El sargento Abad, primer policía local de Santa Cruz con una calle
Hijo de militar, José María Abad se apuntó para ser policía después de seguir los pasos de su padre. Testigo de la Transición, en este palmero afincado en Tenerife sus compañeros admiran su don para el mando. «Su presencia en cualquier servicio era garantía de eficiencia y humanidad. Hacía magia».

El sargento Abad, que se jubiló en 2015 y falleció dos años después. / El Día

La viuda del recordado policía local de Santa Cruz, Pilar Abad, atribuye la frase al exalcalde de la capital tinerfeña Miguel Zerolo y, quienes conocieron al guardia, aseguran que lo define. El sargento José María Abad (La Palma, 1942-Tenerife, 2017) encarna la historia de un hombre cuya autoridad nacía de la disciplina que combinaba con la humanidad con sus compañeros. Policía respetado, querido y admirado, además de un ciudadano que hizo de la cercanía su mejor herramienta de trabajo.
Un nombre en el callejero de Santa Cruz
Desde el pasado 17 de noviembre, su nombre está inmortalizado en el callejero de Santa Cruz, en una vía de Añaza junto a la Academia de Seguridad, un privilegio que ostenta como el único policía municipal de la capital al que se reconoce su labor con el nombre de una calle.
El empeño del actual alcalde, José Manuel Bermúdez, hizo que ocho años después de su fallecimiento, el 15 de noviembre de 2017, Santa Cruz le rindiera tributo, si bien para la viuda del sargento Abad el reconocimiento es para orgullo de los policías locales.
Infancia marcada por la vida militar
Nacido en La Palma el 26 de julio de 1942, en el seno de una familia marcada por la vida castrense –su padre era militar y ocupó el segundo lugar entre cuatro hermanos–, la infancia de José María Abad transcurrió entre los habituales traslados propios en la carrera militar. La familia vivió primero en Garachico y, más tarde, en Gerona, hasta que regresó a Tenerife. Aquellos cambios moldearon un carácter firme y disciplinado que lo acompañó toda su vida.
A los 18 años, siguiendo los pasos paternos, ingresó en el ejército, si bien pronto fue destinado a África, que alimentó su capacidad de liderazgo que más tarde trasladaría al ámbito policial.
Vocación policial desde 1968
El 1 de septiembre de 1968 ingresó en la Policía Local de Santa Cruz de Tenerife. No existían oposiciones como en la actualidad: bastaba inscribirse, precisa Pilar Abad. Su vocación se manifestó desde el primer día. Lejos de verlo como un simple empleo, lo asumió como un compromiso con la ciudad; «era ponerse el uniforme y cambiaba radicalmente».
Eran años de carencias. La Policía Local contaba con pocos efectivos, escasos medios y una estructura en plena transformación. La Transición política en España obligaría después a reconfigurar los modelos policiales y a reforzar la seguridad en un entorno político y social efervescente. Abad vivió todo ello desde dentro, siempre con el orgullo de pertenencia al cuerpo de seguridad local.
Un mando natural
Compañeros y superiores coinciden en que José María Abad tenía un «don natural» para el mando. Era exigente, recto y firme, pero profundamente cercano con sus subordinados y con los ciudadanos. Aun sin haber ascendido, ya dirigió la unidad motorizada gracias a su carisma y capacidad de organización.
Ocupó áreas de responsabilidad tan delicadas como armamento, objetos perdidos, logística, economía interna o equipamiento. Incluso cuando su trabajo era mayoritariamente administrativo, nunca perdió el contacto con el servicio directo, ni dejó que un despacho lo distanciara de la realidad.
Rechazó ascender «a dedo»
En varias ocasiones le ofrecieron ocupar el puesto de jefe de la Policía Local por designación directa, una práctica entonces habitual porque no se habían implantado los procesos de promoción interna ni las oposiciones. Siempre lo rechazó. «No acepto un cargo que no haya ganado por mérito y oposición», decía. Su postura era firme: la policía debía funcionar por reglas, no por favoritismos.
Esa integridad le ganó aún más respeto dentro del cuerpo en una época en la que la policía asumía nuevos roles y debía modernizarse para responder a una ciudad en crecimiento.
Defensor de la incorporación de mujeres
Pilar recuerda el compromiso de su esposo para facilitar la llegada de las mujeres al cuerpo de seguridad municipal, a comienzos de los años ochenta. En un servicio, a la entrada de la playa de Las Teresitas, un individuo cargó contra una de las compañeras, a las que insultó; fue de las mayores afrentas para el sargento, que plantó cara al conductor al que la agente había sancionado. No reparó en amenazas de quien conocía al entonces concejal de Policía y decía ser amigo de un locutor de radio, que lo puso de vuelta y media después.
Un profesional admirado
El suboficial Blas Hernández, uno de sus grandes amigos, lo recuerda con palabras que se repiten entre quienes compartieron uniforme con él: «El sargento Abad era un extraordinario profesional, enamorado de su oficio, servicial con los ciudadanos. Su presencia en cualquier servicio era garantía de eficiencia y humanidad. Era exigente, sí, pero muy querido y admirado. En dos palabras: hacía magia». Otro compañero, Luis, mantuvo con él una relación casi propia entre padre e hijo.
Historias de servicio
La hoja de servicios del sargento Abad está repleta de historias presentes en la memoria colectiva de sus contemporáneos, como persecuciones improvisadas que resolvía con temple e intervenciones durante los carnavales en las que su autoridad natural evitó que una plantilla en conflicto no trabajara en la calle y logró la desconvocatoria de un paro el día de la Cabalgata anunciadora, con la condición de salir a pie junto a la plantilla.
Un hombre «serio por fuera, cariñoso por dentro»
Pilar Abad lo define como «serio por fuera, cariñoso por dentro». Lo conoció cuando ella tenía 18 años. Él estaba casado entonces, y mantenía amistad tanto con su primera esposa como con su hija. Tras enviudar, y con el paso del tiempo, la vida volvió a cruzar sus caminos. Se casaron en 1997. Para Pilar, su vida familiar fue tan intensa como su vida profesional. Su nieto Adrián, de 14 años, se convirtió en su gran alegría.
Enfermedad y despedida
Tras su jubilación, en 2015 le diagnosticaron un cáncer de pulmón. «Háganme lo que tengan que hacer, pero no me digan nada», pidió a los médicos. Sufrió complicaciones severas durante el tratamiento y, tras meses de lucha, falleció en 2017, a los 75 años. Ocho años después, Pilar recuerda en el velatorio cuando Blas, su amigo inseparable, presentó armas ante su féretro con un taconazo que estremeció las entrañas del tanatorio.
Un homenaje impulsado por la Policía Local
La calle que hoy lleva su nombre, en el barrio de Añaza, fue propuesta y promovida por la propia Policía Local. Técnicos y mandos del área de Seguridad iniciaron el expediente, respaldado por más de 500 firmas de asociaciones, vecinos y compañeros. El pleno municipal lo aprobó por unanimidad.
Se convirtió así en el primer policía local de Santa Cruz de Tenerife en recibir este honor. Para su esposa, el reconocimiento tiene un doble valor: «Él nunca habría aceptado algo así en vida. Era humilde hasta la terquedad, pero este homenaje no es solo a su figura, sino a todos los policías que sirven a Santa Cruz», confiesa su esposa. Todo sea, dice Pilar, porque este homenaje es un reconocimiento para toda la policía.

La viuda del sargento Abad, junto a la placa que da nombre a la calle donde se localiza la Academia de Seguridad, en Añaza. / María Pisaca
Calle Sargento Abad, en Añaza
Había que buscar un nombre para una calle en Añaza y, dada la proximidad a la Academia de Seguridad, se pretendía que tuviera algún vínculo. El subcomisario Blas Hernández no lo dudó: calle Sargento Abad.
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