Descendientes del antiguo barrio de Los Llanos temen el resultado de la rehabilitación de la ermita de Regla
La nueva directiva de Salvemos la Historia recoge el testigo de los últimos vecinos que vivieron Los Llanos y alerta del riesgo de “volver a invisibilizar” a quienes dieron vida al barrio

América Quintero, a la izquierda, junto a Sara Felipe, descendientes de vecinos de Los Llanos. Detrás, la ermita de Regla en obras. / María Pisaca

La historia de Los Llanos ya no se puede recorrer caminando. No quedan las casas terreras, ni las ciudadelas, ni la calle de Las Cruces pegada al mar, ni la plaza de Añaza donde convivían familias enteras en patios comunes. Tampoco quedan los nombres populares que organizaban la vida cotidiana de un barrio desaparecido a golpe de expansión urbana: los Inglesitos, los Matadero, los del patio del hielo, los de la calle Regla.
Lo que permanece en pie es la ermita de Regla. Y alrededor de ella sigue reuniéndose, décadas después de la desaparición física del barrio, una comunidad dispersa que todavía se reconoce como parte de Los Llanos. Por eso la rehabilitación del templo ha despertado inquietud entre los descendientes de aquellos vecinos. No cuestionan que se restaure. Lo que les preocupa es que el proyecto vuelva a ejecutarse sin escuchar suficientemente a quienes conservan la memoria viva del lugar.
El último vínculo con el barrio desaparecido
«La ermita de Regla es la unión del pueblo y del barrio a pesar de los años de haber desaparecido sus casas», resume Sara Felipe Hernández, integrante de la nueva directiva de la asociación Salvemos la Historia y descendiente de familias históricas de Los Llanos.
Su bisabuelo fue Constanzo García García, encargado del matadero municipal. Su familia vivía en la calle Regla número 1, dentro del propio matadero. En el barrio los conocían como los Matadero. «Mi abuela era Petrita Matadero. Allí todo el mundo tenía motes. Era una forma de reconocerse».
A su lado, América Quintero Hernández reconstruye otra genealogía del barrio. Su familia paterna vivía en la plaza de Añaza 18. Eran los Inglesitos. Su abuelo, Vicente el Inglés, trabajaba como proveedor de víveres en el puerto y hacía estraperlo. «Conseguía mucha penicilina para los médicos».
Ninguna de las dos llegó a conocer plenamente Los Llanos. Cuando el barrio desaparecía, apenas eran niñas. Pero crecieron escuchando a sus padres y abuelos hablar de aquellas calles con una mezcla de nostalgia y desgarro.
«Yo recuerdo venir a las fiestas de Regla y que mi madre me llevara a la calle donde había estado su casa. Tocó en una puerta y le dijo a la persona que vivía allí: “Venía a enseñarle a mi hija dónde estaba nuestra casa”», recuerda Sara.
La expulsión y el borrado
Los Llanos comenzó a desaparecer entre las décadas de 1960 y 1970. La operación urbanística acabó expulsando a cientos de familias hacia barrios periféricos de Santa Cruz como La Salud, Cuesta Piedra, San Pío o El Sobradillo. La asociación calcula que fueron unas 800 familias.
«Lo que más duele es la expulsión y el borrado», afirma América. «No solo desaparecieron las casas. También desaparecieron los nombres de las calles, las referencias, la memoria de cómo era el barrio». Hoy apenas quedan vestigios físicos de aquella trama popular. La ermita de Regla y la Casa de la Pólvora son las últimas referencias materiales de un espacio donde Santa Cruz creció mirando al mar.
«Muchos vecinos nunca hablan de lo mal que vivían», explica Sara. «Hablan del sentimiento de pertenencia. De la vida en común. Del apoyo vecinal. De cómo se conocía todo el mundo».
La asociación Salvemos la Historia nació en 2015 impulsada por antiguos residentes de Los Llanos, El Cabo y Cuatro Torres. Entre ellos estaban Tony Martín, Celso o Juan Marrero. Muchos sí habían vivido en aquellas calles antes de la demolición. Ahora la nueva directiva recoge el relevo generacional.
El relevo de la memoria
«Estamos cogiendo el testigo de personas mayores que han hecho un trabajo impresionante de rescatar la memoria del barrio», explica América, actual presidenta de la asociación.
La entidad ha recopilado documentos, fotografías, testimonios y padrones históricos. Próximamente verá la luz un estudio sobre la evolución demográfica de Los Llanos desde 1804 hasta los años setenta.
La rehabilitación de la ermita
La preocupación actual gira en torno al proyecto de rehabilitación de la ermita de Regla.
Las integrantes de la asociación aseguran que conocían desde hacía tiempo que existía intención de intervenir en el edificio, pero sostienen que la primera reunión informativa con vecinos y colectivos vinculados al barrio se celebró cuando las obras ya estaban prácticamente iniciadas. «No fue una reunión consultiva. Fue una reunión para informar», se lamenta Sara.
Las descendientes de Los Llanos valoran positivamente que el exterior de la ermita trate de recuperar la imagen histórica documentada en fotografías antiguas del siglo XIX, obra de Juan Gallán y fechada en 1888 por el investigador Agustín Miranda Armas.
Creen, sin embargo, que el interior incorpora interpretaciones modernas alejadas de la estética original del templo. El arco interior de piedra, la cubierta, la iluminación o el diseño del presbiterio concentran parte de las dudas vecinales. «Yo creo que el proyecto tiene mucho de reconstrucción y poco de restauración», dice Sara. «No se trata de hacer una interpretación contemporánea, sino de intentar ser lo más fieles posible a lo que pudo ser la ermita».
“Lo que dicen los vecinos nunca se escucha”
Las críticas no se centran únicamente en cuestiones arquitectónicas. También cuestionan la falta de participación real de antiguos vecinos y descendientes en el proceso.
«Volvemos a sentir el mismo ninguneo de siempre», afirma América. «La historia de este barrio está marcada por que lo que dicen los vecinos nunca se escucha».
Las integrantes de la asociación consideran que el conocimiento oral acumulado por quienes crecieron en Los Llanos debería formar parte activa de la restauración. «Hay personas vivas que recuerdan perfectamente cómo era aquello. Vecinos que saben dónde vivía cada familia, quién trabajaba en cada sitio, cómo eran las fiestas o cómo era la ermita antes del incendio», subraya Sara.
La ermita sobrevivió al incendio, a las reformas improvisadas y a la desaparición física del barrio. Para muchos antiguos vecinos sigue siendo el único lugar donde reconocerse colectivamente. «Después de expulsarlos, era el único sitio al que podían volver», resume América.
Cada 8 de septiembre, durante décadas, las familias regresaban para reencontrarse alrededor de la Virgen de Regla. Incluso cuando el barrio ya había desaparecido para dejar paso a avenidas y edificios levantados sobre los solares de sus viviendas.
«Imagínate el desarraigo», dice Sara. «Pasaron de vivir en comunidad, compartiendo patios y vida diaria, a ser dispersados por la periferia de Santa Cruz».
Ese sentimiento sigue vivo en hijos, nietos y bisnietos. Por eso la discusión sobre la ermita va más allá de un debate arquitectónico. Lo que está en juego, sostienen, es la conservación de la memoria de un barrio, único y último icono del desaparecido barrio de Los Llanos. Una de las dos ermitas más antiguas del antiguo Santa Cruz.
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