Los comercios antiguos de Santa Cruz se reinventan
Bar Imperial, Musicanarias, Floristería Kentia e Ifara Libros han resistido el paso del tiempo gracias a la adaptación tecnológica y a la fidelidad de sus clientes, superando crisis y pandemias

Andrés Gutiérrez
María Robayna
"Nos hemos vuelto muy cómodos", asegura Manolo García, el dueño del Bar Imperial, uno de los comercios más antiguos y emblemáticos de Santa Cruz de Tenerife. Atrás quedaron los años en los que los clientes aparcaban en doble fila para llevarse alguno de sus famosos barraquitos. Ahora, la falta de aparcamiento en la zona, la llegada del tranvía y los cambios en los hábitos de consumo de la población debido a la venta online han obligado a estos empresarios a adaptarse para sobrevivir. El Bar Imperial es sólo uno de los muchos comercios con más de medio siglo de historia que aún siguen abiertos en la capital tinerfeña.
Otra de estas tiendas tradicionales es Musicanarias. «Desde que están las redes sociales no ha habido más remedio que meterse en ellas si queremos mantenernos», explica Carmen, responsable de un negocio que nació en los años 60 cuando su padre comenzó a importar pianos de segunda mano desde Inglaterra.
Ese cambio no ha sido puntual, sino progresivo. La tienda de música ha tenido que incorporar herramientas digitales para seguir siendo visible. «La tienda online es un cambio radical a lo que se hacía antiguamente, no existía nada de eso», añade.
Según el Observatorio Canario de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información (OCTSI), alrededor del 60% de los internautas compran una vez al año en tiendas online, mientras que solo el 31% de las empresas canarias optan por la venta en internet. «El estar presentes en redes sociales ha hecho que nuestro nombre siga ahí vivo, entonces pienso que es importante que si los tiempos cambian tú cambies con ellos» afirma Olivia, la actual dueña de la Floristería Kentia, una empresa familiar que, durante 40 años, ha demostrado estabilidad como emblema.

Clientes en el Bar Imperial / Arturo Jiménez
Superar crisis y pandemia
En el caso del local de Olivia, el cambio vino motivado por la necesidad de no quedarse atrás. «Era más por adaptarse a los nuevos tiempos, para estar siempre actualizados y no quedarse en el pasado», explica Olivia, quien tomó el relevo del negocio tras la jubilación de su madre.
Más allá de las innovaciones tecnológicas, una de las cualidades que les ha permitido seguir abiertos durante tantos años ha sido la capacidad de resiliencia de sus propietarios. Tras más de 50 años atendiendo al público, estos comercios han sabido sortear las diferentes crisis económicas y hasta una pandemia. Carmen Reig recuerda el colapso económico que tuvo lugar en la década de los 90. «Tuvimos que cerrar tres tiendas, y llegamos a tener hasta cinco locales abiertos», rememora la dueña de Musicanarias. Sin embargo, este sacrificio, permitió que el negocio siguiese abierto. «Al haber simplificado tanto, yo creo que eso permitió afrontar la crisis más fácil», añade la dueña.
Décadas más tarde, llegaría la Covid-19 y con este virus, el confinamiento. El Bar Imperial, abierto desde 1954 y reconocido por muchos santacruceros por sus barraquitos, afrontó las consecuencias desde el primer día de confinamiento.
«Pensé en cerrarlo, ya que no estaba recibiendo ningún beneficio. Tenía que pagar luz, agua, etc. Tenía que pagarlo todo de mi bolsillo», explica su dueño, Manolo. Sin embargo, aun sin clientes a los que atender, ningún producto que vender y a las puertas de la jubilación, Manolo decidió apostarlo todo por mantener el bar abierto. Además, esta decisión se vio apoyada por una razón más importante, sus empleados: «tenía siete empleados, por no mandarlos al paro en plena pandemia seguimos abiertos».
Otros lograron sortear al virus gracias a las ventas online. Este es el caso de la floristería Kentia. «Decidimos montar una tienda online y así empecé a dar visibilidad a través de redes sociales», cuenta Olivia.
Incluso sectores más independientes, que apuestan por el producto analógico, se han visto forzados a evolucionar. En Ifara Libros, una librería con más de 50 años de historia a sus espaldas, el cambio vino para hacer cara a las nuevas competencias que aparecían en el comercio canario. «Hace años las grandes plataformas eran más rápidas. Hoy podemos competir en cuanto a rapidez con cualquier otra gran librería», explica Cecilia Chinea, actual responsable de la librería.
La vida nocturna hace años
Hace décadas, Santa Cruz se movía diferente. La gente dormía menos y se despertaba antes, mientras que hoy, las calles de Santa Cruz quedan en silencio a partir de las 10 de la noche. «Nosotros cerrábamos a la 1:30 de la madrugada. Como los cines seguían abiertos hasta tarde y nosotros éramos un sitio reconocido, mucha gente que iba a las pelis o que salían de fiesta por la calle San José, podían venir a comerse un bocadillo o a echarse la última o penúltima copa», recuerda Manolo.
Por su experiencia deduce que las nuevas generaciones «ya no salen tanto de fiesta», o simplemente salen a otros lugares. Lo que la vida nocturna de la capital tiene claro es que los jóvenes ya no tienen interés en quedarse despiertos hasta tarde.
Además, las normativas también han contribuido a que el ritmo de la ciudad decaiga desde las diez de la noche. «Estamos abriendo a las 6:30 porque no tenemos esa clientela que teníamos antes», comenta el dueño. Factores como las restricciones en la venta de alcohol a partir de las 22:00 o las normativas contra el ruido en zonas urbanas han terminado por afectar directamente al ritmo del bar.

Interior de la Floristería Kentia / María Pisaca
La ciudad también ha visto necesario hacer un cambio estructural. Una de las ideas para mejorar la movilidad fue el proyecto del tranvía. Aunque su objetivo era positivo, algunos comerciantes consideran que alteró la naturaleza del consumo en la ciudad. «Antes la gente paraba con el coche en la puerta, compraban lo que necesitaban y se iban, ahora eso no lo puedes hacer», explica el dueño del bar. Actualmente, los clientes optan por los locales más cercanos a estas paradas.
A esto hay que añadir un problema histórico que sigue sin resolverse: la falta de aparcamiento en el centro. «Es imposible aparcar y eso reduce las probabilidades de que una persona pueda visitar los locales que están más alejados del centro», señala Cecilia, dueña de Ifara.
No obstante, no todo ha sido negativo dentro de las callejuelas de Santa Cruz. En zonas menos transitadas el comercio se ha transformado en una actividad más íntima, donde los locales vecinos optan por el consumo de la zona. «Tenemos frutería, carnicería, zapatero, etc. Así el barrio está dinamizándose poco a poco», manifiestan desde la librería.
Más que competir entre ellos, esta rutina ha generado un pequeño ecosistema donde los negocios han sabido retroalimentarse los unos a los otros para permanecer. «Lo que tenemos que seguir haciendo es crear comunidad», insiste Cecilia.
El valor de lo cercano
Los clientes son la razón principal por la que los comercios puedan seguir abriendo. Algunos incluso han conseguido ver crecer a las familias de sus compradores desde el minuto cero. «Los he conocido desde la barriga de sus mamis, ahora tienen 12 o 15 años y son grandes lectores», cuenta Cecilia.
Como es su caso, tras años de trabajo en la calle Juan Pablo II, los vecinos han transformado la librería en algo más que una simple tienda. «Más que clientes pasan a ser familia, ahí hay un vínculo que va mucho más allá», señala Cecilia.
En la floristería, esa fidelidad ha sido una razón de peso para mantenerse constante a lo largo de todos estos años. «El cliente que llega suele permanecer durante años», explica Olivia, destacando el trabajo de su madre para mantener a los clientes con el paso de los años.
La competencia ya no reside en una misma calle, han evolucionado a nivel global. La desaparición de la exclusividad ha cambiado por completo el mercado. «Antes importábamos directamente y vendíamos tanto al por mayor como al detalle, ahora todo el mundo puede comprar en todas partes», explica Carmen. A pesar de ello, algunos comerciantes ven en la competencia un incentivo para «ser mejor, para diferenciarte».
«Nosotras hacemos de filtro, conocemos a nuestros clientes y sabemos lo que les gusta», explican desde Ifara Libros. Nos hemos vuelto muy cómodos, como dijo Manolo. Sin embargo, ya no se trata solo de vender, sino de ofrecer algo que internet no puede replicar fácilmente: el criterio, la recomendación y el trato personal.
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