudarla. Encontró a otro profesional que la ayudó durante unos tres años, pero estaba en Burgos, aunque su trabajo de entonces, en el barco de una naviera, le permitía asistir a las consultas. Cuando cambió de empleo, buscó ayuda y la encontró en Atelsam.