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532 aniversario de la fundación de Santa Cruz de Tenerife

Santa Cruz de Tenerife, la ciudad que nació del mar y convirtió un apodo despectivo en orgullo

Historiadores, arquitectos y geógrafos explican cómo el puerto, la resistencia militar y la apertura al Atlántico moldearon la identidad chicharrera

Santa Cruz es de su gente, y la gente defiende su identidad en sus fiestas

Santa Cruz es de su gente, y la gente defiende su identidad en sus fiestas / E. D.

Santa Cruz de Tenerife

Santa Cruz de Tenerife no es solo una capital atlántica, es un organismo vivo que ha forjado su identidad entre la resistencia militar, el bullicio cosmopolita de su puerto y una constante reinvención urbana. Desde su origen como pequeño asentamiento pesquero que desafió la hegemonía de la antigua capital, hasta su papel como vanguardia artística en el siglo XX, la ciudad se define por una relación indisoluble con el mar que ha moldeado el carácter abierto de su población. A través de las voces de historiadores, arquitectos y geógrafos, exploramos las luces y sombras de una urbe que, mientras sacrificaba parte de su patrimonio físico en nombre del progreso, lograba consolidarse como una frontera abierta al mundo, capaz de convertir cada desafío geográfico y cada influencia exterior en una seña de identidad inconfundible.

Parte de ello es el gentilicio popular ‘chicharrero’. El historiador e investigador Daniel García Pulido sostiene que pocas ciudades han logrado convertir un apodo despectivo en un símbolo de orgullo colectivo con la fuerza con la que lo ha hecho Santa Cruz. Recuerda que el término nació precisamente desde la mirada burlona de San Cristóbal de La Laguna hacia aquel pequeño poblado pesquero y comercial que durante siglos dependió administrativamente de la antigua capital de Tenerife.

La primera referencia documental conocida aparece en 1752, cuando el regidor lagunero Ancheta y Alarcón definió el recién construido Palacio de Carta como «un confite chicharrero que se derrite». Lo que comenzó como una descalificación terminó transformándose, con el paso de los siglos, en una afirmación identitaria asumida con orgullo por varias generaciones de santacruceros.

Palacio de Carta, uno de los inmuebles protegidos de Santa Cruz.

Palacio de Carta, uno de los inmuebles protegidos de Santa Cruz. / E. D.

La capital era La Laguna, el motor económico era Santa Cruz

Para García Pulido, el fenómeno no puede entenderse sin el papel decisivo del puerto. «La riqueza de La Laguna dependía en gran medida de Santa Cruz». Mientras las élites residían en la ciudad universitaria, el verdadero motor económico estaba en el litoral santacrucero: almacenes, aduanas, tráfico marítimo, mercancías y rutas atlánticas que conectaban la isla con Europa, África y América.

Ese mismo vínculo marítimo aparece también en el análisis del arquitecto Carlos Pallés, presidente de la Tertulia Amigos del 25 de Julio, quien define a Santa Cruz como una «frontera avanzada de Castilla en el Atlántico». Recuerda que esta fue Puerto Real desde comienzos del siglo XVI y que esa condición marcó completamente su desarrollo urbano, comercial y militar.

«Santa Cruz tuvo que convertirse en una plaza fuerte para proteger las rutas del imperio», explica al recordar que la capital tinerfeña soportó ataques de corsarios y potencias enemigas durante siglos. De ahí surgiría, en parte, esa conciencia colectiva asociada a la resistencia y al orgullo local que todavía hoy impregna el imaginario chicharrero.

La ausencia de los monumentos históricos de una capital que se fortificó

Sin embargo, tanto Pallés como García Pulido coinciden en una paradoja: la misma ciudad que armó su protección y se fortificó fue sacrificando parte de su memoria física en nombre del progreso. De forma que muchas construcciones históricas desaparecieron para abrir espacio a avenidas, infraestructuras y nuevas áreas industriales. Santa Cruz de Tenerife «se ha destruido una y otra vez», lamenta Pallés.

Un ejemplo fue el derribo del Castillo de San Cristóbal en 1928. «Era el símbolo del orgullo de Santa Cruz». A partir de ahí, considera, la capital comenzó a perder buena parte de la arquitectura historicista y ecléctica que había definido su imagen durante el siglo XIX y principios del XX.

El entorno del Castillo Negro de Santa Cruz

El entorno del Castillo Negro de Santa Cruz / Andrés Gutiérrez

Esa sensación de pérdida conecta directamente con la reflexión del ingeniero industrial Carlos Cólogan, quien describe a Santa Cruz de Tenerife como «un boxeador al que le han dado un guantazo y todavía no sabe qué hace de pie en el ring». La metáfora resume, según explica, el desconcierto de una ciudad que durante siglos tuvo muy clara su función atlántica y que ahora busca redefinir su papel.

Cólogan insiste en que Santa Cruz nació como un puerto comercial y cosmopolita, una especie de estación de servicio en medio del Atlántico por la que transitaban mercancías, pasajeros y culturas. Esa identidad internacional, esa razón de ser, se perdió en las últimas décadas sin que la ciudad haya sabido encontrar aún un nuevo relato sólido.

A su juicio, el problema también se refleja en la desconexión de muchos ciudadanos con su propio entorno urbano. Menciona como ejemplo el desconocimiento del barrio de los Hoteles, uno de los espacios patrimoniales más singulares de la capital. «Cuando un chicharrero que vive a cinco calles no sabe ubicarlo, algo está fallando», lamenta.

El mar aparece igualmente como elemento central en todas las miradas. «No se entiende Santa Cruz sin él». Pallés critica que las sucesivas intervenciones urbanísticas hayan terminado levantando barreras físicas entre la ciudad y el litoral. Y Cólogan va aún más lejos al afirmar que Santa Cruz posee hoy «el litoral más cementero del Archipiélago canario».

Paradójicamente, esa relación con el océano fue precisamente lo que convirtió a la capital tinerfeña en una ciudad abierta al exterior desde épocas muy tempranas. Por su puerto pasaron figuras internacionales como los británicos Arthur Conan Doyle -creador del célebre detective de ficción Sherlock Holmes-, la escritora Agatha Christie o el político Winston Churchill. Una huella cosmopolita que todavía permanece en la memoria urbana de Santa Cruz.

En el mismo sentido se manifiesta el geógrafo Vicente Zapata, quien señala que la situación de Santa Cruz de Tenerife como ciudad portuaria parece influir en una disposición más abierta al exterior de sus vecinos, además de incorporar un perfil más cosmopolita, «por recibir múltiples influencias de otros lugares del mundo a lo largo del tiempo». La ubicación en el mapa, pues, también ha moldeado la identidad de sus habitantes.

Santa Cruz ha sido, históricamente, la puerta de entrada a la Isla y eso destaca en la configuración de la ciudad y su población, proyectándose, por ejemplo, en su urbanismo, en la esfera empresarial y en el arraigo de sus celebraciones más emblemáticas. Y ello a pesar de la compleja orografía del municipio. «Esta ciudad ha tenido que vencer dificultades geográficas a lo largo del tiempo, como la pendiente», señala con sorna el geógrafo.

La evolución artística de Santa Cruz

También desde el ámbito cultural la ciudad supo abrir sus puertas y desarrollar una personalidad singular, especialmente durante las décadas de los años 20 y 30 del pasado siglo. La doctora en Historia del Arte Contemporáneo de la Universidad de La Laguna, Pilar Carreño, sostiene que la gran particularidad artística de Santa Cruz fue precisamente no encerrarse en sí misma.

«La vanguardia de Santa Cruz quiso proyectarse hacia afuera», resume. Frente a una visión más costumbrista y localista, vinculada a artistas como Pedro de Guezala o Bonín, las corrientes renovadoras impulsadas alrededor de Eduardo Westerdahl y la histórica Gaceta de Arte buscaron conectar Tenerife con las grandes vanguardias internacionales.

Pilar Carreño recuerda que, tras la posguerra, el costumbrismo ganó protagonismo con representaciones populares de ‘maguitas’, pescadoras o lecheras que terminaron formando parte del imaginario isleño. Pero insiste en que la verdadera singularidad cultural de Santa Cruz residía en su capacidad para absorber influencias exteriores y proyectarlas nuevamente hacia el Atlántico.

Fachada Círculo de Amistad XIII de Enero

Fachada Círculo de Amistad XIII de Enero / Andrés Gutiérrez

En ese entramado cultural desempeñaron un papel decisivo las sociedades recreativas y civiles de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Entidades como el Ateneo, el Círculo 12 de Enero o el histórico Salón Fregoli organizaron bailes, exposiciones, carnavales y encuentros que ayudaron a construir una intensa vida urbana.

«La ciudad se construyó desde la autogestión cultural», explica la historiadora, reivindicando una Santa Cruz donde convivían el espíritu festivo, la inquietud intelectual y la vida popular.

Esa convivencia de sensibilidades muy distintas es precisamente otro de los rasgos que García Pulido considera esenciales en la identidad chicharrera. Define Santa Cruz como una ciudad simultáneamente militar, republicana, religiosa, comercial y festiva. Una mezcla de corrientes ideológicas y culturales que, lejos de anularse, terminaron conformando una personalidad propia.

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