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Domingo Negrín, el tostador de castañas que no se resigna

«Si no hay calidad, no monto», sostiene uno de los últimos tostadores de la isla, mientras observa cómo el cambio climático —asegura—, los incendios y el paso del tiempo arrinconan un oficio que llenaba de aroma cada otoño Santa Cruz.

Domingo Negrín, el último año que montó castañas en un puesto de Santa Cruz, en 2022.

Domingo Negrín, el último año que montó castañas en un puesto de Santa Cruz, en 2022. / Carsten W. Lauritsen

Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

Domingo Negrín, entre bromas y veras, cuenta que se cría entre cacharros y carbón. Durante décadas, su familia ha sido referencia en Santa Cruz y La Laguna cuando cada otoño llenan de aroma las calles con sus castañas tostadas.

Un oficio en pausa

Este año no monta su puesto, ni el anterior, y confía en retomar la actividad el próximo. La falta de «castañas en condiciones» lo lleva a esperar un tiempo más próspero. Lo que antes es un fruto resistente, capaz de aguantar casi una semana si se almacena bien, ahora apenas sobrevive «dos días sin ponerse blanda, ácida o ‘pasmada’», como él la describe. El cambio climático ha trastocado el calendario natural de los castañeros. Lluvias fuera de fecha, inviernos que parecen agosto y veranos que no terminan de irse.

«Si la castaña no es buena, te juegas tirar el dinero»

«Un árbol que daba 150 kilos ahora da 30. Algunos ni dan. ¿Qué vas a hacer? Si la castaña no es buena, te juegas tirar el dinero», lamenta. Él, que siempre defiende que la castaña de fuera no puede competir con la local, reconoce que hoy muchos puestos recurren a la peninsular. «No hay otra. Aquí no está saliendo castaña buena».

Naturaleza, incendios y abandono

La naturaleza no es la única amenaza. Los incendios de los últimos años arrasan zonas históricas de cultivo. Y a eso se suma el daño humano: robos en huertas, ramas partidas, matos que tardan años en recuperarse. «Un castañero es delicado. Le rompes una rama y es como perder un año entero», explica.

Costes que se disparan

A pesar de todo, Domingo intenta mantenerse. «Hice este año el Saborea de La Esperanza. Conseguí 100 kilitos de un chico de confianza», cuenta. Pero montar un puesto es otra historia: permisos, seguros, carbón más caro, sal más cara, papel más caro. «Antes un saco de carbón costaba 15 euros; de un día para otro pasó a 25».

El negocio de las castañas siempre es humilde, pero rentable. En los años buenos, reconoce, «se gana para Navidad y para algún gasto más». Hoy no le salen las cuentas. De 100 kilos que compra, solo 80 sirven. Los otros 20 se tiran. Con una calidad frágil, arriesgarse a comprar grandes cantidades puede ser ruinoso.

Un lujo que se aleja del bolsillo

«¿Qué hago yo si compro 300 kilos para dos semanas y a los dos días tengo que tirar la mitad? Ahí se acabó el negocio». Y eso sin contar el precio del producto: en los supermercados ya ronda los ocho o nueve euros el kilo. «Se está convirtiendo en un lujo».

Cuando Santa Cruz olía a otoño

La imagen de Santa Cruz repleta de puestos forma parte de la memoria colectiva. Domingo recuerda cuando hay casi veinte puestos, frente a los cuatro o cinco de este año en Santa Cruz, y en La Laguna, uno, dos, tres. Para montar, algunos han tenido que recurrir a la castaña importada.

«Aquello es otra vida. Los cines llenaban la Rambla, la gente paseaba, se hacían eventos. Mi abuelo tostó allí hasta casi el final. De los años 85 al 95 se ganaba bien. Hoy la gente no está en la calle. Ni el clima ni nosotros somos los mismos», reflexiona.

Una estirpe de tostadores

La historia de Domingo es también la historia de la familia Negrín. Él, su abuelo y su padre —que hoy está en silla de ruedas— trabajan décadas en los puestos. «Nos ganamos un nombre: Castañas Negrín. Era dar lo mejor, siempre», recuerda. Y habla también de los Mora, la otra rama de la misma familia, que comparte los primeros puestos en los años 50 en la plaza de España.

Su suegra, ya entrada en los setenta, le ayuda hasta hace muy pocos años, al igual que su mujer y su hija, que participan de una tradición que no solo se trabaja: se hereda.

«La gente está muy alterada»

Los años «al pie de la calle» tostando castañas cada otoño permiten a Domingo hacerse un máster en «mundología», que le permite asegurar algo que se respira en el ambiente: «La gente está muy alterada. No es lo mismo que antes. Todo eso también afecta. Antes había más vida, más normalidad», dice.

La esperanza de un buen otoño

«Ojalá me equivoque, pero esto no va a mejorar si no cuidamos las cosas», sentencia Domingo, que cumple el rito de tostar las castañas al calor del hogar familiar, con los cacharros en el patio de su suegra, donde aún enciende el tostador de vez en cuando.

«Todo no es ganar dinero. También es que la gente se vaya contenta. Si yo te vendo diez castañas y botas una, vuelves. Si botas seis, no vuelves. Eso es así». Su frase resume la clave del éxito durante años, una filosofía que lo mueve a esperar tiempos mejores: el reencuentro con un otoño como los de antes, en el que la castaña aguante, el clima acompañe y las brasas puedan encenderse sin miedo a perderlo todo.

Un regreso que no descarta

Domingo guarda sus cacharros. No como quien abandona, sino como quien prepara su regreso. Tal vez el próximo año, para reivindicar el oficio que ha heredado de generación en generación este eslabón de Castañas Negrín.

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