12 de abril de 2019
12.04.2019
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El sentimiento de soledad crece en Occidente.

Soledad, la enfermedad del siglo XXI que crece en España

Los expertos diferencian entre vivir solo y sentirse solo, pero advierten de los riesgos de que el individualismo de nuestros días desemboque en un aislamiento social

13.04.2019 | 08:36 Un artículo de

El número de personas que viven solas en España no cesa de crecer. Los últimos datos de la Encuesta Continua de Hogares que elabora el Instituto Nacional de Estadística revelan que en 2018 el porcentaje creció un 1% -45.000 personas más- hasta situarse en 4,7 millones de españoles. Un dato del que asoman diversas causas y factores, sobre todo derivados de que el aumento se atribuye fundamentalmente a mujeres que enviudan, pero del que se extrae la lectura de una sociedad en la que la soledad es ya un vector básico para comprenderlo. No obstante, como indican los expertos, no es lo mismo vivir solo que sentirse solo.

"Son cuestiones distintas", dice el sociólogo José Díez Nicolás, primer director del CIS en democracia y uno de los investigadores españoles más prestigiosos en el campo de las ciencias sociales. Coautor del libro 'La soledad en España' junto a María Morenos, Díez Nicolas cree que "hay mucha gente que vive sola pero no siente sola. Simplemente lo hacen porque les apetece y son felices así. Son los llamados 'solos voluntarios'. Y luego están las personas que viven acompañadas o en familia y se sienten enormemente solas. No hay nada peor que sentirse solo en medio de una multitud". Es decir, que no hay una correlación obligatoria entre soledad física y psicológica, indica este experto.


  
La soledad afecta especialmente a las mujeres.  

Sin duda, el aspecto más preocupante es de las personas que viven solas por obligación. Personas mayores, especialmente mujeres, a las que el fallecimiento de su pareja aboca a una soledad de la que es difícil salir si no se apela a dos pilares fundamentales en la sociedad, la familia y la amistad. Y la dirección en que se mueve la sociedad no parece facilitar el empleo de esas dos herramientas. "Se está perdiendo el sentimiento de comunidad, el barrio, la familia amplia. Una muerte inesperada puede producir un sentimiento de soledad que antes no se daba porque existían esos soportes", dice José Manuel Errasti, profesor de Psicología en la Universidad de Oviedo.

"Se está perdiendo el sentimiento de comunidad, el barrio, la familia amplia", dice José Manuel Errasti, profesor de Psicología de la Universidad de Oviedo

En España, según los datos del estudio del INE, había 4.732.400 personas viviendo solas en 2018, de las cuales un 43,1% tenían 65 o más años. Y de este porcentaje, casi tres de cada cuatro son mujeres. Por lo que se refiere a los hogares unipersonales con residentes menores de 65 años, el 59,1% estaban formados por hombres y el 40,9% por mujeres. Los hogares unipersonales con personas mayores de 65 aumentaron un 3,9% y, atendiendo al estado civil, las viviendas unipersonales de hombres más frecuentes estaban formadas por solteros (58% del total) y los de mujeres por viudas (47,3%).
 

Coste personal, social y sanitario

 

Diversos estudios, como el del sociólogo Díez Nicolás, están poniendo de manifiesto que las mujeres "son más propensas" a sentirse solas que los hombres, un hecho ante el que cada vez surgen más voces que piden una actuación de las instituciones públicas para atajar un problema con un elevado coste personal, social y también sanitario, como prueba una investigación del neurocientífico valenciano y profesor en Harvard, Álvaro Pascual Leone, que considera que la soledad puede ser tan perjudicial como fumar 15 cigarrillos al día.

Crece el número de jóvenes que, si pueden, optan por vivir solos a hacerlo en pareja, aunque también sube el porcentaje de personas entre 25 y 29 años que conviven con sus padres

"Hay una enorme cantidad de ancianos en nuestra sociedad que viven solos. Hay una mayor esperanza de vida pero esto no se corresponde con una mejora de las condiciones de vida, porque cada vez falta más contacto social", subraya Errasti, que ve detrás de este problema un cambio en las relaciones humanas en favor de un modelo impuesto por las tendencias de consumo en una sociedad eminentemente capitalista. "La lógica con la que elegimos el postre en el menú es la misma con la que elegimos a la pareja. Vivimos en una sociedad en la que recibimos mensajes en los que se nos anima a que nada pase por encima de nuestra voluntad porque nos sentimos especiales. Si no tenemos lo que merecemos es porque ha ocurrido alguna injusticia. Y al mercado le conviene esta situación: vivir juntos implica comprar una televisión y una lavadora. Si vivimos separados, ya tendremos que comprar una cada uno", señala.


 

La soledad, voluntaria u obligada, gana presencia en la sociedad gracias, entre otros factores, a la consolidación de un individualismo fortalecido por las posibilidades económicas. Crece el número de jóvenes que optan por vivir solos -si pueden permitírselo- después de hallar una estabilidad laboral. La vida en pareja bajo un mismo techo es una opción que pierde adeptos ante el temor a que la relación no avance en la dirección deseada, pero también por el desarrollo de lo que Díez Nicolás llama la 'sociedad del selfie'. "Vivimos en una época de enorme individualismo y falta de empatía hacia el otro. Hay una falta de comunicación en las parejas que viene derivada de ahí. En muchas ocasiones, las personas ven más veces a sus compañeros de trabajo que a su pareja. No se habla porque no hay tiempo para hablar. Se prefiere ver la televisión o chatear por WhatsApp... Muchas veces, los problemas de la soledad llegan tras esa falta de comunicación", indica el sociólogo. No obstante, el reverso contrario, el del paro y la precariedad laboral, también pueden conducir a ese mismo estado de soledad. "El empleo le da una persona un estatus y prestigio social. Los que lo pierden o todavía no lo han alcanzado, como les ocurre a muchos jóvenes, se ven desplazados", añade Díez Nicolás. El porcentaje de jóvenes entre 25 y 29 años que vive con sus padres ha subido un 4,6% en los últimos cinco años hasta situarse en un 53,1%, según la Encuesta Continua de Hogares del INE.

"Se tiende cada vez a más a unas relaciones personales frías, casi de diseño, pero que no son genuinas ni nos hacen crecer como personas. Además, cada vez tenemos menos tolerancia a las emociones negativas, que son tan necesarias para la vida como las positivas. Estamos en un momento en el que se pretende sustituir las redes sociales tradicionales, como la familia y la comunidad, por otras virtuales. Puedo colgar una foto y tener 200 'likes', creyendo que soy una persona querida, pero es algo ficticio", concluye José Manuel Errasti.