23 de febrero de 2020
23.02.2020
Efectos del cambio climático en España.

Las heridas de la crisis climática en España

Hacemos un recorrido por los lugares de España donde más visibles son los efectos del cambio climático

No hace falta irse a la Antártida para observar la gravedad de las heridas que la crisis climática está dejando sobre el planeta. En España, el aumento de las temperaturas, la subida del nivel del mar y las embravecidas condiciones meteorológicas dejan rastro en diferentes zonas del territorio. Mientras algunos lugares como el delta del Ebro se ahogan bajo la irrupción del mar, otros como Extremadura se asfixian por la sequía. El aumento del nivel del mar intimida a las zonas costeras. En el presente, comiendo terreno a las playas y a los deltas. En el futuro, amenazando con inundar las ciudades isleñas situadas a menor altitud. Las devastadoras lluvias torrenciales, que antes se presentaban una vez cada 10 años, alcanzan la Península haciendo estragos en unos territorios que no están preparados para estos escenarios climatológicos extremos. Paralelamente, el riesgo de desertificación avanza desde el Mediterráneo hacia el interior. De seguir así, el 75% de la península podría convertirse en un desierto. Las olas de calor se ceban con las grandes ciudades. La aridez del terreno crea el escenario idóneo para que unos incendios cada vez más frecuentes y voraces. Y las reservas de hielo se agotan.

La comunidad científica lleva décadas alertando de la situación. Un reciente informe sobre el riesgo medioambiental al que se expone la cuenca del Mediterráneo destaca que esta zona se encuentra entre las más vulnerables del planeta. Aquí, el calentamiento global avanza un 20% más rápido que la media. Este fenómeno de alcance global se materializa a pequeña escala poniendo en riesgo los recursos naturales de cada territorio. Muchas especies de animales y vegetales han quedado expuestas al peligro de un ecosistema inestable y cambiante. Algunas migrarán hacia el norte en busca de frío. Otras desaparecerán. La supervivencia de los cultivos también se tambalea ante una biosfera cambiante. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advierte de que todos estos cambios sobre el medio ambiente ponen en riesgo la seguridad alimentaria. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recuerda que estos factores podrían favorecer el surgimiento de nuevas enfermedades. En una España cada vez más cálida, por ejemplo, no podemos descartar que el territorio permanezca inmune a patologías tropicales.

Este diario, junto con otras cabeceras de Prensa Ibérica y ZETA, expone en esta serie de reportajes las heridas que ha dejado y dejará la crisis climática en toda España.

 

Trabajos para contener posibles inundaciones en unos arrozales junto al mar en el Delta del Ebro, debido al aumento del nivel del mar.

El delta del Ebro peligra bajo la amenaza del agua

El frágil ecosistema del delta del Ebro, en el extremo sur de Catalunya, se tambalea ante la amenaza de unas aguas embravecidas por la crisis climática. El temporal Gloria, que a su paso por la Península mostró la cara más visible de esta era de los extremos meteorológicos, ha dejado en el terreno una herida que sigue latente casi un mes después de la borrasca. En esta desembocadura del río, las intensas lluvias, unidas a la bravura de las olas, anegaron unas 3.200 hectáreas de terreno. Los arrozales que quedaron sepultados bajo una masa de agua salada luchan ahora por recuperarse. Algunos, sin embargo, están perdidos para siempre. Igual que las decenas de viveros de moluscos que quedaron destruidos por el viento y arrastrados a kilómetros tierra adentro. Ya no hay nada que hacer para estos.

"Hay gente que lo ha perdido todo tras esta tormenta", explica Eric Callau Oliver, joven del municipio de Deltebre. "El problema no si los cultivos van a recuperarse tras las lluvias. El problema es el futuro. ¿Quién garantiza a estas personas que no lo volverán a perder todo si vuelven a invertir para rescatar sus terrenos? Sabemos que tormentas como estas volverán a ocurrir y que, mientras, el nivel del mar seguirá subiendo", comenta. "El delta del Ebro lleva 70 años viviendo como zona catastrófica mientras todo el mundo mira para otro lado", zanja contundente mientras señala las zonas más afectadas por el temporal Gloria, donde todavía hoy la vegetación destrozada se entremezcla con los restos de madera de los viveros de moluscos y trozos de basura, sobre todo plásticos, arrastrados por el mar.

Antes y después en el Delta del Llobregat.

En el extremo norte de la flecha del Delta, una de las zonas más expuestas a las inclemencias de la naturaleza, la Isla de Buda muestra la herida más profunda de la crisis climática. El terreno, en su origen formado por los sedimentos del Ebro, pierde terreno a un ritmo alarmante. En un futuro no demasiado lejano, es posible que este ecosistema desaparezca, arrastrando con él gran parte de la biodiversidad de la zona. "Buda tiene que morir para que salvemos el Delta", sentencia contundente Guillermo Borés, propietario de la parte más vulnerable de estas tierras. "Yo ya lo doy todo por perdido. Pero antes de que desaparezca quiero que estas tierras muestren que los problemas que ahora la están devorando acabarán, poco a poco, por afectar a todo el Delta. Solo es cuestión de tiempo", vaticina.

En el último siglo, Buda ha perdido casi ocho kilómetros de tierra. Culpa de la guerra que ha declarado el mar, explica Borés. En los últimos dos años, las inclemencias climáticas han devorado casi 300 metros de tierra de la noche a la mañana. "Ahora tenemos un nuevo enemigo: la crisis climática. Y no podemos luchar contra este utilizando las mismas municiones y los mismos tiempos que hemos empleado hasta ahora. Tenemos que actuar ya y de manera más contundente", añade decidido. Y es que mientras el mundo teme una subida del nivel del mar de hasta cuatro metros que vaticinan los científicos, el delta tiembla por un aumento de tan solo unos centímetros. En un terreno en el que el desnivel apenas alcanza un metro, una mínima bravura de las olas hace que el mar invada la tierra y la sal devore lo que encuentre.

Delta del Ebro: Los efectos del cambio climático

"La próxima gran tormenta que llegue a la Isla de Buda creará un canal tan grande entre la laguna y el mar que será imposible de cerrar. Entonces estará todo perdido", pronostica Borés. Actualmente, esta remota zona del parque natural alberga unas 350 especies de aves, la mitad de la biodiversidad censada en el Delta. El 80% de estas podrían desaparecer con la irrupción del agua salada. Muchos de los animales que habitan la zona también quedarían expuestos ante un eventual cambio ecológico. Ídem para los vegetales que crecen en estas tierras. Aun sin el azote de las aguas, un aumento de las temperaturas crearía un clima en el que podrían surgir nuevas enfermedades que dañen todavía más el maltrecho panorama natural. Por eso mismo los habitantes del delta alertan de que estamos ante la crónica de un desastre anunciado ante la que solo cabe tomar medidas inmediatas.

 

Una imagen de gente refrescándose en la zona de Madrid Río.

Madrid camina hacia un clima africano

El calentamiento global lleva camino de convertir a Madrid en una ciudad africana desde el punto de vista climático. Un original estudio liderado por expertos del Instituto Federal Suizo de Tecnología de Zurich (ETH-Zurich, Suiza) pronosticaba que en el año 2050 la capital de España registraría unas condiciones de temperatura y precipitaciones muy parecidas a las de hoy en Marraquesh (Marruecos).

La temperatura media del mes más cálido subirá durante los próximos treinta años 6,4º C, convirtiéndo los veranos en muy tórridos, con olas de calor constantes, escasas lluvias salvo en los episodios torrenciales cada vez más frecuentes. Los inviernos serán también más suaves, con un incremento de la temperatura media de 3,1ºC del mes más frío.

El objetivo de la comparativa, que incluía 500 ciudades de todo el mundo, era conseguir algo nada fácil: "traducir de un modo entendible para los ciudadanos qué efectos tendría el cambio climático en su vida cotidiana", según el autor principal del estudio, Jean François Bastin. Londres, por ejemplo, pasará a tener un clima similar al de Barcelona. Lo hicieron, además, basándose en un escenario "optimista" en el que se produciría una importante reducción de las emisiones de los gases de efecto invernadero. Si ésta no tiene lugar, las cosas pueden ir a peor.

Las ciudades son especialmente sensibles al aumento de las temperaturas causado por la crisis climática. Es el denominado efecto 'isla de calor' por el que se produce un plus térmico respecto a la periferia debido a que las calles y los edificios irradian más calor que la vegetación. El efecto se produce de modo más intenso "por las noches y de forma especialmente relevante durante las olas de calor", según la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet).

En Madrid este fenómeno se ha traducido ya en un aumento de las noches tropicales, aquellas en las que la temperatura no baja de 20ºC. En el periodo 1971-2000 eran menos de 10, pasaron a ser más de 20 entre 1981-2010 y en los últimos años se han disparado, hasta el punto que en el 2017 fueron más de 60, según el informe de la Aemet 'Efectos del cambio climático en España'.

Como recuerda el informe el aumento térmico nocturno afecta al confort, es difícil 'pegar ojo', pero sobre todo tiene efectos negativos para la salud, en particular para los grupos de riesgo como ancianos, bebés y enfermos.

A partir de un determinado umbral de temperatura máxima las muertes aumentan de forma notable. Según datos del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, entre 2006 y 2017 fallecieron 83 personas por golpe de calor y entre 2004 y 2016, 446 personas por exposición al calor excesivo en el conjunto de España.

 

Daños y desperfectos tras el paso de Gloria en la zona de El Saler (València).

Una costa valenciana en regresión

"Los efectos del cambio climático no son algo del futuro, ya están aquí", advierte Samira Khodayar, del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo. Gloria lo ha dejado claro, por si había alguna duda. Habrá una extremización de las borrascas ya de por sí intensas en el área mediterránea, y que cada vez serán más frecuentes. Con olas de record, marejadas ciclónicas y un preocupante aumento del nivel del mar, como certificó el mareógrafo de Gandia el pasado 20 de enero, que registró una subida de hasta 80 centímetros. Situación preocupante cuando más de la mitad del litoral de la Comunitat Valenciana se encuentra en regresión, con un 14 % de la franja costera afectada por la inestabilidad. Ante esta preocupante situación, el Gobierno ha propuesto València para instalar un centro de vigilancia de temporales extremos y ha planteado a la Generalitat la creación de esta entidad especializada en el estudio y seguimiento de borrascas como Gloria.

En la radiografía elaborada en su día por la Universitat Politècnica de València el «deterioro» se está produciendo también en los fondos marinos con la desaparición de especies que contribuyen a regular el aporte de arena, la reducción del aporte de sedimentos por la canalización dura de los cauces fluviales y el efecto barrera que supone la excesiva urbanización. Diecisiete son los puntos, desde el puerto de Castelló hasta Dénia pasando por Sagunt, València o Gandia, que esperan obras que el Ministerio para la Transición Ecológica considera como de «prioridad alta» pues la erosión se verá agravada en cada nuevo temporal.

Daños y desperfectos tras el paso de Gloria en la zona de Les Deveses, en Dénia (Alicante).

Muchas son las voces que empiezan a cuestionar actuaciones costeras no exentas de impacto para la biodiversidad marina y además cada vez menos duraderas. Como ejemplo, la enésima regeneración de la playa de les Deveses, en Dénia, que batió un nuevo récord por efímera. El penúltimo temporal, en diciembre de 2019, llegó cuando la empresa contratada por la dirección general de la Sostenibilidad de la Costa y del Mar estaba en plena faena. El oleaje engulló en cuestión de horas los aportes de arena ya realizados. Un mes después, en enero pasado, Gloria volvía a golpear ese punto, uno de los más castigados por la regresión. Situación que se repite en las playas de sur de València, como El Saler, o El Brosquil en Cullera, afectadas por el puerto, principal condicionador de la costa al dividirla sin conexión entre el norte y el sur, alterando la llegada de sedimentos.

Aunque el Gobierno inyectaba esta misma semana 9,6 millones para reparar los últimos daños ante la inminencia de la temporada turística, no dejaba escapar la ocasión para cuestionar este tipo inversiones extraordinarias que no garantizan soluciones definitivas. De hecho, ayuntamientos como el de Bellreguard ya se han planteado no reconstruir la avenida marítima. Su alcalde, Àlex Ruiz, aboga por dejar la playa en su estado natural «para no gastar millonadas que cíclicamente se engulle el mar».

Desde el departamento de Teresa Ribera se apuntaba que en los próximos meses «se procederá a revisar los deslindes en dominio marítimo-terrestre para ajustarlos a la realidad física». Un punto no exento de controversia. En la Comunitat Valenciana el Gobierno del Botànic sacó adelante en la anterior legislatura el Plan de Infraestrucutra del Litoral Verde (Pativel). Un documento con importantes restricciones a la ocupación y usos en primera línea, y contra el que se presentaron numerosas alegaciones, recursos e impugnaciones de particulares y empresas. Frente a la insistencia del Partido Popular en su derogación, los destrozos de Gloria llevaron a la Generalitat a anunciar hace unas semanas una revisión para endurecerlo.

 

Castro Candaz, ruinas castreñas anegadas por el embalse de Belesar en Chantada (Lugo).

Galicia: Aldeas que afloran bajo las aguas 50 años después

El nivel de las aguas descendió como nunca y afloraron aldeas, castros y otras ruinas anegados hace unos 50 años que de inmediato se llenaron de visitantes. No fue la obra de ninguna operación turística para focalizar la "Galicia vacía", sino los efectos de una prolongada sequía que sumió a la comunidad en una alerta que duró 15 meses. Los embalses, tanto de abastecimiento como de aprovechamiento eléctrico, cayeron a una ocupación mínima, lo que permitió dejar al descubierto y pisar sobre tierra seca Castro Candaz en Chantada (Lugo), en el pantano de Belesar, o la aldea de Marquesado, en Agolada (Pontevedra), en la presa de Portodemouros. Quizás la causa remota fue el cambio climático, si bien esta hipótesis no es de fácil demostración con criterios científicos, pero esa sequía entre enero de 2017 y abril de 2018 fue tomada como un serio aviso, por parte de los expertos y de las administraciones, de lo que en el futuro sucederá en Galicia con mayor asiduidad por el calentamiento global.

Bancales, cimientos castreños, casas, muros, calzadas y hasta nichos mortuorios que quedaron destapados, así como el riesgo real de desabastecimiento de la ciudad de Vigo, se convirtieron en una poderosa llamada a atención que actuó como un detonante para la modificación de algunas políticas institucionales. Entre ellas, la promulgación de una ley autonómica que obliga a los ayuntamientos a adoptar medidas para afrontar futuros episodios de sequía y garantizar el suministro a la población sobre otras prioridades, además de subsanar las pérdidas registradas en las redes de distribución, o la aprobación de una estrategia gallega para enfrentarse al cambio climático.

Antigua aldea de Marquesado, en Agolada (Pontevedra), cubierta por las aguas del embalse de Portodemouros.

Los 10.000 ríos que según Cunqueiro recorren Galicia seguirán siendo los mismos, pero sus caudales, no. Las distintas proyecciones indican que la comunidad no será igual dentro un par de décadas. Las precipitaciones se reducirán a la mitad en 30 años, su distribución a lo largo del año se alterará con sequías más prolongadas y precipitaciones concentradas en periodos de tiempo más cortos, y las temperaturas, a final de siglo, se incrementarán de promedio entre 3 y 4 grados.

Todo este cóctel desestabilizará la agricultura y la ganadería y, según el Gobierno gallego, también mermará a la población al elevarse la mortalidad por la combinación del aumento de las olas de calor extremo, la creación de un hábitat propio para la propagación de determinadas enfermedades infecciosas y el envejecimiento poblacional, que de por sí ya dispara la vulnerabilidad de este colectivo.

Los incendios que asolan Galicia

También en el año 2017 sucedió otro fenómeno extraño que, aunque tampoco se puede achacar directamente al calentamiento global, se tomó como ejemplo de la tipología que caracterizará a los incendios futuros en Galicia. En un fin de semana en octubre ardieron más de 49.000 hectáreas de monte, una cifra exagerada para solo dos días, a lo que se sumaron otras singularidades: fuegos que superaron las 500 hectáreas quemadas por foco, llamaradas que alcanzaron los 20 metros de altura y una velocidad de avance de 10 kilómetros por hora, todo ello con una proximidad a los núcleos urbanos pocas veces vista. De hecho, murieron cuatro personas.




Gráfico con el número de incendios que se han producido por municipio en Galicia entre 2066 y 2015.

 

Simulacion de un frente maritimo en Las Palmas.

El doble desafío de Canarias

Las Dunas de Maspalomas (Gran Canaria), la playa de Las Teresitas (Tenerife), la costa de la península de Jandía (Fuerteventura) o las Salinas del Río (Lanzarote) han sido utilizadas en Canarias, durante las últimas cinco décadas, como reclamo turístico, un sector que en la economía de las Islas genera más del 40% del empleo y su aportación al PIB supera el 35%. Todos esos parajes del Archipiélago, idílicos por sus condiciones naturales y la bonanza del clima durante buena parte del año, pueden desaparecer en un plazo de 30 años –según un estudio de 'Climate Central'– por el aumento del nivel del mar derivado de la crisis climática.

El problema medioambiental, además de generar un doble desafío para la región –natural e industrial–, no solo se llevará por delante las mejores playas de Canarias –Maspalomas, El Inglés, Famara, El Cotillo, Sotavento, Corralejo, parte de Las Canteras, Veneguera, Benijo, Valle Gran Rey o Nogales–, sino que también proyecta un futuro apocalíptico por la acción del mar en las grandes ciudades del Archipiélago.

Las Palmas de Gran Canaria, la urbe más poblada de las Islas (con casi 400.000 habitantes) y que ha moldeado su aspecto durante el último siglo empeñada en ganar terreno sobre el Atlántico para expandirse, encara retos mayúsculos frente al empuje del océano para mantener en pie su operatividad: el Puerto de La Luz –el quinto de España por facturación y uno de los más importantes del mundo en el ámbito de las reparaciones navales– quedará sepultado bajo el agua si no se revierten las previsiones sobre el aumento del nivel del mar. En ese pulso, la ciudad también perdería la Avenida Marítima –una de sus vías de comunicación más importantes– y símbolos como el Auditorio Alfredo Kraus o el acuario del Poema del Mar.

Simulación de un frente maritimo en Vegueta.

En Gran Canaria, el aumento del nivel del mar amenaza instalaciones estratégicas: la potabilizadora de Jinámar –una planta desaladora que suministra agua potable a casi la mitad de la población de la Isla–, el aeropuerto de Gando o la central eléctrica de Juan Grande. En La Palma, sus dos puertos principales –Santa Cruz de La Palma y Tazacorte–, acabarán engullidos por el Atlántico, mientras que La Gomera podría perder los muelles de Valle Gran Rey y Playa Santiago.

La crisis climática intimida a especies animales y vegetales que han convertido Canarias en un reducto para su subsistencia. El cambio de la temperatura del mar genera varios contratiempos: acorrala al angelote, un pequeño tiburón en peligro de extinción, que ante esas nuevas condiciones de su hábitat se topa con más depredadores y destruye sebadales, praderas submarinas en las que crecen peces como la vieja, la breca o el salmonete.

Las previsiones anticipan que, antes de que termine el siglo, una de las plantas endémicas del Archipiélago, el 'Limonium ovalifum canariensis', habrá desaparecido por el aumento del nivel del mar –se encuentra en la playa de La Concha del Islote de Lobos–.

 

Una imagen de las marismas de Doñana.

Hacia una Doñana como la de hace 2.000 años

La Doñana que conocieron los romanos no es la que conocemos ahora, pero es muy probable que sea la que conozcan las futuras generaciones. Hace 2.000 años lo que ahora es un humedal de agua dulce, el mayor de Europa, era un golfo de agua salada donde los romanos pescaban especies marinas. Con el tiempo se fue colmatando con los residuos que arrastraba el Guadalquivir a su paso, evolucionando hacia una zona de marisma y un vergel de agua dulce. Ahora, con la crecida de los océanos, el escenario más probable que se plantean los expertos es que Doñana vuelva a ser invadida por agua de mar, un cambio que afectará a la biodiversidad del espacio natural: algunas especies desaparecerán, otras sobrevivirán y llegarán algunas nuevas.

La tendencia climática global que se observa en los últimos años es de fenómenos extremos más frecuentes, algo que afecta enormemente a un humedal de gran fragilidad como Doñana, donde cualquier cambio afecta al equilibrio del parque. Los periodos de sequía son más frecuentes y duraderos en el tiempo, un hecho al que se suma una sobreexplotación de los recursos hídricos a causa de la actividad agrícola en las estribaciones del parque, lo que aumenta ese desequilibrio entre el agua que recibe y la que gasta el parque. El impacto se nota en el paisaje, con la desaparición de lagunas estacionales en el entorno dunar, pero también en la vegetación, con floraciones a destiempo (y su efecto en los insectos encargados de la polinización) o una lenta sustitución de especies, con la desaparición del brezo y la expansión del sabinar, que tiene menos requerimientos hídricos.

Ambos factores repercuten a su vez en la fauna, especialmente las aves, de diverso modo. No sólo se adelanta la fecha de migración de algunas aves europeas, sino que especies de otras latitudes más cálidas han empezado a avistarse y reproducirse en el Sur español. Por el contrario, hay otras especies que se resienten ante la falta de alimento derivado del cambio de vegetación, como alertaba Seo/Bird Life ya el otoño pasado. "La mitad de las aves de Doñana para las que se conoce la evolución de su población reproductora muestran una tendencia descendente, la cerceta pardilla se encuentra al borde de la extinción, el porrón pardo puede considerarse localmente extinto y ninguna pareja de la amenazada focha moruna ha criado con éxito este año en Doñana", sentenciaron.

¿Es una catástrofe? Los expertos no están seguros de ello, porque hablan de que Doñana no es la foto fija que conocemos ahora sino un espacio en continua evolución, y lo que puede hacer la crisis climática es acelerar esa evolución. "Las predicciones y escenarios se están cumpliendo, y vamos incluso por delante, pero hay que tener en cuenta que la naturaleza hace lo posible por adaptarse", incide Ricardo Díaz-Delgado, técnico de Teledetección de la Estación Biológica de Doñana (EBD), que destaca que "Doñana es un ecosistema muy dinámico, pasa de un desierto a un vergel, lo que significa que tiene mucha resilencia". La clave, apunta, "es por tanto conocer cuánto puede aguantar y cuál es su punto de inflexión", por lo que el debate debe ir en torno a mantener vigente esa capacidad de preservarse.

 

La cordillera pirenaica afronta la pérdida de sus glaciares y los cambios en la biodiversidad de los lagos helados de sus cumbres.

Aragón: La enfermedad de los ibones

Los peces que los investigadores de la Universidad de Zaragoza han encontrado en el interior de los frío lagos pirenaicos no son una buena señal y muestran el variado impacto que el ser humano ha tenido en los ecosistemas del Pirineo . Estos ibones, como se les conocen en la provincia de Huesca, son un tesoro natural formado por la retirada de los glaciares y se encuentran afectados tanto por la actividad humana como por las variaciones climáticas que están teniendo lugar desde el inicio del Holoceno. Todo ello está acelerando una degradación de la que alerta una investigación que intenta esclarecer el origen de las diversas partículas contaminantes que se encuentran en sus aguas y sus fondos.

Un grupo multidisciplinar y ecléctico de científicos y voluntarios lleva subiendo a las cumbres pirenaicas desde el 2002. El geólogo Alfonso Pardo señala que tanto los glaciares –con más de siglo y medio de retracción- como los ibones muestran de forma directa los efectos del calentamiento climático desde el fin de la Pequeña Edad del Hielo y la contaminación y actividad de origen antrópico. Un ejemplo son los peces que habitan las aguas de los ibones, que jamás hubieran podido llegar de forma natural a esos espacios y que han sido introducidos en ellas por pescadores. Eso hace que el ecosistema original, formado por larvas, insectos y anfibios, se vea transformado de forma radical. Se puede afirmar que no queda ninguno de estos lagos con sus características ambientales originales, por ello es fundamental continuar con su estudio ya que, salvo de unos pocos, se desconoce prácticamente todo de los casi 200 ibones que hay en el Altoaragón.

Pese a todo, los ibones y su enfermedad son solo una parte del mal que afecta a toda la cordillera y que ya ha dejado a los propios glaciares tocados de muerte. Según constatan las principales investigaciones estas masas de hielo han experimentado una reducción del 88% de su superficie desde 1850. La temperatura ha subido una media de 0'3 grados por década y las precipitaciones han bajado un 10%. Un ejemplo reciente de esta realidad alarmante es que en octubre del 2019 el glaciar del pico Arriel, en la cabecera del valle de Tena, desapareció completamente.

En la provincia de Huesca, a lo largo de 90 kilómetros entre los valles de los ríos Gállego y Noguera Ribagorzana, se encuentran las últimas masas de hielo funcionales de la cordillera: Balaitús o Moros, Infierno, Vignemale o Comachibosa, Monte Perdido o Tres Serols, La Munia, Posets o Llardana, Perdiguero-Cabrioules y Maladeta-Aneto.

Exploración del fondo de un ibón.

Pero están condenadas y poco se puede hacer en un contexto como el actual. Desde el Gobierno de Aragón están trabajando en un plan rector para proteger lo que queda. Una vez que sea aprobado, sustituirá al anterior Plan de Protección del año 2002, modificado en 2007, incorporará nuevas medidas de protección encaminadas a que se mantenga la extensión helada y las características geomorfológicas propias de la alta montaña, aún a sabiendas de que la realidad global excede a lo que dicho plan pueda proponerse en esta materia dada la amenaza generalizada del cambio climático.

Efectos del deshielo en Monte Perdido

El portavoz de Ecologistas en Acción en Huesca, Chesús Ferrer, espera que este proceso irreversible sirva como herramienta para concienciar. "Las masas de hielo han desaparecido en pocas décadas, pues el Pirineo se calienta a una media superior a otros territorios", precisa. En toda la provincia de Huesca la temperatura media anual entre 1961 y 1990 fue de 13,4 ºC mientras que en el periodo de 1981 al 2010, subió hasta 14 ºC.

"Cuantos más datos tengamos, mejor comprenderemos la dinámica ambiental de los ibones, y más preparados estaremos para actuar y revertir los impactos antrópicos que los amenazan", señala Pardo a la hora de valorar la importancia de seguir presentes en las cumbres tomando muestras y realizando analíticas y mediciones. Parar la degradación de los glaciares es imposible, pero cree que se está a tiempo de curar la enfermedad de los ibones. "El recorrido todavía es largo", asegura.

 

Una imagen de los efectos del cambio climático en el Mar menor

Un mar al borde de la muerte

La marcha militar recorría la plaza de Lima en Madrid, junto al estadio Santiago Bernabéu. Era 12 de octubre de 2019 y el foco mediático de España estaba centrado en el desfile de las Fuerzas Armadas. A 450 kilómetros de allí, en la playa de Villananitos, en San Pedro del Pinatar, el Mar Menor había comenzado a mostrar una de las peores imágenes que se recuerdan en la Región de Murcia. Decenas de miles de peces comenzaban a morir a orillas de la mayor laguna salada de Europa. Fueron víctimas de un proceso de anoxia que provocó que nadaran hasta esta playa del norte del Mar Menor en busca del oxígeno que les faltaba.

La depresión aislada en niveles altos, más conocida como DANA, que azotó la comunidad murciana en septiembre del año pasado fue señalada por el Gobierno de la Región de Murcia como la principal causante de esta anoxia que dejó toneladas de peces, crustáceos y otras especies marinas muertas no solo en esta playa del municipio de San Pedro del Pinatar, sino también en La Manga y otras poblaciones ribereñas. Pero científicos y ecologistas no se tragaron esta justificación oficial y apuntaron hacia un desarrollo agrícola y urbanístico desaforado y la inacción durante décadas de los políticos murcianos y de la Confederación Hidrográfica de Segura como responsables de que el Mar Menor llegara a vivir un episodio así.

Durante años los vertidos incontrolados de nutrientes agrícolas a la laguna procedentes de cultivos intensivos de la comarca del Campo de Cartagena fue una constante. La transformación y erosión del suelo del entorno del Mar Menor por la agricultura ha permitido que en momentos de fuertes tormentas en la Región de Murcia entraran sedimentos en el agua a través de ramblas de forma masiva. La colmatación del fondo marino ha provocado que el Mar Menor pierda en una década dos centímetros de profundidad cada año.

"Ante la imposibilidad de ocultar el desastre, el Gobierno regional se apresuró a echarle la culpa a un fenómeno natural", señalaban en octubre de 2019 Ecologistas en Acción, mientras que la Asociación de Naturalistas del Sureste (ANSE) y WWF remarcaban que "las autoridades de la Comunidad han demostrado su desconcierto y falta de previsión ante una crisis ecológica de esta magnitud, planteando soluciones absurdas y carentes de rigor científico alguno como oxigenar la superficie mediante el uso de motos de agua y zodiac, que solamente han contribuido a empeorar el enfangamiento de la playa de Villananitos. Esta situación recuerda los momentos más dramáticos de la crisis del Prestige en Galicia".

Una imagen de los efectos del cambio climático en el Mar menor

El aporte de agua enriquecida de elementos como el fósforo o el nitrógeno a lo largo de los últimos años ha llegado a generar distintos procesos de eutrofización, es decir, la contaminación del agua con nutrientes. Esta contaminación provoca falta de luz a escasos metros de la superficie y la pérdida de oxígeno. La acumulación de estos nutrientes permite el desarrollo de distintas algas y otros organismos como se han visto en las últimas semanas, y que provoca un aspecto pantanoso en la laguna. De cara a este verano, en plena temporada turística del Mar Menor y de La Manga, se prevé que la proliferación de algas continúe por la subida de la temperatura del agua.

El urbanismo desmedido del que se quejan tanto ecologistas como colectivos sociales creados a raíz del desastre medioambiental que sufre el Mar Menor también ha sido un caballo de batalla para la laguna. Los vertidos urbanos por la falta de infraestructuras para retener el agua en las localidades es uno de los problemas. Otro es la construcción sin freno, sobre todo en La Manga. El Gobierno regional ha aprobado recientemente una moratoria urbanística de cinco años en el entorno de la laguna. El miedo de las promotoras a este cese de la construcción decretado por la Administración llegó a reactivar tres planes urbanísticos cerca del Mar Menor donde se iban a proyectar 2.000 viviendas.

Tras la DANA de septiembre, los expertos determinaron que hasta el 80% de la fauna y flora de la laguna había muerto. Para ver una situación así, hay que remontarse a verano y octubre de 2016, cuando se certificó que el 85% de la pradera marina de la laguna había desaparecido por la proliferación masiva de fitoplancton que consume el oxígeno y que provocó que sus aguas se tornaran verdes y extremadamente turbias, según señalaban desde el Instituto Español de Oceanografía (IEO). Fue la primera vez que el término 'sopa verde' estuvo en boca de todos para referirse al Mar Menor.

A este ecosistema marino, con una superficie de 135 kilómetros cuadrados, se le han acumulado tantas figuras oficiales de protección medioambiental para flora, fauna y el propio entorno que sorprende ver en qué se ha convertido hoy en día. Ha sufrido en los últimos seis meses el efecto de tres fuertes temporales y se ha convertido en el arma arrojadiza perfecta entre el Estado español y la Administración regional. Con decenas de miles de peces muertos, vecinos de las localidades ribereñas desesperados por la situación y una nula capacidad para gestionar la protección de la laguna, el Mar Menor sigue sin encontrar un salvavidas.


 

El cambio climático ya se nota en la agricultura y la ganadería y ya se trabaja en alternativas más resistentes a condiciones extremas.

El campo extremeño mira más que nunca al cielo

Es casi tan malo que no llueva como que lo haga a destiempo, que suba mucho la temperatura o que lo haga (aunque en menor medida) cuando no toca. Lo saben en el campo extremeño y lo están analizando en centros de investigación de la región y en la Universidad de Extremadura (UEx) en busca de respuestas y alternativas. Porque ese caos en el termómetro y el pluviómetro que se va generalizando desde hace años, ya condensó en el 2019 todos los signos de alerta, con un invierno más seco de lo habitual, una primavera casi inexistente y un verano que se adentró en octubre; con todo lo que eso implica: la agricultura se vio asfixiada por una primavera seca y cálida que agostó el escaso pasto y alteró los ciclos de floración y polinización en algunos frutales. Y para la ganadería no fue mejor, porque la merma en las existencias de charcas y riachuelos obligó a suplementar con comida y bebida en las explotaciones. "Este es uno de los peores años que he vivido", decía a este diario Ismael García (un ganadero con más de 20 años de oficio) el pasado mes de septiembre en su finca de Helechosa de los Montes (Badajoz). A esas alturas ya no quedaba agua en las charcas y había tenido que alquilar otro terreno y mover al ganado, pero allí también los recursos empezaban a escasear e incluso el pozo con el que llenaba los bebederos de los animales daba signos de agotamiento.

La organización agraria UPA-UCE habla de pérdidas de 170 millones en la ganadería el año pasado en la región, principalmente por los sobrecostes en la alimentación.

Los registros de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en Extremadura indican que las precipitaciones se están alterando en Extremadura, más que en el volumen en su distribución: llueve de forma más intensa y en épocas que no le corresponde. Junto eso, desde los años 80 los periodos de canícula se están extendiendo en Extremadura una media de 7 días cada década, con picos de temperatura que han alcanzado ya los 45 grados.

"Adaptarse"

¿Qué le espera al sector agroganadero? "Adaptarse a las nuevas condiciones", explica Henar Prieto, investigadora del Centro de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de Extremadura (Cicytex), donde llevan 30 años estudiando la adaptación de cultivos a los efectos del cambio climático. Han desarrollado, por ejemplo, estrategias de riego deficitario controlado con el objetivo de determinar cómo se puede reducir la cantidad de agua sin perder producción. Pero la última línea de trabajo, hace dos años, es testar el regadío en cultivos tradicionalmente de secano.

"Las dehesas están teniendo más incertidumbres en cuanto a la bellota que van a producir y eso afecta mucho al mercado de porcino. Y al otro lado tenemos regadíos en los que cada vez habrá menos agua y tenemos que plantear alternativas que puedan adaptarse bien a esas condiciones", anota la investigadora. Para ello, desde hace dos años mantienen una plantación experimental con encinas y hay otro proyecto similar con higueras. Y en paralelo están estudiando distintas variedades de olivo para llegar a producir "los olivos del futuro", más resistentes a condiciones climatológicas extremas de agua y temperatura.

Pero los estudios no solo buscan hacer frente a los efectos del cambio climático sino reducir la huella de dióxido de carbono de la actividad agroganadera de la región, por ejemplo, promoviendo el uso de cubiertas vegetales en cultivos permanentes como olivos o frutales para que estos cultivos sean "sumidero de CO2 más que emisores de CO2", o adaptando el uso de fertilizantes nitrogenados (de uso muy extendido) a las necesidades reales en cultivos hortofrutícolas como el tomate o brócoli.

Las colmenas se mueren

"Las temperaturas elevadas a destiempo afectan a procesos fisiológicos de la planta como la polinización", explica Gerardo Moreno doctor en Biología y profesor de la Uex e investigador de Indehesa. Y eso ya está causando estragos en sectores como la apicultura, con un incremento de la mortalidad en las colmenas por la alteración de las temperaturas y la humedad.

Por esas alteraciones están activando alertas por la incidencia en sectores clave: "la montanera no ha sido tan efectiva como se esperaba porque aunque había bellota, no ha tenido la capacidad de engorde que debería". Y eso les hace temer por un lado si la sequía puede verse afectada por una sequía prolongada. Pero también, reafirma la importancia de la hierba en el engorde: "y en el 2019 no ha habido periodo de crecimiento de hierba en ninguna de las estaciones".


Un reportaje de...En la elaboración de este reportaje han participado los siguientes periodistas de cabeceras de Prensa Ibérica: Valentina Raffio (El Periódico de Catalunya), en la introducción y en el reportaje del Delta de Ebro; Manel Vilaseró (El Periódico de Catalunya), en el reportaje de Madrid; Minerva Mínguez (Levante-EMV), en el reportaje de la Comunitat Valenciana; X. A. Taboada (Faro de Vigo), en el reportaje de Galicia; Martín Alonso (La Provincia), en el reportaje de Canarias; Julia Camacho (El Periódico de Catalunya), en el reportaje de Doñana; David Chic (El Periódico de Aragón), en el reportaje de Aragón; Alberto Sánchez (La Opinión de Murcia), en el reportaje del Mar Menor; R.Cantero (El Periódico Extremadura), en el reportaje de Extremadura.