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El Bar Arure en Santa Cruz de Tenerife: medio siglo preparando los mejores bocadillos de pata

Dirigido por Carlos Izquierdo y Mili Fagundo, el negocio abrió sus puertas en 1976 y celebra cinco décadas de historia familiar, manteniendo intacta la esencia y el cariño de quienes un día lo fundaron

El bar Arure cumple 50 años en Santa Cruz.

María Pisaca

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Alexis Vella

Alexis Vella

Santa Cruz de Tenerife

“¡Mi niño, déjame un juguito de naranja y una pulguita de pata con almogrote!”. La petición sale de una cliente habitual y resume, en una sola frase, el ambiente que desde hace 50 años envuelve al Bar Arure: un local familiar ubicado junto a la concurrida y animada calle Castillo, en pleno corazón de Santa Cruz de Tenerife.

Allí, en ese lugar de aire vintage y entre cafés, bocadillos y conversaciones de barra, el bar mantiene aún el pulso de los negocios de toda la vida en una zona marcada por los cambios urbanos. Dentro, sin embargo, se conserva una forma de trabajar que lo ha convertido en algo más que un simple sitio donde parar a desayunar.

La historia del bar empezó mucho antes de que sus dueños pusieran el pie en el número 10 de la calle San Lucas. Como muchos canarios hicieron, dos gomeros, Pura y Antonio, decidieron partir a las Américas y emigrar a Venezuela, concretamente a su capital, Caracas.

Carlos Izquierdo sirviendo un desayuno en la terraza del local

Carlos Izquierdo sirviendo un desayuno en la terraza del local / María Pisaca

Aquella pareja formó en el país caribeño una familia de cinco hijos y no fue hasta 1974 cuando dos de los hermanos mayores regresaron, esta vez, a Tenerife. Dos años después, en cambio, le tocó al resto del conjunto. Así fue como con la idea de prosperar y buscar un futuro en Santa Cruz se toparon con el que, aún, es el negocio familiar.

El negocio de Pura y Antonio

"En mayo del 76, tras buscar, volver a buscar y reformar esta casa, que estaba puesta patas arriba, con cariño abrimos la primera versión del Arure", recuerda Carlos Izquierdo, el mediano de los hermanos y el actual dueño del local. En esos primeros días, Pura, Antonio y un tío de la familia, apoyados siempre por los más pequeños, dirigieron el negocio.

Sin embargo, años más tarde, Antonio lamentablemente fallece. "Fue un golpe duro para todos, no nos quedaba fuerza ni ánimos y con mucha pena tuvimos que arrendarlo", evoca emocionado el propietario.

El interior del Bar Arure

El interior del Bar Arure / María Pisaca

De esa manera, el bar logró mantenerse dos años más, hasta que en 1995 la familia, alentada por la matriarca, decidió volver a hacerse cargo del establecimiento. "Seguir con el Arure era continuar con lo que un día fue la gran ilusión de mi suegro", admite Mili Fagundo, pareja de Carlos y también propietaria. Desde entonces, Mili y Carlos, Carlos y Mili, dirigen juntos, como un verdadero equipo, el negocio familiar desde hace más de 30 años.

Una familia alrededor de la barra del bar

A partir de ahí, el Arure fue tomando la forma que hoy mantiene, aunque "hay muchas partes que siguen igual", continúa Izquierdo, al recordar la barra de acero inoxidable y parte de la estructura original, testigos de medio siglo de trabajo y de clientela fiel. "Nos gusta hacer las cosas bien", afirma Fagundo, que admite que el bar "es algo más que hacer un simple bocadillo, es humano y familiar".

Prueba de ello son Eva, una fiel compañera durante más de 25 años, y María Jesús, la hija de ambos que, pese a ser enfermera y no dedicarse exclusivamente al negocio, "es el escudo" que protege a los dueños.

"Hemos tenido a varios empleados y todos han sido maravillosos. Ahora Eva es como una hermana para nosotros, la queremos muchísimo, y María Jesús... ¡qué vamos a decir de María Jesús! Es nuestra ancla, la que nos sostiene siempre que puede sin pensarlo. El Arure no sería nada sin ellas", admite Mili con una sonrisa de oreja a oreja.

"Pero bueno, eso no es todo", insiste Carlos, "cuando hace falte una manita también nos apoya la familia". "Aquí hemos pasado las navidades abriendo regalos, los festivos de cuatro de la mañana a cinco del día siguiente pelando papas, embarazos..., pero siempre juntos", reviven ambos con cariño.

Atento a los cambios, pero con el estilo de siempre

El establecimiento se ha mantenido fiel a su estilo canario, pese a la gran transformación de la capital tinerfeña. "Un bar de los de antes, de los de toda la vida, de los que cada vez quedan menos en Santa Cruz", definen alguna de las reseñas de internet. "Algún lavadito de cara le hemos dado, no te voy a mentir", reconoce el dueño, "pero siempre intentando mantener nuestra esencia, sin ser una copia más de las nuevas tendencias".

Al igual que el local mantiene su fachada intacta, la carta conserva los clásicos del Arure, si bien buscan la forma de reinventarse y ofrecer lo mejor para el cliente. Las especialidades son los bocadillos de pata, pero para ello no se sirven de cualquier pieza de carne, se selecciona cuidadosamente la paleta idónea: "Ni demasiado seca ni muy cruda, al punto con su grasita y costra".

"También nos piden mucho los de tortilla y, a veces, a las 10 de la mañana ya no nos queda. 'Pero ya se te acabaron', me dicen. Además, hacemos unos de pollo con mostaza dulce muy solicitados, o los de aguacate. Uno hasta se aburre de preparar esa pasta. Y sin olvidarme de los jugos de frutas sin azúcar, que no paran de pedirme la receta", explica Mili mientras muestra la jugosidad de media sandía.

El secreto: el cariño de la gente

Pero el Bar Arure no es solo un sitio donde encontrar buenas bebidas, café o pulguitas. Es, además, un punto de encuentro entre los vecinos, el barrio y esa clientela que ellos definen con cariño como su "gente bonita". "Solo podemos dar las gracias por todos estos años", remarca Carlos al mirar alrededor del local de su vida.

"Y gracias", retoma Mili, "a Santa Cruz, a la calle San Lucas y a quienes nos vistan cada día para probar nuestros inventos, porque, aunque haya momentos en el que decimos: 'Me cago en..., qué cansado estoy', solo podemos estar agradecidos por estos 50 años". Y es que a fin de cuentas, el verdadero secreto, pese a las adversidades, no es otro que el cariño y, sobre todo, el trabajo en familia.

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