Barrio a barrio | Valle Brosque
La historia de Mamá Guille: 101 años de vida y sacrificio en Valle Brosque
Guillermina Pérez Suárez, Mamá Guille, a sus 101 años, compara la escasez de antes con la abundancia de hoy, rechazando la idealización del pasado

Guillerma Pérez Suárez, Mamá Guille, la vecina decana de Valle Brosque y referente en el Distrito Anaga. / El Día

La escueta población de Valle Brosque –apenas una quincena de residentes, según la joven Ithaysa Déniz– se multiplicó este fin de semana. La excusa fue doble: celebrar por primera vez la fiesta de la Virgen de Fátima y adelantar el cumpleaños de su vecina más longeva. Guillermina Pérez Suárez, Mamá Guille para todos, cumple este lunes 31 de agosto 101 años.
«Dicen que fue por la tarde», apostilla. Salvo un bastón que le ayuda a caminar y una vista que ya no acompaña como antes, conserva una memoria capaz de saltar de una cueva de Valle Brosque a una casa de la calle La Rosa, de una carga de leña a los bailes vigilados por las madres. Cuando se le pregunta si cualquier tiempo pasado fue mejor, no duda: «No, no, no». Y explica por qué: «Hoy tengo comida. Antes muchas veces no la tenía. No tenía ni cuarto de baño».
Mamá Guille nació y se crió «en una cuevita pequeña» del valle. «Allí me crié con penas y trabajo. Éramos muy pobres», recuerda. Su madre acudía donde la llamaban para plantar y recoger papas y cebollas, hacer las ristras y preparar el género que después los hombres bajaban de madrugada al mercado de Santa Cruz. Su padre, ya mayor, disponía de algunos pedazos de terreno en la cumbre. La economía familiar dependía de lo que daba la tierra, de las cabras y, muchas veces, de la solidaridad. «Iba a casa de un vecino y a lo mejor me daba de comer. Eran muy buenos vecinos».
«Todo era a pata»
No había carretera como hoy. Cuando el barranco bajaba crecido, había que buscar paso por las laderas. Quienes trabajaban fuera salían de madrugada, «saltando de sitio en sitio». Mamá Guille también hizo aquel camino incontables veces. Cargó leña del monte, hizo carbón y se levantó de madrugada para llevarlo a Santa Cruz y venderlo a las panaderías. «Todo era a pata», resume sin perder una sonrisa que enmascara sacrificios.

El sábado se celebró la reunión familiar para celebrar el 101 aniversario de Mamá Guille. / El Día
En aquellas casas se vivía de lo que hubiera. Un potaje podía salir de bajar a la huerta, coger una cebolla, una hoja de col y alguna verdura. Había papas, batatas, leche de cabra y animales. «Un potaje mal hecho, mal hecho, estaba bueno también».
Valle Brosque también tenía sus diversiones. Para bailar se reunían delante de una cueva de una familiar. Allí aparecían los novios, aunque con escaso margen para aventuras. «Un beso no se te podía dar, porque entonces te ponían por los cielos». La madre acompañaba de «carabina». «Así que no te podías dar ni un pelizcón», recuerda entre bromas.
Madre de cuatro hijas
Mamá Guille permaneció soltera y tuvo cuatro hijas. «Cuatro maravillosas que tengo», dice. Sacarlas adelante significó trabajar y apoyarse en su propia madre, que cuidaba de las niñas mientras ella salía a ganarse el jornal.
Durante 17 años trabajó para una familia de apellido Lecuona en la calle La Rosa. Se ocupaba de la casa y regresaba después a Anaga. Más adelante trabajó en otra vivienda de la calle Valencia.
Su familia siguió creciendo: tiene nueve nietos y diez bisnietos. Solo un recuerdo corta de golpe la conversación: el de su nieto Andrés Vidal Déniz, archiconocido como Africuya, fallecido con 40 años y muy recordado en Anaga por su canto a Antequera que fue la banda sonora de la lucha por la playa de Valleseco. «Era mi hijo querido. Muy recordado y muy querido».
«Antes no se vivía mejor»
A quienes idealizan la vida antigua les ofrece una respuesta construida con 101 años de experiencia. «Pasé mucho, mucho». Señala el lugar donde estuvo la cueva y compara aquella existencia con la casa en la que vive ahora. «¿Tú sabes lo que era que teníamos que ir al barranco a hacer nuestras necesidades?». Hoy tiene baño dentro, comida, televisión y familia alrededor. «Está todo caro, es verdad, pero está bueno para hacerse uno su comida y disfrutarla».
Los cambios también le sirven para medir el tiempo. Recuerda una época sin teléfonos ni televisión, con una radio como ventana al exterior. Ahora bromean con que en casa hay tantas televisiones como camas. Los móviles no terminan de convencerla: a alguna joven de la familia le advierte «te vas a volver loca la cabeza con eso».
Su vínculo con Valle Brosque nunca se rompió. «Esto es una maravilla. Todo tranquilo», afirma. Recuerda un lugar donde «todo lo que se comía era lo que se cogía de la huerta» y donde los vecinos se ayudaban en las recogidas de trigo, millo o lo que tocara. También recuerda que al médico se iba a Santa Cruz «cuando había dinero» y que, cuando no, tocaba aguantar.
Una fiesta para volver a reunirse
El sábado, el valle volvió a llenarse. La celebración de su 101 aniversario coincidió con la primera fiesta dedicada a la Virgen de Fátima. La pequeña ermita guarda una imagen que Emilia Déniz trajo de Portugal con el deseo de cumplir un sueño familiar: levantar un lugar de culto donde Andrés Déniz había querido hacerlo. Emilia murió antes de verlo terminado y su familia culminó después aquella promesa.

Mamá Guille, con Manolo Martín, hijo de Emilia que llevó a Valle Brosque a la Virgen de Fátima. / El Día
Entre procesión y encuentro vecinal, el motivo principal para regresar aquel día a Valle Brosque estaba ella. Mamá Guille, sentada ante la casa azul que domina uno de los pliegues del valle, escuchaba, conversaba y corregía cuando hacía falta.
Le gusta oír folías y música canaria porque «fue con lo que me crié». Y, después de repasar un siglo entero, no reivindica la dureza como virtud ni añora las carencias. Prefiere el presente. A sus 101 años, su relato es también el de una parte de Anaga que caminó, cargó leña, pasó hambre, crió familias y vio llegar carreteras, baños, guaguas, televisores y móviles. Ella lo resume con menos palabras: «Hoy tengo todo». Y Valle Brosque y Anaga tiene el privilegio de tenerla a ella, albacea de la historia.
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