11 de octubre de 2020
11.10.2020

Sexo, mentiras e insulina

El 'caso Mainat' ha pasado en una semana de novela negra a circo de frikis | La guerra entre Gestmusic y Vasile ayuda a entender el tratamiento televisivo del polémico suceso

10.10.2020 | 23:44
Reporteros y cámaras de televisión en las puertas de la casa de Mainat en la que se produjeron los acontecimientos.

El último disco que publicó La Trinca, en 1987, se titulaba Marro. La Trinca, y esto es información de servicio para las generaciones más jóvenes, fue un popularísimo grupo de pop bufo formado por Josep Maria Mainat, Toni Cruz y Miquel Àngel Pascual. Marro es la palabra catalana para referirse al poso que dejan algunas sustancias después de ser hervidas y se usa también para aludir al trasfondo turbio y embrollado de un asunto. Marro es un término que se queda muy corto para describir el cúmulo de revelaciones entre asombrosas y sórdidas que han salido a la luz en la última semana a raíz de que se hiciera pública la existencia de una denuncia de Mainat contra su esposa, Angela Dobrowolski, por intento de asesinato. Marro es una expresión bastante precisa a la hora de explicar las motivaciones que han llevado a alguna cadena televisiva a exprimir el caso Mainat hasta convertirlo en un truculento culebrón turco que se emite a todas horas.

Es innegable que el asunto reúne todos los elementos necesarios para secuestrar la atención de la audiencia, aunque su naturaleza ha ido mutando con el paso de los días. Lo que empezó como una trama de novela negra digna de James M. Cain (autor de El cartero siempre llama dos veces y Pacto de sangre, especializado en historias de pérfidas mujeres empeñadas en liquidar a sus maridos) ha derivado en un híbrido de película exploitation (con sus dosis precisas de sexo, crímenes, drogas y hasta mad doctors en busca de la cura contra la mortalidad) y espectáculo chungo de barraca de feria.

Historia


Para explicar bien la historia, debemos remontarnos a 1987. Además de publicar Marro, en ese año Mainat, Cruz y Pascual fundaron la productora de televisión Gestmusic. Poco después, Pascual (el Pete Best del negocio audiovisual) vendió sus acciones a la empresa holandesa Endemol, por lo que quedó fuera del cuadro cuando, gracias al éxito de Crónicas Marcianas y Operación Triunfo, se alinearon las tres cerezas y empezó a llover el dinero sobre la compañía. La prosperidad de Gestmusic permitió a Mainat y Cruz hacer realidad el título de una vieja canción de La Trinca, Vestits de milionaris.

En 2007, el conglomerado Mediaset, a través de Telecinco, adquirió Endemol, que previamente se había hecho con el 100% del capital de Gestmusic pero había mantenido como directores ejecutivos de la empresa a Mainat y Cruz. La relación de estos dos con el consejero delegado de Telecinco, Paolo Vasile, sufrió un rápido deterioro y llegó al punto de ruptura definitivo cuando en diciembre del 2008 Vasile quiso expulsar a Gestmusic de la producción del proyecto televisivo que en esos días preparaba Xavier Sardà. Es importante retener este episodio para entender parte de lo que ha venido después.

Entretanto, en el frente doméstico las cosas parecían ser algo más plácidas. El público de TV-3 conoció a la hispanoalemana Ángela Dobrowolski en noviembre de 2013, cuando Mainat, que entonces tenía 66 años, participó en el programa El convidat, de Albert Om.

Mainat y Dobrowolski se habían conocido en un balneario suizo, habían contraído matrimonio en 2012 y tenían una hija en común, Jana (después vendría Joan Ramon). Dos cosas llamaron la atención de los espectadores de aquella emisión: la diferencia de edad entre ambos cónyuges (35 años, según el cálculo más generoso) y el afán obsesivo de Mainat por detener el envejecimiento y vivir hasta los 120 años, una fijación que obligó a Albert Om, invitado al fin, a someterse a una severa sesión de gimnasio y a una dieta a base de papaya, quinoa y sirope de agave.

La conmoción

Poco más se supo de la vida de la pareja hasta que el pasado 1 de octubre La Vanguardia publicó que el juzgado de instrucción 32 de Barcelona investiga si Ángela Dobrowolski intentó asesinar a su marido diabético y millonario inyectándole insulina mientras dormía con el fin de frustrar un divorcio que la habría dejado fuera de la herencia. Más allá de producir la lógica conmoción, la noticia abrió la puerta a un torrente de demandas, insinuaciones, filtraciones y extrañísimas revelaciones sobre la vida privada del productor que han enmarañado el caso hasta límites insospechados. Lo que sigue es un intento de reconstrucción de los hechos a partir de los diversos relatos que se han ido cruzando y superponiendo en los últimos días.

Según explican fuentes muy próximas a la familia, el matrimonio se empezó a desmoronar hace algo más de un año. El entorno de Mainat (y aquí hay que hacer hincapié en la posible parcialidad de los testimonios) apunta directamente a un problema serio de adicciones por parte de Dobrowolski como detonante de la preocupación del productor por su seguridad y la de sus hijos, que propició decisiones como la de instalar cámaras de videovigilancia por todo el hogar que compartían en el barrio de Horta. A principios de 2020, la pareja acordó hacer vidas separadas y Mainat encargó a sus abogados que iniciaran los trámites del divorcio.

Los Mossos d'Esquadra que investigan el caso manejan la hipótesis de que a principios de junio Dobrowolski tuvo conocimiento de la intención de Mainat. El divorcio, de acuerdo con las capitulaciones matrimoniales firmadas antes de la boda celebrada el 12 de mayo de 2012, le garantizaba una respertable indemnización y una pensión vitalicia de 1.500 euros mensuales pero la alejaba de la fortuna del productor, que algunas fuentes estiman en unos 70 millones. Así que decidió hacer algo para impedirlo. Matar, por ejemplo.

Inyección (casi) letal

La mujer, que en El convidat se presentó como profesional del márketing, había dedicado los últimos años a completar cinco cursos de Medicina. Queda a la imaginación del lector si lo hizo por simple interés académico o con algún plan funesto en mente. En cualquier caso, y siempre según el atestado de los Mossos, tuvo la oportunidad de poner en práctica parte de los conocimientos adquiridos en la madrugada del 22 al 23 de junio.

Esa noche, Dobrowolski acudió al domicilio conyugal para cenar en familia con su todavía marido y sus dos hijos, algo que hacía de manera ocasional desde la separación, y se quedó a dormir. Las imágenes de las cámaras de videovigilancia muestran que durante la noche la mujer entró 13 veces en el dormitorio de Mainat y le inyectó alguna sustancia. ¿Qué sustancia? Según ella, vitaminas y un compuesto adelgazante. Según la policía, insulina, en dosis suficiente para conducir al productor a un coma hipoglucémico. Esta tesis queda reforzada por el hecho de que la mujer fue comprobando en un glucómetro cómo los niveles de azúcar de su marido descendían de manera alarmante hasta llegar al riesgo de muerte. Si han visto la película El misterio Von Bulow, basada en un sonado caso real, el procedimiento les resultará familiar.

Dobrowolski dejó pasar un tiempo insensatamente largo antes de avisar a las urgencias médicas. Cuando llegó la ambulancia a la casa, Mainat ya había entrado en coma. Por fortuna, recuperó la consciencia al cabo de solo un par de horas y desde el primer momento señaló a su esposa como responsable de un intento de quitarlo de enmedio.

La denuncia

Pol Mainat, de 45 años, hijo del entonces cantante y Rosa Maria Sardà, se hizo eco de las acusaciones del padre y presentó una denuncia ante los Mossos contra su madrastra, con la que siempre ha tenido una relación problemática. Las pesquisas de la policía condujeron a la detención de Dobrowolski, que pasó a disposición del juez. Tras prestar declaración, fue puesta en libertad con cargos (el magistrado alegó que no existía riesgo de fuga) y la obligación de acudir al juzgado cada semana.

A partir de ahí, Mainat no podía privar a la mujer de visitar a sus hijos, pero quiso que esos encuentros transcurrieran en unas condiciones de vigilancia propias de una prisión supermax, incluida la presencia de agentes de seguridad privados, al tiempo que impedía a Dobrowolski el acceso a las cuentas. Ella respondió solicitando una orden de protección por presuntas "coacciones", que el juez desestimó, y falsificando dos cheques de su marido para poder cobrar 4.100 euros. Esta última acción propició una segunda detención de la acusada, el 21 de septiembre.

Para entonces, el productor ya había abandonado la casa de Horta y se había instalado con sus hijos en otra residencia. El 1 de octubre sale a la luz la historia del intento de asesinato y todo estalla. Telecinco, la cadena dirigida por Paolo Vasile, aquel viejo enemigo de Mainat, pisa el acelerador a fondo y monta una guardia permanente frente al domicilio conyugal. El golpe de efecto definitivo se produce cuando, en directo ante las cámaras, una enigmática mujer aparece en la puerta de la vivienda cargada de maletas y gritando con acento eslavo cosas como "¡no quiero participar más en vuestras orgías!".

No tardaremos en saber, gracias a la diligencia (y el polígrafo) de Telecinco, que se trata de Alinka, una rusa con aspecto de ir a soltar en cualquier momento la frase "le estaba esperando, señor Bond", que asegura que su novio venezolano Gabriel había sido contratado por Dobrowolski como escort y que la esposa de Mainat pretendía convertir la casa familiar en un club de encuentros sexuales. A estas revelaciones les suceden otras igualmente sórdidas en las que ya no vale la pena incidir porque en este punto de la historia, con el circo descontrolado, se hace difícil dilucidar quién está detrás de los testimonios y las filtraciones y qué intereses persigue.

El alboroto mediático fuerza, en cualquier caso, al protagonista de la historia a romper su silencio. El pasado miércoles, Josep Maria Mainat, cocreador de Crónicas Marcianas, afirma en un comunicado que "el tratamiento que determinados medios de comunicación" están dando al caso "está afectando de manera grave" a su familia y, en especial, a sus hijos pequeños, y subraya que compete a los tribunales, y solo a ellos, resolver sobre las diversas causas judiciales que hay ahora mismo en curso.

Y mientras ello ocurre, uno no puede dejar de pensar en todo ese material que habrán grabado las cámaras de la casa de Horta y en el juego que daría en una serie de true crime al estilo de las que triunfan en Netflix. Cualquier productor con un poco de ambición estaría dispuesto a casi cualquier cosa con tal de poder sacar adelante un proyecto así. ¿O no?

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