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Recetas y sinsabores: el relato de una vida valiente y emprendedora

Esther Hernández publica a sus 83 años su primer recetario cocinado en vida a fuego lento. De entrantes, una infancia marcada por la guerra y la separación de sus padres; de primero, un matrimonio ‘impuesto’; de segundo, la muerte de tres hijos; de postre, el tesón de la primera albañil de España que sacó a su familia para adelante.

Esther Hernández (Santa Cruz de Tenerife, 1942), en la cocina de la asociación de vecinos Somosierra Activa, donde presentó su recetario.

Esther Hernández (Santa Cruz de Tenerife, 1942), en la cocina de la asociación de vecinos Somosierra Activa, donde presentó su recetario. / Andrés Gutiérrez

Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

La asociación de vecinos Somosierra Activa, que preside Arturo Plasencia, acogió días atrás la presentación del libro «Cocina para despertar el corazón (y alegrar el bolsillo)», que incluye 114 recetas variadas —desde chocolate bay bay hasta costillas en salsa— recopiladas por Esther Hernández Díaz, residente en el barrio e incondicional de las actividades que allí se programan, hasta el punto de impartir también algún taller.

Una vida estremecedora

Si rica es la oferta gastronómica que recoge la publicación, estremecedora es, como poco, la experiencia de vida de su autora.

Su nombre completo es María Esther Hernández Díaz. Nació por «encima de La Colina», en Barrio Nuevo, en el Balcón de Tenerife, el 20 de febrero de 1942, el mismo día de Carnaval. «Soy Piscis». Vino acompañada de «algún dinerillo», porque así se celebraba entonces el nacimiento de una niña.

María Esther Hernández Díaz nació en Barrio Nuevo y vive en Somosierra.

María Esther Hernández Díaz nació en Barrio Nuevo y vive en Somosierra. / Andrés Gutiérrez

Hija de Humberto y María del África, creció en una familia numerosa marcada por la posguerra. Su padre, procedente de Icod de los Vinos, habría servido en el frente y, a su regreso, trabajó como maître en salas de fiesta de Las Palmas. Allí se refugiaron su madre, ella y una hermana. «Mi vida no es muy bonita», anticipa Esther. «Estábamos mi hermana y yo; después fuimos seis», aunque su madre confió el cuidado de una de las niñas a unos tíos, que creció lejos del resto. «Tiene casi mi misma edad —81 años— y sigue viva». Más como disculpa que como ofensa añade, con mezcla de nostalgia y resignación: «Esas cosas se hacían antes; el resto de hermanos —ha fallecido uno— siempre hemos estado unidos».

Infancia marcada por la dureza

La mayor de la prole no da tregua al contar su historia: «Con siete años me pusieron interna en el Hogar Escuela y estuve diez años. El motivo, ni lo sé ni nunca lo pregunté. Me crié sola». «Cuando iba a entrar en Magisterio, mis padres decidieron sacarme del colegio con 16 años para cuidar a mis hermanos». Por entonces su padre trabajaba en la fábrica de hielo de la Cruz del Señor y su madre en la fábrica de cigarros Antillana, junto al puente Galcerán.

Cuando la sacaron del internado, se puso a dar clase en Somosierra, en la casa familiar, «a los niños que llamaban analfabetos. Y pagaban. Mi padre les cobraba». «La historia de mi casa es grave por cosas que sufrí y no voy a contar. Conocí a una señora que tenía un hijo, con el que me casé. Me llevó a vivir a Agua García, en Tacoronte. Yo tenía 17 años.

Un matrimonio marcado por la enfermedad

«Me casé la primera vez para quitarme de mi padre; me pintaba los cristales para que no viera a nadie». Recuerda el día en que conoció a su primer marido, cuando lo vio paseando por Somosierra con un perrito: «Pasó a mi lado y me dijo: “Eres la mujer de mi vida, pero el corazón me hace turre pa’quí y turre pa’cá. A poder que yo pueda, tú serás la madre de mis lechones”». «Fui llorando a mi madre para contárselo».

Portada del libro de coina variada elaborado por María Esther Hernández Díaz.

Portada del libro de cocina variada elaborado por María Esther Hernández Díaz. / Andrés Gutiérrez / t

Ya casada, un día «se puso malito y el médico nos llamó a la familia. En presencia de los padres les preguntó por qué no me habían dicho que padecía esquizofrenia». Para entonces ya tenía tres hijos, tantos como años duró el matrimonio; los tres heredaron la enfermedad del padre. «Eso lo pasé yo y más cosas que no voy a contar, y que él hacía a su madre», relata. Su marido, trabajador de la Refinería, falleció quemado en un accidente laboral.

Una segunda oportunidad

Tras quedarse viuda, Esther regresó a su casa —estaba a su nombre—, junto al cine de Somosierra, donde vivían sus padres, que «la recogieron». Prefiere pasar por encima de los detalles para recordar que salió adelante porque «se puso» de peluquera tras obtener el título en un curso ofrecido en 1965 por el Cabildo de Tenerife y gracias al apoyo de la Capitanía Militar de Canarias. «Trabajé en las mejores peluquerías de Santa Cruz, hasta que monté la mía cerca de La Salle, a finales de los años setenta».

Nuevo matrimonio, nuevas luchas

«En 1967 me casé por segunda vez. Vivía en San Pío. Allí conocí a mi segundo marido, que había quedado viudo; la mujer falleció con 19 años. Me dejó un niño, que es mi hijo, y que tenía seis meses cuando nos casamos». «Él tenía una carpintería debajo del puente Galcerán y yo seguí con mi peluquería. Tuvimos tres hijos». Un día, por una discusión, Esther se marchó a Barcelona, donde trabajó de peluquera. «Me ayudó hasta el alcalde de Cornellà». Allí fue la primera peón albañil que trabajó con su segundo marido, «que para mí era dios». «Me vi con mi hijo enfermo y hasta fui desahuciada; me ayudó el Ayuntamiento, que me dio un piso». De regreso a Tenerife, trabajó en la limpieza en el Hospital de La Candelaria, hasta que pudo arreglar los papeles para cobrar la paga de viudedad.

Libros para ayudar a otros

La decisión de publicar una serie de libros —primero, «El amor en verso»; ahora, un recetario— responde a su deseo de recaudar fondos para ayudar a niños enfermos. «Mi hijo falleció con diez años. Tenía parálisis cerebral. Nunca me dijo: mamá».

Esther asegura que el libro de cocina «está muy bien hecho porque incluye recetas de mi abuela paterna, Tomasa Hernández Pérez, vecina de El Sobradillo. Es el amor de mi vida. Hasta que me internaron estuve con ella. Soy la gemela de mi abuela; pienso igual que ella, hablo todas sus cositas. Era una mujer muy entera». «No es que las recetas del libro me las hubiera dictado ella, sino que las pienso como ella. Desde chiquita me ha gustado la cocina».

Ejemplo de mujer emprendedora

Esther, viuda por dos veces y que ha enterrado a tres de sus seis hijos, planta cara a la vida. Desde hace tres años estudia en la Universidad, donde ha cursado asignaturas como Derecho, Literatura, Arqueología Canaria y Teatro y Poesía. «Si termino este año me dan la orla», confía esta catedrática cum laude de la Vida.

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