05 de mayo de 2020
05.05.2020
CORONAVIRUS UN ANáLISIS SOBRE LA RELIGIóN EN LA EPIDEMIA

Dios y Covid-19: un diálogo posible

Algunas reflexiones sobre la pandemia desde la teología

04.05.2020 | 23:19
Catedral de La Laguna.

La capacidad de desestabilización de la Covid-19 es impresionante. Nos está siendo muy difícil comprender sus dimensiones verdaderas y el impacto que definitivamente dejará tras de sí. Estamos ante un problema con derivadas exponenciales en el ámbito de la sociedad, la política y la economía. Una sociedad global está experimentando una enfermedad global. Eso convierte a la dificultad en algo inédito.

No es extraño, por ese motivo, que salga a colación la teología. El pasado 10 de abril, Javier Sampedro, científico y articulista de El País, escribía que "la religión ha sufrido en estos días y semanas una ducha de realidad para la que, tampoco ella, estaba preparada, y sus reacciones han sido bien interesantes, a veces poéticas". El autor alaba que las Iglesias católica y ortodoxa acepten las indicaciones científicas de profilaxis. Pero critica a las Iglesias evangélicas norteamericanas, negacionistas del coronavirus. Acorde con los datos que recoge el artículo, uno diría que la imagen resultante de la religión en su reacción a la crisis sanitaria es, cuando menos, diversa. A Sampedro, sin embargo, le lleva a una conclusión inesperada: "En cualquier caso, la fe está perdiendo puntos en esta crisis". Da a entender que la Covid-19 le debe suponer a la religión un aterrizaje forzoso en la crasa realidad. Es decir, la religión la juzga aposentada en otro nivel de las cosas, un plano inocuo y trivial frente a la entidad dramática que tiene una pandemia.

A un teólogo le deja intranquilo que se indique que, después de todo, la religión no versa sobre la realidad. Es como si se estuviera manteniendo que Dios es ajeno a ella: funge de gran pantalla virtual, a la que se arroja la proyección psíquica humana, sin más peso específico que el que posee un verso suelto de un discurso metafísico vano. Con Sampedro hay que admitir que la Covid-19 trae consigo la realidad tal cual es. Ejemplifica el suelo áspero sobre el que camina y construimos nuestra existencia. Pero precisamente por eso, la teología no puede ser ajena a la pandemia y pide palabra propia en medio de cuanto se publicita hoy para verbalizar esta crisis sanitaria. Y no tanto porque Dios no sea citado, sino porque se suponga que ese Dios nada tiene que ver con la realidad. El cristianismo no lo consentiría. Su punto de partida es que la religión versa sobre la realidad. No son otras su visión y su experiencia de Dios: lo confiesa en continuo movimiento encarnatorio, incluso hasta la trinchera de la lucha por la supervivencia humana. He ahí la pregunta entonces: ¿cómo afronta la teología esa realidad tocada de pandemia? ¿Puede decir algo sobre ella que sea una aportación significativa en la actual coyuntura?

El virus aporta un par de luces sobre la naturaleza, que anotamos dolorosamente mientras se va desenvolviendo como pandemia. Por una parte, la Covid-19 confirma que el mundo natural es lugar de lucha entre la vida y la muerte. Lo sabíamos y lo negamos continuamente. A esta pandemia hemos llegado con los gestos aún ufanos de los defensores del transhumanismo tocando nuestros talones. Sus tesis son un síntoma de por dónde iba nuestro sueño prometeico de siempre. Pero, de pronto, un virus resetea nuestra capacidad de supervivencia y nos dice que, por el momento, no estamos protegidos contra su actual dotación genética. Los testimonios de quienes han pasado por la enfermedad son estremecedores. En síntesis, la Covid-19 coloca ante nuestros ojos el dato innegable de la hosquedad de la realidad biológica.

El mal (natural) desconcierta y la pregunta que lanza sobre el sentido suele anidarse en la grieta que separa la fe de la increencia. Si, teológicamente hablando, hasta un virus es creatura y su raíz óntica nos remite a un Creador, ¿no se siente torpedeada la interpretación religiosa del mundo como creación? La misma pregunta se repite con cada fenómeno natural de especial efecto negativo sobre el ser humano. Para una teología tentativa y humilde, que la naturaleza sea conflagración continua entre la muerte y la vida da mucho que pensar, como bien confirma el larguísimo camino de reflexión cultural sobre el problema del mal (natural). Pero por ser eso, tentativa y humilde, la teología no lo pretende clausurar y no sale por la tangente con una especie de hiperteologización de ese mal.

Por otra parte, la Covid-19 avisa de que la vida es mortal enemiga de la muerte. La aparición de la pandemia ha hecho rebelar a la vida. La ha puesto en acción. La ha levantado en armas: ésa ha sido la metáfora elegida por muchos dignatarios para explicar en qué situación colocaba a sus países la propagación de la Covid-19. El heroísmo de tantos actores anónimos, ellas y ellos, en esta crisis sanitaria es símbolo de esa enemistad mortal contra todo aquello que niega la vida. Si se puede formular así, el mundo natural está a favor de que la vida gane a la muerte; no es neutral en absoluto. La muerte no es opción para la naturaleza, sino la trampa entrópica en la que no quiere caer. Ese impulso sintoniza con una convicción clave de la teología cristiana: la vida es originalmente divina, Dios está asociado a ella. El acto creador es acto de vida, dado que quien lo emprende "no es Dios de muertos, sino de vivos" (Lc 20, 38).

En síntesis, la luz que la Covid-19 arroja sobre nuestra percepción del ser humano es doble. Primeramente, empuja a caer mucho más en la cuenta de nuestra precariedad: la que está inscrita en nuestro esencial pasaporte natural. En segundo lugar, la pandemia nos pone ante los ojos el vector interno de cuanto es la aventura histórica humana: su vitalidad primaria, que la proyecta al futuro. En suma, la pandemia evidencia nuestra contingencia, pero provoca que también emerja el deseo incontenible de vida y seamos conscientes del don que representa. Ambos efectos tienen calados distintos para la teología. Diría que Dios es pertinente y necesario para encajar la coexistencia entre nuestra precariedad y nuestra vitalidad primaria. La teología tercia así entre las espiritualizaciones excesivas, con las cuales se quiere afrontar la pandemia sin aceptar la muerte con que nos castiga, y los titanismos pragmáticos, ahora frustrados, que ven estupefactos cómo entra en juego un impulso de vida solidario, casi derivado de un espíritu sobrehumano. Dios confirma nuestra precariedad y no la suaviza, pero igualmente Dios da vuelo al poder de la vida.

La Covid-19 nos ha metido en la convivencia directa, sin subterfugios, con nuestra fragilidad. Nos coge con el pie cambiado. Nuestro poder tecnológico y económico actual jamás había sido disfrutado por generación humana precedente alguna. Con un problema: nos hemos llegado a creer que éramos invencibles, blindados contra lo quebradizo de la existencia. Una consecuencia de ello es que estábamos cayendo en la ingenuidad de sobreestimar el logro humano, olvidando que no puede zafarse de los límites de lo natural.

Fue sorprendente el estupor social y científico que levantó la explosión del Challenger en Estados Unidos en 1986. O el descarrilamiento del orgullo de la ingeniería germana, el tren de alta velocidad ICE, en Alemania en 1998. O lo que en su tiempo, mutatis mutandis, tuvo que ser el hundimiento del Titanic en 1912. Pero es que la Covid-19 nos trae a colación algo más incisivo: la contienda abierta de la humanidad con las enfermedades masivas a lo largo y ancho de la historia, desde la peste antonina del siglo II hasta la penúltima registrada antes de la Covid-19, el ébola de 2013-2016. La conclusión es la misma: nuestra precariedad acaba siendo el dato irrefutable.

La teología cristiana de la creación nunca obvia ese dato. Lo incorpora a su concepción del ser humano. Su afirmación no es otra sino que la vida es creada. La Biblia hebrea comienza su versión de la historia justamente con esa tesis. La vulnerabilidad está ahí desde siempre, arranca a partir de nuestro origen, es condición humana. La muerte se encuentra implantada en la vida desde el instante en que comienza. Nuestro ser es últimamente dado. El mismo Jesús no se aparta un ápice de la convicción de sus antecesores. Su ¿Quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? (Mt 6, 27) es un reclamo para no abandonar nuestra verdad primera.

La teología suele expresar esa imposibilidad de completitud diciendo básicamente que el ser humano no es competente para darse a sí mismo su propia salvación. El Concilio de Trento, respondiendo a dilemas diferentes a los actuales, ya indicaba que no podemos autorrealizarnos por acciones hechas exclusivamente "con las fuerzas de la naturaleza humana". Así que la teología asiste a cuanto acontece con la Covid-19 con una primera mala noticia. No va a aliviar ni dulcificar el dato de precariedad con que la pandemia nos retrata. El dolor provocado por el mal (natural) es uno de los hilos obligados con los que se trenza nuestra historia salvífica. Ni siquiera los mejores intentos intelectuales para reformar nuestras visiones teológicas elimina el paso ineludible por la fragilidad y su pregunta punzante.

La Covid-19 nos ha despertado al hecho de que existen en el mundo otros dolores multitudinarios y cotidianos, sobre los que, por cierto, no distribuimos proporcionalmente nuestro sentido del escándalo. Con la pandemia ha cobrado voz un mundo doliente, para el que los accidentes naturales y dañinos son regla normal de vida. ¿Qué hacemos teológicamente con ese mal (natural) tan omnipresente?

Siempre hace bien echar una ojeada al modo que Jesús tuvo en su relación con la enfermedad. Jesús propone que la existencia personal debe estar configurada de manera que pase necesariamente por la aproximación a la vulnerabilidad ajena y propia. Ser criatura implica atrevernos decididamente a lo vulnerable, porque para Dios en lo vulnerable hay posibilidad de vida.

Jesús quiso tocar lo quebradizo de la historia. Fue su constante principio de realidad. Para Jesús, esa vulnerabilidad no sólo es un estado de cosas que se constata y ante el que se pasa de largo. Su opción es acercarse a la vulnerabilidad. Reproduce existencialmente en Él lo que la parábola del buen samaritano propone como enfoque de vida: el contacto con lo vulnerable y lo vulnerado como proyecto (cf. Lc 10, 29-37). El Vete y haz tú lo mismo (Lc 10, 37) no es entonces un consejo puntual: es un horizonte con pretensiones de orientar toda la existencia.

Expresado de otro modo: Jesús muestra ternura y se allega a los antihéroes. Antihéroe es la viuda del óbolo, el ciego, la adúltera. Los enfermos forman una parte clave del público que rodea a Jesús. El Evangelio refleja que la historia está repleta de gente rota, inacabada, acribillada por condicionamientos de los que no se pueden eximir. Recuerda que la vida es también, en muchas de sus facetas, un encadenamiento de procesos humanos atrancados y vagabundos. Transcurre por muchas lagunas de sentido y a través de encrucijadas intrincadas. Tal convicción es palpable en la praxis taumatúrgica de Jesús, en la que revela hasta qué punto se opone al mal (natural). Laín Entralgo, en su ensayo Mysterium doloris (1955), hacía notar que Jesús no acaba asociando la dolencia física al pecado del enfermo o de sus antecesores (cf. Jn 9, 1-41 y Mt 9, 1-8). Evita la racionalización pseudoteológica del mal (natural). Así lo entendieron las primeras generaciones cristianas y "la historia entera de la Medicina confirma esta actitud combativa del cristianismo frente a la enfermedad". La asistencia al enfermo es el núcleo de la reacción general de la Iglesia ante el mal (natural). En palabras de Laín Entralgo, "contra lo que una visión deformante de la realidad haya podido difundir, el cristiano no quiere la enfermedad, sino la salud". Excepciones las hubo y las sigue habiendo, como se puede comprobar en no pocos momentos de la praxis pastoral de la Iglesia. Pero, en conjunto, la posición del cristianismo respira lo que estuvo claro en su origen. No es de extrañar, por eso, que la Iglesia acabe asumiendo la unción de los enfermos como parte fundamental de su edificio sacramental.

¿Cuál es la razón de que sea procedente el camino hacia lo vulnerable para que se produzca la novedad histórica del Evangelio? La respuesta no parece otra sino que en la vulnerabilidad hay para Jesús una posibilidad excepcional de humanización: de una mayor y definitiva humanización, que termina convirtiéndose en encuentro interpersonal y comunitario. Lo vulnerable es oportunidad para una unión que, sorprendentemente, aparece como una alternativa a la soledad humana. La diakonía es medio para la koinonía. La vulnerabilidad invita a trasladarnos al plano de lo esencial, de lo humanamente básico y del lenguaje de lo estrictamente importante. Al calor de la crasa realidad del vulnerado, se desmoronan nuestras ideologías diferenciadoras y se vuelve a reconocer al ser humano que somos todos.

Ese descubrimiento es fuente de esperanza, la extraña esperanza que se planta retadora ante la muerte? para optar por la vida. En ese sentido, la Covid-19 deja caer por los suelos la quimera del individualismo y eleva, por el contrario, la potencialidad de la comunidad para construir el futuro. El yo postmoderno es hoy acribillado a preguntas por todos lados: no es consistente con la urgencia que plantea la Covid-19. Somos vulnerables ¡y eso nos convierte en nosotros! La vulnerabilidad no es un sitio para huir. Es el lugar para citarnos y así descubrir nuevas oportunidades para la vida.

La crisis sanitaria de la Covid-19 ha levantado la conciencia de que la humanidad tiene que ponerse en pie y cruzar algunos puentes. Los puentes son sendas de tránsito y de cambio. Enlazan lo que está aquí con lo que está allí: invitan a dejar lo conocido y a explorar lo diferente. Los puentes impiden que nos encerremos en lo propio. Son motores de transformación: cruzándolos es como accedemos a lo que antes era lejano e inalcanzable. La humanidad entera está pasando por muchos de esos puentes en su padecimiento de la Covid-19. Ponerles nombre y admitir que nos encontramos atravesándolos forma parte de las extrañas claves asociadas a este tiempo personal y colectivo de crisis sanitaria.

Transitamos desde la fantasía de que existe un mundo sin imprevistos a la verdad de que los imprevistos son parte inevitable de la vida. La teología aporta su caudal de sabiduría para que ese tránsito sea posible. Principalmente viene a decir que somos contingentes, pero también que estamos misteriosamente sostenidos en esa contingencia. En la contingencia no se embarranca la existencia. Al contrario: justamente en ella se redimensiona la historia. Lo que parecía muerte resulta que es vida. Y eso es muy real, tanto como la Covid-19.

* Decano de la Facultad de Teología Universidad de Deusto (Bilbao)

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