Chamorga, viaje a la Anaga profunda
Vecinos del caserío de Anaga realizaron una recogida de firmas en 1940 para crear un colegio en Chamorga porque había más de doscientos chiquilllos; hace quince años se cerró por falta de niños. ¿Quién dijo Tenerife vaciada?

Arturo Jiménez

En la Anaga profunda, la más alejada de la civilización, se encuentra el caserío de Chamorga, en Santa Cruz de Tenerife. Da igual que el visitante acceda por Las Canteras (Las Mercedes) o por San Andrés: la distancia oscila entre 28 y 31 kilómetros, pero el viaje nunca dura menos de una hora. En el trayecto es más fácil cruzarse con ciclistas que con automovilistas. El recorrido es mágico, especialmente desde que se entra en el túnel vegetal, después de superar la parte más alta del macizo, por donde cae en cascada el alisio: todo un espectáculo cuando aparece la bruma.
Un caserío que resiste
Según los datos del área de Población de Santa Cruz, en 2024 estaban censados en Chamorga 36 vecinos: veinte hombres y dieciséis mujeres, entre ellas las tres residentes más longevas del lugar, frente a dos jóvenes de entre 25 y 29 años, los últimos empadronados.
Los oriundos distinguen en el caserío tres zonas: Los Dragos, Lomitolera y la Piedra del Barranco. A mitad del camino, justo donde termina la carretera, se encuentra Casa Álvaro, testigo del frenesí de senderistas que pasan a diario. Al frente, Juana Pérez López, que lo regenta desde hace 37 años.

Caserío de Chamorga / Arturo Jiménez
Juana, memoria viva de Chamorga
Sobrina de Álvaro López Gil, de quien toma nombre el establecimiento, recuerda que él atendía la venta del caserío, donde también se celebraban los bailes. Álvaro, a quien Juana cuidó, falleció hace catorce años, a los 93.
Juana bien puede presumir de ser una madre coraje. A sus 67 años recuerda cómo su esposo enfermó hace treinta, cuando le detectaron el primero de los dos cánceres que padeció. El matrimonio tenía cuatro hijos, el mayor de 13. «Me tuve que poner las pilas», explica.

Ermita de la Inmaculada Concepción, de Chamorga. / Arturo Jiménez
No olvida el dolor de haber enterrado a un hijo, también por cáncer: Sergio Marrero Pérez, futbolista del San Andrés durante 27 años y entrenador de la cadena de filiales de Tegueste incluso ya enfermo.
Juana demuestra que se puede vivir en Chamorga sin coche. Depende de su hija para hacer la compra una o dos veces por semana. Casa Álvaro —el particular ayuntamiento del caserío— es el punto de encuentro y el lugar donde degustar garbanzas, carne con papas y queso que alimenta el alma.
El esplendor perdido
Su abuelo le contaba que Chamorga llegó a tener más de setecientos habitantes. Conserva un documento de 1940 promovido por Manuel Rodríguez, propietario de la mayoría de los terrenos, y Juana Álvarez Gil, su abuela, donde solicitaban una escuela para los más de doscientos niños del lugar. El colegio, sin embargo, cerró hace quince años.

Un drago preside el acceso por la parte baja a la plaza de la ermita de Chamorga. / Arturo Jiménez
Más allá del censo, de lunes a viernes viven en el caserío unas doce personas, cifra que se duplica los fines de semana.
Los últimos habitantes
Cándido Rodríguez, presidente de la asociación vecinal e hijo del último torrero del faro de Punta de Anaga, coincide en estos datos. Frente a Casa Álvaro, su madre, Carmen Gallardo, recuerda cómo aprendió con un maestro que venía de La Orotava o el día que conoció a su marido, músico de guitarra, timple, laúd, bandurria y violín. Su nieta María, de 22 años, heredó ese arte.

María Rodríguez, de 22 años. / Arturo Jiménez
Una comunidad que persiste
«La gente se avergüenza de reconocer las penas que se pasaban antes; vergüenza es robar», dice Juana. También recuerda cómo Taganana llegó a tener tres mil habitantes.
En la salida del caserío se encuentra la ermita de la Inmaculada, cuya festividad se celebra en octubre por cuestiones meteorológicas, aunque el clima ha cambiado, explica Cande Hernández, esposa del presidente vecinal.

Cande Hernández, esposa del presidente de la asociación de vecinos de Chamorga. / Arturo Jiménez
Una placa recuerda a José Manuel González Gómez, El Metra, que en 1984 abrió paso a los nuevos senderistas.

Vereda por la camilleros de dos ambulancias pasan dos veces a la semana para llevar a diálisis a una vecina. / Arturo Jiménez
María repasa recuerdos: los chorros de agua donde se lavaba, la charca, el paso de la ambulancia que dos veces por semana baja a una vecina a diálisis. Chamorga compite con la comodidad de vivir cerca del trabajo mientras crecen las viviendas vacacionales: tres por ahora.

La charca de Chamorga, llena de carpas. / Arturo Jiménez
¿Cobertura? No, gracias
Juana pide mejorar los senderos y limpiar los márgenes de la carretera. La línea de guagua también necesita renovación: un microbús tan viejo como la propia ruta debe lidiar con un trazado estrecho y curvas que siguen siendo un reto.

Una placa recuerda en la plaza de la ermita a ' El Metra', amante de la naturaleza fallecido en 1984 / Arturo Jiménez
En Chamorga hay luz, agua y teléfono fijo, pero la cobertura móvil es casi inexistente. Juana lo agradece: «Si hubiera, esto sería una locura».

Chamorga, remanso de paz en Anaga. / Arturo Jiménez
Desde la declaración de la Reserva de la Biosfera, dicen, «tenemos menos que antes».
La resistencia
Cande cuenta los días para que su marido, Cándido, se jubile y puedan quedarse a vivir definitivamente en Chamorga. María, atada al trabajo, sueña con reabrir el colegio.
Es la resistencia.

Plano de localización de Chamorga. / El Día
Chamorga
La capital de Tenerife está dividida en cinco distritos: el más pequeño en población, Anaga, con 12.052 vecinos según datos de 2024. Y sin embargo, el mayor en extensión: los otros cuatro ocuparían la extensión de Anaga. El caserío más alejado: Chamorga.
En primera persona

Otilia Rivero, una de las vecinas decanas de Chamorga. / Arturo Jiménez
Otilia Rivero, vecina de Chamorga
Otilia es una de las vecinas decanas del caserío de Chamorga, que junto a su esposo trabajó el campo y contaba con medio centenar de cabras que le permitía elaborar quesos que luego vendía. Viuda, continúa haciendo su vida en la Anaga profunda. «Aquí no viene Hiperdino», dice con humor. Sus dos hijos viven uno en María Jiménez y otra en Tacoronte, porque le es mucho más fácil para llegar a sus puestos de trabajo. «Ellos me hacen la compra y me la traen», precisa mientras se dirige a la huerta.

Carmen Gallardo, esposa del último torrero de Anaga / Arturo Jiménez
Carmen Gallardo, esposa del último torrero de Anaga
A sus noventa años, es la abuela de Chamorga, esposa de Manuel Rodríguez Rojas, quien fue el último torrero del Faro de Punta de Anaga, que de automatizó a partir de 1990. Madre de Cándido, presidente de la asociación de vecinos del caserío, asegura que hoy se vive mucho mejor que antes, cuando había días que no siempre se desayunaba, almorzaba y cenaba en la misma jornada. «Antes se pasaban muchas penalidades. Iba descalza al monte y esperaba a Carnaval para tener unas lonas».
Suscríbete para seguir leyendo
- Vecinos de Añaza, indignados y consternados por la muerte de una niña de 13 años en el mamotreto del Suroeste, exigen su derribo inmediato
- Santa Cruz tiene 50.000 metros cuadrados de suelo inutilizable porque nadie lo registró
- El antiguo edificio de Hacienda de Santa Cruz se convertirá en una gran sala de exposiciones
- Próximo paso judicial de los vecinos que han dejado a Santa Cruz sin ordenanza de tráfico y sin carril bici: desmantelar la Zona Urban
- Los ‘tricampeones’ del concurso coreográfico del Carnaval se independizan
- Adiós a la acera más peligrosa de Santa Cruz: el Ayuntamiento encuentra a una empresa que la arregle
- Impulso a la peatonalización de la calle Santiago: el Cabildo financiará el 80% del coste de la obra
- Santa Cruz niega las paradas a los tuk tuk, ni para sacar fotos, y le pasa la pelota al Gobierno canario