05 de octubre de 2020
05.10.2020

El Universo apesta

05.10.2020 | 06:45
Jorge García Rojas

Hace unos años, en un congreso científico que organicé en México, Gloria Delgado Inglada, astrofísica española residente en México y coorganizadora del congreso, dio una charla de divulgación sobre "Los olores del Universo" que dejó a todos los asistentes fascinados. Gloria trabaja en en el Instituto de Astronomía de la UNAM y estudió Física y Astrofísica en Madrid y en La Laguna. Luego se fue a hacer el máster y el doctorado a México y allí sigue. En este artículo pretendo dar crédito a su excelente labor de divulgación de la ciencia.

En un divertido video de divulgación que circula por YouTube, Gloria nos pide imaginar que somos viajeros espaciales con una nariz robótica que nos permite oler en el espacio. En el espacio, al no haber aire, no podemos "oler". Además, las moléculas responsables de los diferentes olores no están concentradas de forma que podamos apreciar su olor con una nariz normal, sino que se encuentran repartidas en enormes volúmenes a densidades tan bajas como el mayor de los vacíos que pudiéramos hacer en un laboratorio terrestre. Por eso, nuestra nariz robótica amplificaría la señal recibida de las moléculas y la transformaría en el olor equivalente en el planeta Tierra.

Detectar moléculas en el espacio no es una tarea sencilla y se necesitan técnicas espectroscópicas para ello. La primera fue el radical de metilidino (CH), una sencilla molécula que se detectó usando espectroscopía en el óptico. Pero la gran mayoría de las moléculas en el medio interestelar se localizaron posteriormente, a partir del desarrollo de las radioastronomía en los años cincuenta y de la astronomía infrarroja y submilimétrica en los años ochenta y noventa del siglo XX, también usando técnicas espectroscópicas.

Así, si lanzamos nuestra nariz-robot desde la Tierra hacia el espacio, nos iríamos, encontrando distintos olores "peculiares" debido a la presencia de algunas moléculas. Pero permítanme ahora un breve inciso. En la segunda semana de septiembre, la prensa y las redes sociales se llenaron con la noticia astronómica del mes: "Encontrada posible evidencia de vida en Venus..." Un titular estupendo para una noticia muy relacionada con este artículo. La evidencia encontrada es una señal en longitudes de onda submilimétricas de la presencia de fosfina (PH3), una molécula que en la Tierra es producida por bacterias a partir de fosfatos e hidrógeno. Pero no es necesariamente un indicador de la presencia de vida, ya que desde hace tiempo se sabe que la fosfina está presente en los gigantes gaseosos Júpiter y Saturno (y en menor medida en Urano y Neptuno), produciéndose en zonas profundas del planeta con condiciones de temperatura y presión extremas para luego ascender a las capas externas, donde puede ser detectada. Además, esta molécula también ha sido localizada fuera del Sistema Solar, en la estrella CW Leonis donde, evidentemente, no puede haber vida. El problema es que en las condiciones de la atmósfera de Venus, harían falta procesos geoquímicos desconocidos para que se pudiera producir esta molécula. Quizás en los próximos años la "martemanía" se torne en "venusmanía" y se incentive la financiación para explorar nuestro planeta más cercano para estudiar en mayor detalle el misterioso origen de esta molécula.

Pero volviendo a los olores... la cosa es que la fosfina, que generalmente es inodora, en determinadas condiciones huele a... ¡¡¡ajo!!! Y no es el único olor desagradable que nos encontraríamos en los gigantes gaseosos del Sistema Solar ya que, por ejemplo, en Júpiter y en la atmósfera de Titán (la mayor luna de Saturno), podemos encontrar amoniaco (NH3), que tiene un característico olor a pescado podrido (o pis de perro) y que también se puede encontrar en la nebulosa de Orión o en nubes moleculares gigantes fuera de nuestro Sistema Solar. En Júpiter también hay sulfuro de hidrógeno (H2S), que huele a huevos podridos, y cianuro de hidrógeno (HCN), que huele a almendras amargas y que también se ha encontrado en cometas. Pero para apestoso, el carbonilo (OCS), que huele literalmente a caca y que ha sido detectado en varios cometas y en nubes moleculares de nuestra Galaxia. En las nubes moleculares, además de en otras muchas nebulosas gaseosas como las nebulosas planetarias también hay multitud de hidrocarburos, que nos darían una sensación de olor a quemado o humo.

Pero no todo el espacio exterior es maloliente. Hay lugares en el Universo en los que nuestra nariz robótica puede descansar de tanta pestilencia y disfrutar de aromas más agradables. Por ejemplo, el benzonitrilo, que huele a almendras, ha sido detectado en los discos que se forman alrededor de estrellas muy jóvenes. Por último, en una enorme nube molecular hacia el centro de nuestra Galaxia podemos encontrar formiato de etilo, que huele a frambuesas y ron. Aquí sí que merecería la pena hacer una parada con nuestra nariz robótica y respirar profundamente.

(*) Jorge García Rojas es un astrofísico lagunero. Tras estudiar Ciencias Físicas, especialidad de Astrofísica, en la Universidad de La Laguna, estuvo unos años dando clases en centros de secundaria de Tenerife y Lanzarote, hasta que decidió retomar su primer amor y obtuvo el título de Doctor en Astrofísica por la Universidad de La Laguna. Después pasó unos años en México y regresó a Canarias como astrónomo de soporte de los Observatorios del Teide y del Roque de los Muchachos. Actualmente es investigador Severo Ochoa en la línea de "Estrellas y Medio Interestelar" en el Instituto de Astrofísica de Canarias.

Sección coordinada por Adriana de Lorenzo-Cáceres Rodríguez

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