Hace ya años que Clara Prats, biofísica de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC), trabaja para intentar predecir la expansión de enfermedades infecciosas. En la última década había diseñado modelos matemáticos para conocer el impacto de la tuberculosis, la malaria o la enfermedad de Chagas. Pero llegado el 2020, todo cambió. “En enero empezamos a oír las primeras voces que hablaban del Covid-19, así que intentamos recopilar todos los datos disponibles para ver cómo encajaban en las predicciones que habíamos creado para otras enfermedades”, relata la investigadora, del Grupo de Biología Computacional y Sistemas Complejos (Biocom-SC). “No tardamos demasiado en darnos cuenta de que nada de lo que habíamos hecho servía para predecir el comportamiento de este virus”, explica tras casi un año estudiando la huella sobre la que ha crecido la pandemia.

El escrutinio de los datos sobre Covid-19, que empezó a principio de año “por pura curiosidad científica”, en marzo se convirtió en un encargo de la Comisión Europea. Desde entonces, los investigadores del Biocom-SC elaboran informes diarios para intentar entender hacia dónde va la pandemia. “Al principio trabajamos con la presión de dar una respuesta inmediata a preguntas que nos hacíamos todos; como cuándo llegará el pico de la pandemia y qué pasará después. Pero durante los primeros meses los datos no eran fiables y había muchas preguntas sin responder sobre la enfermedad”, argumenta Prats. Su voz no tardó en convertirse en referente en los meses de más incertidumbre y sus explicaciones pausadas han servido en innumerables ocasiones para interpretar la caótica actualidad en este diario.

Jornadas interminables

“Estos últimos meses han sido una locura, tanto en el trabajo como en mi día a día familiar”, relata. La científica habla de jornadas de trabajo interminables, de fines de semana conectada al ordenador y de la sensación de no poder desconectar nunca. En julio, mientras intervenía en un programa de televisión, uno de sus hijos irrumpió en el directo para reclamar la atención de su madre. “Ese día me revolvió la conciencia; hizo que reflexionara sobre la dinámica de trabajo que había ido arrastrando y, sobre todo, hizo que me preguntara por el tiempo de calidad que les había dedicado a mis hijos en los últimos meses”, explica la investigadora, madre de dos niños de ocho y tres años. “Todos hemos hecho malabares para conciliar. En mi grupo de investigación, hasta organizábamos las reuniones para que coincidieran con la siesta de nuestros hijos”, explica la científica.