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Cecilia y Candelaria, primeras mujeres policías, y motoristas, de Santa Cruz de Tenerife y de Canarias

Cecilia Fernández y Candelaria Gómez integraron la promoción que integró a las primeras mujeres en el cuerpo de seguridad de Santa Cruz de Tenerife en 1983. Se ofertaron 25 plazas, diez para féminas. Recuerdan cómo algunos daban la vuelta para evitarlas y preguntar al compañero. De nacer de nuevo, volverían a ser policía.

Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

«¿Y a cuenta de qué viene ahora este reportaje?», pregunta Candelaria Gómez, una de las dos agentes que acceden a hacer un repaso como miembro de la primera promoción de la Policía Local de Santa Cruz de Tenerife que, en 1983, incorporó mujeres. «Las verdaderas protagonistas, y las que te podrían contar muchas cosas, son las que están ahora en ejercicio», advierte. Cecilia Fernández, vecina del pueblo de San Andrés, abre la conversación.

Los comienzos de una generación pionera

Casi cuatro décadas después de su ingreso —y ya jubiladas—, explican cómo decidieron dar el paso para entrar en la Policía Local de la capital tinerfeña. Ninguna creció en un entorno vinculado a los cuerpos de seguridad. Cecilia lo resume con naturalidad: «Mi padre era pescador, mientras mis hermanas trabajaban en la recova y mis hermanos en aduanas. No había nadie policía». Entró al cuerpo por «una mezcla de necesidad y de ganas de ayudar». En aquel momento trabajaba en una guardería mientras estudiaba en el instituto, con un sueldo insuficiente para una familia en la que su madre era viuda.

Cecilia Fernández, una de las primeras mujeres policías locales de Santa Cruz de Tenerife.

Cecilia Fernández, una de las primeras mujeres policías locales de Santa Cruz de Tenerife. / Arturo Jiménez

«No imaginé que acabaría en la Policía. Fue un vecino del Ayuntamiento, vinculado a temas sindicales, quien me habló de la convocatoria: ‘Muchacha, preséntate, que esto es la policía del pueblo’», recuerda Cecilia. Corría 1982.

La primera convocatoria que abrió puertas

Candelaria, más conocida como Yayi y que vivió en el barrio de La Salud, explica que la primera convocatoria que abría las puertas a mujeres en la Policía atrajo más de un centenar de solicitudes. Finalmente ingresarían quince hombres y diez mujeres, que además fueron las primeras motoristas de toda Canarias, apostilla Cecilia, porque era un requisito para poder afrontar las pruebas de acceso.

La Policía de antes era una familia; había mucho más trato humano y tenías que saber un poco de todo

Cecilia Fernández

— Agente de la primera promoción de mujeres policías de Santa Cruz de Tenerife, en 1983

La formación fue breve e intensa. «Estuvimos en la academia junio y julio, y en agosto ya empezábamos las prácticas», recuerda Cecilia. Aún llevaban la boina, el cordoncillo y los zapatos reglamentarios cuando se incorporaron a los primeros servicios. En septiembre ya estaban subidas en moto.

Candelaria y Cecilia se localizan en la fotografía de la primera promoción de mujeres policías en Santa Cruz.

Candelaria y Cecilia se localizan en la fotografía de la primera promoción de mujeres policías en Santa Cruz. / Arturo Jiménez

«Yo me saqué el de moto antes que el de coche», dice Candelaria, y «esperé a tener la mayoría de edad para finalizar los exámenes prácticos». Cecilia admite que «si no hubiera sido por la oposición, no sé cuándo me habría sacado el carné».

Una Policía muy distinta

La Policía de entonces, coinciden, era otra cosa. «Éramos una familia», dice Cecilia. Turnos de 12 horas, un día sí y otro no; noches fijas; escasez de personal; casi ninguna libranza en fines de semana. «No había ordenadores, ni protocolos para todo como ahora. Había mucho más trato humano. Tenías que saber un poco de todo».

La Santa Cruz de principios de los ochenta no se parece a la actual, advierte Yayi. Las grandes avenidas no existían; el tráfico se regulaba en rotondas, en calles estrechas, en avenidas que nacían a un ritmo distinto al actual. «Los puntos de regulación eran durísimos: la plaza de Toros, la salida de la Marina, la 3 de Mayo…», enumeran. «Y luego tenías las entradas y salidas de los colegios», que eran a diario.

En Carnaval, jornadas eternas. Interminables. «Salías de un evento a las dos de la mañana y a las nueve ya estabas de nuevo en la calle». «Había veces que no tenías un solo día libre en toda la semana… ahí me veías por la noche limpiando el cuello de la camisa», apostilla con una sonrisa Cecilia.

Servicios que dejan huella

Tanto Candelaria como Cecilia pasaron por Atestados, una de las unidades más duras del cuerpo, sin obviar otras intervenciones en intentos de suicidio, situaciones de crisis con familias… «Antes no había tantos recursos externos. Todo se resolvía con mucho hablar, con mucho tacto».

La sociedad ha cambiado, los barrios no son lo que eran. Ahora hay otros recursos y específicos

Candelaria Gómez

— Agente de la primera promoción de mujeres policías de Santa Cruz de Tenerife, en 1983

«Te llevas cosas a casa», reconoce, ya sin uniforme, Cecilia, a corazón abierto: «El muerto no es un DNI. Es una persona. Yo recuerdo un operario que falleció la víspera del Día del Padre. Y ya te haces a la idea: la familia esperándolo, los planes truncados…». Cecilia recuerda especialmente una tragedia ocurrida junto a las antiguas terrazas de verano, en la que murió una joven. «Estuvimos dos noches sin poder dormir ni comer. Somos personas».

Un cuerpo en transformación

Con los años, el cuerpo fue profesionalizándose. Llegaron protocolos, unidades especializadas y nuevas herramientas. Candelaria, mujer policía pionera en Santa Cruz, también fue de las primeras en la puesta en marcha de Emergencias en el incipiente servicio del 1-1-2 y en el centro de atención a la mujer. «En aquel momento estaba empezando todo el movimiento de atención a víctimas. Fue una época muy intensa».

Candelaria Gómez, una de las primeras mujeres policías de Santa Cruz de Tenerife.

Candelaria Gómez, una de las primeras mujeres policías de Santa Cruz de Tenerife. / Arturo Jiménez

Ambas vivieron la pandemia de la covid desde dentro. «Fue el servicio más largo, más raro. La ciudad vacía, la gente encerrada…», recuerdan. «Tuvimos la suerte de poder salir a trabajar mientras la gente que se quedó en casa lo pasó peor». También quedaron marcadas por episodios como la riada de 2002. «Yo vivía en Anaga y las paredes temblaban», dice Cecilia. «El agua bajaba por el barranco y arrastraba todo».

Vocación que permanece

Cecilia defiende la figura del policía de barrio. «Es como el médico de familia. Cuanto más contacto tienes, más conoces la problemática real del barrio», si bien Candelaria cree que el modelo actual responde mejor a la complejidad de la ciudad: «La sociedad ha cambiado, los barrios no son lo que eran. Antes el policía mediaba en conflictos vecinales; ahora hay otros recursos y más específicos».

De volver a nacer, Candelaria y Cecilia tienen claro que volverían a ser policías.

De volver a nacer, Candelaria y Cecilia tienen claro que volverían a ser policías. / Arturo Jiménez

Aunque llevan años jubiladas, el oficio sigue siendo referencia en sus vidas. «A veces tengo un servicio en sueños y me tengo que decir a mí misma: “No, ya estás jubilada”», confiesa Cecilia. «Es una profesión que te marca. Yo no entré porque quisiera ser policía. Entré por necesidad. Pero acabé amándola».

Ambas se retiraron tras casi cuatro décadas de servicio. Pero tienen claro que, de volver a nacer, «volveríamos a ser policías».

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