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Barrio a barrio | La Salud

La Virgen de Candelaria chicharrera, una historia de fe que comenzó con la caída de un niño

Los hijos de Antonio Hernández recuerdan cómo la caída de su padre a los ocho años y su sorprendente recuperación dieron origen a una devoción popular en La Salud Bajo que, casi un siglo después, mantiene viva la ermita y la memoria de una Virgen de Candelaria en el barranco de Santos

Así es la ermita de la Virgen de Candelaria en el barranco de Santos

María Pisaca

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Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

En el barranco de Santos, casi escondida entre la trama urbana de Santa Cruz de Tenerife, pervive una historia de fe que comenzó con la caída de un niño y que, casi un siglo después, todavía reúne a vecinos en torno a una pequeña ermita. Es la historia de la Virgen de Candelaria de La Salud Bajo, una devoción chicharrera que tiene en Antonio Hernández González a su protagonista y en sus hijos Francisco Ismael y Juan Antonio Hernández Quesada, a dos de los principales depositarios de una memoria familiar que se confunde ya con la del propio barrio. «Después de las fiestas de la Virgen de Candelaria, en la villa mariana, los actos que se desarrollaban aquí llegaron a ser los más importantes de toda Santa Cruz», recuerdan.

La tradición conservada por la familia cuenta que Antonio tenía ocho años cuando se precipitó desde una altura de unos 28 metros mientras trataba de socorrer una paloma herida. Quedó gravemente herido y, en una época en la que los medios sanitarios eran muy limitados, las expectativas de recuperación eran escasas. Sus hijos recuerdan que aquella mejoría fue considerada extraordinaria por quienes rodeaban al pequeño. «Se recuperó el niño» y comenzó a extenderse de boca en boca la idea de que había ocurrido un milagro. Antonio no arrastró secuelas y de aquel episodio nació una devoción a la Virgen de Candelaria que marcaría el resto de su vida.

Con entusiasmo, Juan Antonio, en la visita a la ermita, rompe el paseo por los escalones para acercarse dónde cayó su padre y que dio pie a la ermita en 1931. Relata igualmente aquella caída y la promesa realizada a la Virgen: si el niño se recuperaba, se colocaría una imagen en el mismo lugar donde había podido perder la vida. Los hijos precisan, desde el recuerdo familiar, que el primer gesto fue colocar un cuadro. Después llegaron los fieles. Lo que comenzó alrededor de una estampa terminó dando forma a una devoción popular.

Los actos religiosos están previstos para el próximo fin de semana e incluyen hasta una procesión

Francisco Ismael y Juan Antonio reconstruyen aquel proceso a partir de lo que escucharon durante toda su vida en casa. Su padre cumplió la promesa y la afluencia posterior hizo crecer el lugar de culto. El enclave, además, era muy distinto al actual. Había pocas viviendas y una importante presencia militar: galerías, depósitos y antiguas instalaciones vinculadas a la defensa ocupaban parte del entorno. Los hermanos recuerdan incluso una cadena que impedía normalmente el paso y que era retirada durante las fiestas para facilitar el acceso.

Con los años, el modesto espacio fue consolidándose. La documentación histórica de la propia ermita recuerda que fue bendecida inicialmente para culto privado y que, tras una restauración, quedó consagrada al culto público el 15 de agosto de 1969. También atribuye la imagen de la Virgen al artista palmero Juan de Silva Vizcaíno y Su devoción terminó extendiéndose especialmente por los núcleos poblacionales de La Salud, Barrio Nuevo, Salamanca, Perú y Buenavista.

Ermita de la Virgen de Candelaria, en Santa Cruz

Ermita de la Virgen de Candelaria, en Santa Cruz / María Pisaca

Pero si algo permanece vivo en el relato de los hermanos es la dedicación de Antonio Hernández. Trabajaba en la refinería y comenzaba jornadas de madrugada. Sus hijos recuerdan que salía de casa alrededor de las tres y media y, después de regresar por la tarde, descansaba apenas un poco antes de acudir a limpiar, pintar y acondicionar la ermita. «A las cinco estaba aquí», evocan. Rosarios los sábados, el de San Nicolás de Bari los lunes y el mantenimiento cotidiano formaban parte de una rutina sostenida durante años .

Era una entrega que implicaba a toda la familia. Los hijos ayudaban a limpiar, preparar la fiesta, sacar el trono y colocar las barras con las que se cargaba la imagen. Los fieles fueron aportando mantos, ornamentos y promesas. La ermita se convirtió así no solo en un espacio religioso, sino también en un punto de encuentro para una zona de Santa Cruz que todavía estaba creciendo.

Las fiestas de entonces tenían una dimensión que hoy los hermanos recuerdan con nostalgia. La procesión recorría el barranco y llegaba hasta las proximidades del asilo de ancianos, cerca del barrio de Buenavista, donde, según relatan, las monjas cantaban el Ave María desde lo alto mientras la imagen se orientaba hacia el edificio. Después llegaba uno de los momentos más esperados: la representación de la aparición de la Virgen a los guanches, una escenificación que congregaba a numerosos vecinos.

Representación con guanches

Antonio Hernández también participaba. Se vestía con zaleas, hastia y corona para interpretar al mencey guanche. Había quienes recreaban el episodio de la piedra y el cuchillo, utilizando pequeños trucos para simular la sangre y reproducir la escena tradicional de la aparición. La procesión llegó también a enlazar la ermita con la iglesia de la Cruz del Señor, antes incluso de que existiera la actual parroquia de Nuestra Señora de la Salud. La imagen permanecía allí antes de emprender el camino de regreso. El paso de los años, la transformación del barranco, la desaparición de muchos de los antiguos vecinos y el relevo generacional fueron modificando aquellas celebraciones.

Tras la muerte de Antonio Hernández, la familia cedió el espacio a la Iglesia y la responsabilidad sobre la ermita pasó a la parroquia. Sus hijos explican que mantener una tradición de semejante dimensión exigía una dedicación difícil de compatibilizar con sus propias vidas. «Mi padre vivía para esto», resumen, con el consuelo y convencimiento de que hoy quien se encarga de la ermita es el Obispitado y está al cuidado al de una cofradía.

La celebración, sin embargo, sigue viva. El programa de este año fija los actos religiosos entre los días 28, 29 y 30 de agosto. El viernes está prevista, a las siete de la tarde, la misa a los pies de la Virgen, en la entrada de la ermita, para iniciar después la procesión hasta el templo parroquial de Nuestra Señora de la Salud.

El sábado estará dedicado a los actos marianos, promesas y ofrendas, mientras que el domingo, a las 11.15 horas, se celebrará la misa solemne. Al finalizar, la Virgen emprenderá la procesión de retorno desde la parroquia hasta su ermita por las calles del barrio, cerrando tres jornadas que vuelven a conectar el presente de La Salud Bajo con una historia que comenzó alrededor de un niño y que supone la oportunidad de visitar a la Virgen de Candelaria... chicharrera.

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