El último molino de gofio de Santa Cruz está en La Salud
Los hermanos García custodian en el barrio de La Salud el último molino de gofio de la capital tinerfeña, en un pulso entre la técnica artesanal frente a la industrial. Herederos del oficio de su padre, iniciador en 1953, toman el pulso a diario desde el mostrador. «cuando la economía va bien se vende menos gofio»

Los hermanos García, el alma de la Molienda de gofio en el Barrio de la Salud / Andrés Gutiérrez

En Salud Bajo se huele tradición. Cada mañana, Moisés García arranca la máquina del tiempo que se esconde en la avenida de Venezuela, donde desde hace décadas «huele que alimenta». Generaciones enteras han hecho del gofio su alimento básico.
El último molino de Santa Cruz
Tres de los cinco hermanos García —Moisés, David y Abel— mantienen vivo el último molino artesanal de Santa Cruz, uno de los cuatro que aún quedan en la isla. «Hoy solo quedamos cuatro: nosotros, La Molineta en La Laguna, otro en Las Mercedes y otro en Tejina», enumera Abel. El resto sucumbió a la industrialización.
Un oficio que llegó por herencia
El gofio les corre por las venas. Su padre invirtió los ahorros reunidos en Venezuela para comprar en 1953 el molino, ya en funcionamiento desde hacía una década. «Dicen que era de Domingo, pero él solo lo trabajaba: el dueño era un médico», recuerda David.

David García, en pleno proceso de elaboració de gofio en su molino en La Salud. / Andrés Gutiérrez
Aquel molino gomero de Agulo, del que venían, no era solo un negocio: daba luz al pueblo con un motor diésel acoplado a una bobina.
Una vida al ritmo del molino
Los hermanos nacieron en la misma casa que aún acoge el molino —casi 300 m²— y donde crecieron. «Papá falleció hace 21 años, pero nos enseñó todo», dice Moisés.
El molino conserva el sistema tradicional de piedra y maquinaria antigua. «En los años 50 había catorce molinos en la capital», recuerdan.
El proceso, intacto
El gofio sigue tres pasos: limpieza, tueste y molienda. «Antes limpiábamos el grano; ahora viene muy limpio, pero también lo pagamos bien», explican.
Los cereales llegan de distintas procedencias: millo peninsular, trigo francés, centeno alemán y, a veces, maíz argentino o marroquí. «Nunca ha venido de Ucrania», precisan.
Las piedras, francesas, son una joya difícil de encontrar: «Aquí solo hemos cambiado tres en décadas».
El matahambre de la posguerra
«Mi padre decía que el gofio fue el matahambre que salvó a mucha gente», cuenta Moisés. En los años 70 perdió prestigio, pero hoy vive un resurgir: saludable, energético y natural.
Producto para deportistas
En el molino La Salud elaboran mezclas de trigo y millo, además de avena, espelta, centeno y quinoa, muy popular entre deportistas. También producen gofio con cacao y formatos pequeños para hospitales, colegios y cáterings.

Abel García, del molino La Salud; detrás su hermano David. / Andrés Gutiérrez
«Tenemos tres tamaños: kilo, medio kilo y 40 gramos. Cuando tocan los pequeños, estamos tres días seguidos solo con eso», dice Abel.
El día a día del molino
Abren de 8 a 13 h y de 16 a 19 h, aunque suelen empezar antes. Moisés «abre la pista»; David atiende el mostrador y las cuentas; Abel se encarga del reparto y el envasado.
Los clientes combinan vecinos de siempre y nuevos buscadores de productos artesanales. Incluso hay quien trae su propio grano tostado «para que se lo molamos, como antes».
Cambios en el consumo
«Cuando la economía va bien, se vende menos gofio», reflexionan. La juventud lo toma menos, aunque los colegios lo reintroducen. Durante las Fiestas de Mayo, grupos escolares visitan el molino para aprender a tostar y moler.
Un alimento barato y energético
«Hay quien dice que está caro, pero un kilo cuesta 2,30 euros y da para dos semanas de desayuno», calculan.

Gofio de mezcla de trigo y millo. / Andrés Gutiérrez
El gofio sacia, es saludable y libera energía de forma lenta. Muchos mayores que superan los 90 años lo consideran su secreto de vida. «Hasta los pediatras lo recomiendan desde el año», cuentan orgullosos.
El final de una era
Los hermanos temen que, con ellos, termine la historia del molino de La Salud, el último testigo del gofio artesanal en Santa Cruz.
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