23 de julio de 2020
23.07.2020
Crisis del coronavirus | Lecciones de una pandemia

Papel higiénico y sentimientos: lo que el Covid-19 enseña al psicólogo

23.07.2020 | 00:36

Durante la crisis del Covid-19, las emociones nos han estado jugando malas pasadas y también nos han ayudado a conducirnos con diligencia. La razón ha venido a justificar aquello que desde lo emocional nos era desconocido o temido, y el resultado han sido comportamientos que nos han desconcertado tanto a nivel individual como grupal.
¿Por qué no se tomaron medidas con mayor antelación en muchos de los países hoy afectados con un mayor número de contagios? ¿Qué nos ha motivado a recluirnos y finalmente a unirnos todos en los balcones antes de desescalar uy entrar en la nueva normalidad? ¿Por qué hemos salido corriendo a unas compras masivas y desaforadas, entre ellas de papel higiénico? ¿Por qué seguimos sin respetar las medidas de seguridad e higiene?
No hay una sola pregunta que se resuelva sin apelar a la emoción.
Las pasiones del ser humano han corrido diferentes suertes a lo largo de la historia. Platón y Aristóteles ensalzaron la 'razón' como aquel instrumento de conocimiento válido, y a los sentimientos se les otorgó un discreto segundo plano. Durante el siglo XVIII, fue cuestionada la visión negativa de las emociones, aunque no por todos. Será a principios del siglo XIX cuando la medicina romántica y la positivista incorporen las pasiones al concepto de enfermedad. Augusto Comte caracterizó la locura como un "exceso de subjetividad". Será a mediados del siglo XIX cuando el papel de la emoción cobre protagonismo como causante de patologías.
Ha llovido mucho desde entonces. Hay debates que no tienen fin. Al lector le sorprenderá saber que aún hoy seguimos dilucidando el papel de las emociones en la salud y en la enfermedad mental, así como su participación en nuestra conducta individual y grupal. La falta de acuerdo entre escuelas psicológicas que mutuamente se han excluido a lo largo de la historia, la ausencia de un modelo que integre a los anteriores y los supere, el exceso de celo de la marca registrada de modelos en psicoterapia y el propio ego de los terapeutas, han llevado a una desmembración del conocimiento sobre el ser humano.
La pandemia del Covid-19 ha puesto de manifiesto, si cabe con más nitidez, la necesidad de acuerdos dentro de la propia psicología con capacidad de ofrecer al individuo la responsabilidad de regular sus propias emociones, de tal forma que no permita manipulación externa alguna.
La necesidad del clínico de acompañar al paciente hacia la salud mental apremia a la psicopatología a acuerdos teóricos y técnicos con vocación integradora. Seamos optimistas: una síntesis de teorías y métodos de psicoterapia que posibiliten hacerse cargo de forma madura de lo afectivo, cognitivo, inconsciente y conductual del ser humano, está empezando a ver la luz.
Entender el funcionamiento del individuo supone integrar su personalidad armonizando los contenidos emocionales con nuestra parte más racional, relajando así los mecanismos de defensa. Hacerse cargo de los aspectos emocionales rechazados del 'yo' para convertirlo en una parte del individuo más cohesionado.
¿Acaso no fue una negación del miedo el haber obviado los datos sobre el Covid-19 que empezaban a llegar desde nuestros países vecinos y actuar como si no existiera? ¿Miedo a la que se avecinaba, miedo a la enfermedad, miedo al otro, miedo a la pérdida de credibilidad? ¿No fue la incertidumbre insoportable para el ser humano lo que desató la compulsión a la compra? ¿Fue la emoción del asco que sentimos ante lo que amenaza a nuestro cuerpo lo que nos llevó al acopio del papel higiénico? ¿No fue el miedo al pueblo lo que aumentó el discurso emocional de nuestros dirigentes hasta el empalago?
Seguimos. ¿No fue un desplazamiento defensivo del dolor a las pérdidas que ocurrían a nuestro alrededor lo que nos llevó a aplaudir unidos cada tarde? ¿Y qué decir de los policías de ventana? Acusar al otro nos convierte en poderosos, atemorizantes, culpabilizantes indignados, pero no culpables de casi nada: el narcisismo al servicio del mantenimiento de la identidad.
Los estados emocionales displacenteros que sentimos han de ser contrarrestados: la angustia, el miedo, la vergüenza, la tristeza, la culpa, han de ser evitados, excluidos, trasformados o compensados. El uso de estos mecanismos de defensa es indispensable para el mantenimiento de la salud mental, pero una modalidad extrema no solo lleva a la psicopatología, sino al más espurio y absurdo de los comportamientos del ser humano.
La razón, la hiperreflexividad que gira sobre sí misma obviando a la emoción, es causa de psicopatología y de comportamientos que en nada se parecen al sentido común. Sentido común que reúne en su haber una integración de la emoción y la razón cristalizando en un sentido coherente del yo, propósitos de vida ajustados y relaciones sociales satisfactorias.
Vivimos la llegada ahora de una nueva etapa tras el punto y final de la desescalada. O quizás tan solo una coma más. De todos nosotros depende ahora el futuro de la salud física, mental, económica y social. Las vidas de los demás están en nuestras manos. Es una responsabilidad que requiere de un gran sentido común, de una regulación óptima entre la emoción y la razón. ¿Sabremos hacerlo? ¿Vamos a ser capaces de no disociar, obviar, separar de la consciencia más inmediata nuestros más íntimos y privados sentimientos? ¿O utilizaremos la intelectualización para justificar mediante razones lógicas, y por ello aceptables socialmente, nuestros más repudiados sentimientos?
Parece que estamos dispuestos a olvidar a nuestros muertos, o quizás nunca nos han dolido demasiado. Tal vez somos los que aplaudimos cada tarde los sanitarios pero no sentimos la angustia con la que lidian cada día. Responsabilizamos al Gobierno de no mostrar lo feo y desagradable de esta pandemia: ¿Acaso no somos suficientemente maduros para imaginarlo y sentirlo? ¿Es preferible no acercarse a la emoción porque duele demasiado? Si se nos observa como sociedad, tal parece que la regulación emocional no se nos da bien. Huimos de la emoción sin mirar atrás. Esta es la ocasión. Aprendamos de esta pequeña rama de la Historia que se llama historia de la Psicología.
No cometamos más errores. Seamos adultos responsables y maduros.

(*) Psicólogos

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