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Alameda de La Marina

Construida en 1787, el recinto original poseía una entrada formada por un triple arco que remataba un escudo de piedra con las armas reales de Carlos III

La entrada de La Alameda, en la actualidad.

La entrada de La Alameda, en la actualidad. / ED

José Manuel Ledesma Alonso

Como a finales del siglo XVIII Santa Cruz carecía de un lugar en el que los vecinos pudieran pasear, el capitán general de Canarias, Miguel de la Grúa Talamanca, marqués de Branciforte, aprovechando la explanada existente entre la playa del muelle y el camino a Paso Alto –hoy calle La Marina–, propuso a los vecinos construir un pequeño jardín público que imitara a los de las grandes ciudades para que pudieran disfrutar de la brisa del mar, al tiempo que con esta iniciativa se contribuía a dar prestancia a la entrada a la población para los que llegaban al muelle.

Los vecinos más pudientes colaborarían con sus aportaciones, según consta en la lápida colocada en lo alto del arco central de su entrada: «Ha sido costeada por la generosidad de las personas distinguidas de este vecindario, movidas del buen gusto y deseos de reunir su sociedad en tan propio recreo».

Construida en 1787, bajo la dirección del ingeniero Andrés Amat de Tortosa, el recinto, de 79 metros de largo y 17 metros de ancho, poseía una artística entrada formada por un triple arco que remataba un escudo de piedra con las armas reales de Carlos III. Cada arco tenía su correspondiente puerta de hierro, dos estatuas de mármol blanco, que representaban la primavera y el verano, y jarrones de yeso en las de los extremos.

El parque, cercado por muros con verjas de madera, tenía cinco paseos formados por tres calles que coincidían en una plaza central en la que había una fuente de mármol de Carrara, la Fuente de los Delfines. En el fondo se construyó un escenario orquestal, formado por un arco de elipse a modo de atrio con una escultura que simbolizaba el tiempo.

El paseo central estaba cubierto por cuatro filas de plátanos del Líbano, mientras que en los dos paseos laterales se plantaron tamarindos. A lo largo de los citados paseos se colocaron una serie de bancos de madera para el descanso. Estos 81 árboles serían los primeros que se plantaron en Santa Cruz. Curiosamente, la Alameda nunca tuvo álamos.

Este pequeño lugar era considerado como un mirador privilegiado del acontecer diario de las actividades portuarias, pues las noticias llegaban por la mar, pronto se convirtió en punto de reunión de comerciantes y navieros y, en los plácidos atardeceres, lugar de cita y esparcimiento de la sociedad santacrucera.

Reformas

En 1854, debido al estado de abandono en que se encontraba la Alameda, la corporación municipal decidió venderla para que en su solar se construyeran depósitos de carbón y con su dinero terminar el Teatro Municipal (Guimerá). Por fortuna, al organizarse ese año una feria en aquel lugar, con motivo de la festividad de Santa Bárbara, patrona de Artillería, el Pleno acordó llevar a cabo las mejoras que fuesen necesarias.

A partir de 1861, los vecinos se implicarían en realzarla llevando a cabo una suscripción pública, luchadas y riñas de gallos que alcanzó los 14.000 reales, los cuales fueron utilizados para restaurar la fachada, los delfines y limpiar las estatuas y el escudo de mármol que coronaba la puerta, quitándole el yeso con el que se había pretendido blanquear las piezas y que desfiguraba sus formas. En 1863, cuando el Estado pretendió ensanchar el acceso al muelle –el denominado ‘boquete’– y derribar la fachada de la Alameda, el Ayuntamiento protestaría alegando «que aunque modesta, es un legado honroso de nuestros antepasados, levantado de su propio peculio siendo, además, el punto donde las señoras pasean en verano después de tomar los baños de mar, de cuyo solaz se verían privadas».

En 1860 se le añadieron seis farolas, pasando a tener diez puntos de luz que se encendían todas las noches, menos las de luna. En 1875, se trajo de Sevilla un árbol de faroles pagados por varios jóvenes, que se instaló frente a la puerta principal.

En 1901 se derribaría el muro, de 2,70 metros de altura, que la tapiaba de cara al mar, y que era el resto de la antigua muralla, siendo sustituido por balaustradas; se eliminaría el muro de cerramiento de poniente, para darle mayor amplitud a la calle la Marina, y se restauraron los delfines de la fuente, alzándola del suelo por medio de gradas, lamentablemente desaparecidas.

En la Alameda tenían lugar veladas musicales amenizadas por la banda militar y por la banda de aficionados La Bienhechora. También la Sociedad Filarmónica Santa Cecilia celebraba conciertos para recaudar fondos, con el fin de terminar su sede social -actual Parlamento de Canarias-.

Cuando en 1916 su portada de tres arcos fue destruida, los elementos de mármol de Carrara que la adornaban fueron repartidos a distintas instituciones de manera que el escudo se encuentra en el Museo Militar, la escultura alegórica a la primavera se exhibe en el patio del antiguo Establecimiento de Enseñanza, en la plaza Ireneo González, mientras que la del verano y la que representaba el tiempo se colocaron en el Parque García Sanabria, aunque actualmente se desconoce su ubicación. Las puertas de hierro fueron cedidas al manicomio.

En el año 1929, tras la apertura de la plaza de España, se instaló un kiosco de bebidas conocido como los Paragüitas, al haber colocado parasoles en cada una de las mesas de servicio de su terraza.

La antigua portada de la Alameda se reconstruyó de una manera digna en 2008, tanto en cantería como ornamentación, el suelo se cubrió con albero, se instaló un parque infantil y se habilitaron espacios para la realización de ferias, exposiciones y mercadillos.

Tras la reforma, sólo quedó en su lugar original la Fuente de los Delfines, aunque mutilada, pues la original descansaba sobre un basamento hexagonal en forma de escalinatas y estaba formada por tres cuerpos diferenciados: la pila, que servía de receptáculo al agua; el pilar central y un remate en la parte superior.

En el verano de 2024, el suelo de tierra fue sustituido por láminas de albero peatonal, de 10 centímetros de espesor, colocada sobre la base firme existente y realizado con arena caliza extendida y rasanteada con motoniveladora.

Aunque el sentir popular siempre la ha denominado de la Marina, por su proximidad al muelle, la Alameda fue bautizada, en 1787, con el nombre de Branciforte, en homenaje a su impulsor; en 1924 pasaría a denominarse Duque de Santa Elena, en recuerdo de Alberto de Borbón y Castellví, capitán general de Canarias; y 14 de abril al proclamarse la Segunda República, en 1931.

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