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Tito García, el hombre de 94 años que pintó la Basílica de Candelaria y revive la historia de la barriada de La Victoria que inauguró

La memoria de Tito, a sus 94 años, recorre oficios como pintor y taxista y momentos clave en la historia de Santa Cruz de Tenerife

Jacinto García, más conocido como Tito, vecino de la barriada de La Victoria.

Jacinto García, más conocido como Tito, vecino de la barriada de La Victoria. / Arturo Jiménez

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Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

A Jacinto García Díaz casi nadie lo llama por su nombre. En la barriada de La Victoria, situada en Santa Cruz de Tenerife, por debajo de Tomé Cano, todos lo conocen como Tito. Tiene 94 años y una memoria desbordante capaz de reconstruir la historia de un barrio sin consultar una sola fecha. De un barrio y de media Tenerife, casi de tantos lugares como destinos profesionales tuvo.

Habla deprisa, enlazando recuerdos como quien rebusca fotografías en una caja antigua. Mientras conversa en un banco situado justo a la puerta del mismo bloque donde vive desde 1945, Tito recorre casi un siglo de historia popular de Santa Cruz: la posguerra, la escasez, las obras de la refinería, la construcción de la Basílica de Candelaria, las huelgas del pan, el auge del taxi y hasta las rondallas del Carnaval de Tenerife.

Los primeros vecinos de La Victoria

«Yo inauguré la barriada de La Victoria», dice con orgullo. Y no exagera, pues fue uno de los primeros vecinos que se instalaron en estas viviendas sociales. Llegó con 13 años junto a su padre, un trabajador de la fábrica de cigarrillos La Mascota que había perdido los dedos de la mano derecha en una máquina de picar tabaco. La vivienda se la adjudicó el Mando Económico, que construyó los bloques mucho antes de que existiera la avenida Tres de Mayo tal y como hoy se conoce. «Cuando vinimos aquí estaban la refinería, el estadio y poco más. Todo esto eran fincas de plátanos de don Dámaso», recuerda.

Tito ha visto crecer el barrio desde sus cimientos. Conoce el nombre original de cada bloque, recuerda cuándo se levantó la iglesia y todavía señala el mural exterior donde figura el año en que entregaron las viviendas. En aquella época, explica, las plazas ni siquiera tenían nombre: eran grupos A, B o C.

Con apenas 12 años trabajó como botones en la residencia de oficiales situada junto al mercado. Después pasó por una carpintería en la plaza de San Telmo, aunque la escasez de madera durante la posguerra frustró el aprendizaje. «No había material. La poca madera que llegaba era malísima», recuerda.

Más tarde trabajó en un almacén de racionamiento en la esquina de Jesús y María con María Cristina, en una Santa Cruz marcada todavía por las cartillas de racionamiento y las colas. De allí pasó a Mármoles Granados, una fábrica de mosaicos situada en la calle General Mola, donde trabajaba de noche por 50 pesetas semanales. Pero el oficio que terminó marcando su vida fue la pintura.

La dureza de la refinería

Entró a trabajar con Jaime Piqué Charly, contratista de la refinería, pintando tanques y estructuras metálicas. Aquella etapa le enseñó el oficio y también las durezas laborales de la época. Cuando estaba a punto de adquirir antigüedad en la empresa, lo despidieron junto a otros trabajadores para evitar que pasaran a plantilla con la condición de fijos. «Nos pagaron el sábado y nos dijeron: “Están todos liquidados”. Si queríamos volver el lunes, era sin antigüedad», recuerda como si lo estuviera viviendo.

Con el dinero de aquella liquidación se sacó el carnet de conducir frente a la antigua cárcel de Benito Pérez Armas. No sería la última vez que el volante le salvaría económicamente, precisa.

Antes, la mili lo llevó a destinos como Córdoba y Sevilla. Allí, otra vez, el oficio de pintor le abrió puertas. Mientras muchos soldados hacían maniobras, Tito acabó pintando viviendas de oficiales y dependencias militares. «Ahí escapé bien», reconoce entre risas.

El hombre que pintó la Basílica

A finales de los años cincuenta llegó el trabajo que todavía hoy le da prestigio entre vecinos y conocidos: la decoración interior de la Basílica de Candelaria. «Estuve allí casi un año», cuenta. Tito formó parte del equipo encargado de aplicar los dorados y las decoraciones del templo. Habla de aquel trabajo con precisión artesanal: el pan de oro de 47 quilates traído de Inglaterra, las mezclas exactas de pigmentos, los andamios de madera levantados a mano y las enormes estructuras suspendidas con poleas hasta el cimborrio. «Nosotros éramos fabricantes y aplicadores. Había que mantener siempre la misma proporción de color para que no variara el tono».

También recuerda al pintor José Aguiar, autor de los frescos de la Basílica, a quien define como «un artistazo». Según Tito, muchas personas desconocen todavía la técnica utilizada en las pinturas del altar mayor. «Aquello no es óleo. Son ceras teñidas aplicadas con espátula y soplete». Mientras describe los ángeles del templo, señala un detalle que asegura haber visto con sus propios ojos: uno de los rostros pintados corresponde a la esposa de Aguiar.

Después de Candelaria continuó enlazando obras, pequeñas empresas y trabajos eventuales como pintor autónomo. Llegó a tener seis empleados a su cargo hasta que la crisis económica de la Transición terminó golpeando también al sector. «Muchos negocios se fueron al garete».

Del pan al taxi

Entonces cambió otra vez de oficio. Primero condujo furgones de reparto de pan para la Panadería Santo Domingo, frente al Teatro Guimerá. Más tarde trabajó para Ipan, la unión de panaderías de Santa Cruz, y después en la cooperativa San Honorato, en Taco. Hubo años en los que combinó dos trabajos al mismo tiempo. «Por la mañana repartía pan y por la tarde trabajaba de taxista. Me tiraba catorce horas diarias al volante».

Llegó incluso a trabajar en la parada de taxi de la calle del Pilar, aunque terminó dejando el oficio cuando comenzó a perder visión y no pudo renovar el carnet profesional. Pero Tito nunca fue solo pintor o conductor. También salió en rondallas en su tiempo libre. Empezó en la Masa Coral Tinerfeña y terminó en la Peña del Lunes 1965, tocando instrumentos de pulso y púa. Conserva fotografías antiguas desfilando en la Plaza de Toros durante los concursos del Carnaval, junto al pintor y autor de carteles anunciadores Juan Galarza —si bien asegura que Galarza salía como componente— y bajo la dirección de Ramón Dorta. «Ganamos el primer premio con la obra Don Quijote», recuerda orgulloso, como quien logra un premio para toda la vida.

En medio de todo eso construyó su familia. Se casó en 1956 con la joven que había conocido siendo niña puerta con puerta en el mismo portal de La Victoria. Él tenía 24 años; ella, 19. Hoy suman más de ocho décadas compartiendo vida.

Tuvieron cuatro hijos. Uno de ellos fue profesor de informática. Otra hija vive del alquiler vacacional. La menor trabajó durante años en hoteles. Tito habla de todos con el mismo tono con el que recuerda obras, calles y compañeros: como si cada detalle mereciera ser archivado.

Memoria viva de Santa Cruz

Tito no habla solo de sí mismo. Habla de una ciudad obrera que desaparece poco a poco. De los trabajadores que levantaron iglesias descontando una peseta semanal del sueldo. De los aprendices que empezaban a trabajar siendo niños. De los barrios que nacieron entre plataneras y humo de refinería. Habla de un Santa Cruz de Tenerife que ya casi nadie recuerda y lo hace sentado junto al bloque donde lleva más de 80 años viviendo.

De nuevo, sonríe al mencionar la Basílica de Candelaria. «Todo aquello lo pintamos nosotros», explica Tito, orgulloso de la obra de arte que ha sido su vida.

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