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Casa Paca, sabor a Anaga: "¿Dónde mejor que aquí?"

Nacida, criada y ensolerada en Benijo, Paca afronta cada día como si fuera lunes, sin vacaciones ni festivos. A sus 73 años, lleva casi medio siglo al frente de este restaurante, aunque ella asegura que no entiende mucho de cocinar

Paca Izquierdo, alma de la casa de comida de Benijo a la que da nombre desde hace medio siglo.

Paca Izquierdo, alma de la casa de comida de Benijo a la que da nombre desde hace medio siglo. / Arturo Jiménez

Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

En el norte de Tenerife, presidiendo la Reserva de la Biosfera, se localiza el caserío de Benijo, donde tiene sus raíces la casa de comida canaria que atiende y mima Paca Izquierdo, parte viva del patrimonio del parque rural. Enemiga de las cámaras, Paca alterna entre la cocina y las mesas. Su prioridad es atender al cliente, como ha hecho durante casi medio siglo de sus 73 años.

Tiene a gala ser nacida, criada y ensolerada en este caserío y presume de haber trabajado toda su vida al frente del restaurante, que no cierra en todo el año.

Casi medio siglo al pie del fogón

El pelo blanco y sus gafas de pasta le dan una presencia de abuela afable, aunque es un rehilete que parece hacer siempre equilibrio entre la atención personalizada al visitante y que todo esté a punto en la cocina.

Tras superar la pequeña terraza que se encuentra en la pista, donde parece morir el barranco, en el interior del restaurante se descubre media docena de mesas recubiertas con un mantel de hule de inconfundibles cuadraditos, que se extiende como si fuera certificado de calidad de la comida canaria que se elabora en Casa Paca.

«Mi familia es de aquí. Mis padres se dedicaban al campo», recuerda. En Benijo parece que se detuvo el tiempo y que empadronó la vida rural sencilla heredada de la época en que allí vivían más de treinta vecinos. «Teníamos ganadería, unas cabras, unas vacas y algo más. Éramos bastantes», comenta.

Con los años, el caserío se fue quedando más tranquilo, aunque Paca nunca ha pensado en cerrar. Casi como quien hace una excepción, ha empezado a no abrir algún miércoles, pero poco más.

El sabor de lo auténtico

Hace ya 45 años que Paca abrió su restaurante y desde entonces no ha dejado de atender a senderistas, curiosos y vecinos.

«Esto me gusta y, al gustarme, sigo al pie del cañón. Aquí viene mucha gente, de todo tipo. Los domingos son los días más intensos: la gente viene a comer», comenta.

Cuando se le pregunta si hay que llamar para reservar, Paca responde con rapidez: «No, no, no», a la par que dibuja una sonrisa cómplice que garantiza que siempre hace sitio a quien la visita.

Su cocina se descubre tras superar una segunda estancia y llegar a la sala de máquinas, entre perolas y productos de la tierra, donde Paca atesora su receta para elaborar carne de cabra, conejo, garbanzas, potas…, sin que falte el queso blanco y el pulpo guisado:

«Se hace con aceite, vinagre y pimienta. Que pique poco, aunque si no pica, no es bueno», explica divertida, para apostillar que ese es justo el secreto para que repita el visitante.

Una vida entre el trabajo y el paisaje

Paca es consciente de que llegar a Benijo no es fácil. «Las carreteras son estrechas, pero los camiones pasan bien», asegura. A veces, la lluvia complica las cosas, pero ya está acostumbrada: «Ahora estamos esperando lluvia», contaba el miércoles como quien confía un secreto.

De nuevo hace un alto para atender a cinco jóvenes comensales.

A Paca no le queda lejos el trabajo del que vive. «Luz tengo, y agua también. Aquí solo pueden pasar los vecinos, pero no hay problema». Vive junto al bar, en una pequeña vivienda donde hace su vida diaria. «Aquí tengo el bar y luego voy a la parte de atrás», cuenta.

Y si falta algo, ahí tiene a su hijo, que la ayuda con la compra, y el resto se lo traen los camiones con la mercancía. Se ríe cuando le preguntan si Casa Paca es la referencia de Benijo: «No, no tanto. Regulín. Después de la pandemia ha ido bien. Nunca me he podido quejar mucho».

Su esposo, natural de Almáciga; ella, de Benijo. De su unión, dos hijos, uno de los cuales trabaja con ella. «Nietos todavía no tengo».

Cuando Anaga no era Parque

A lo largo de los años, por su bar han pasado senderistas, caminantes, turistas y vecinos de toda Tenerife.

«Viene gente de toda la Isla. En 45 años, siempre he estado al pie del cañón. Alguna vez me he puesto enferma, pero no mucho. Siempre hemos estado abiertos».

«Estoy empezando a cerrar de vez en cuando, pero si estoy aquí, ¿para dónde voy a ir? Aquí estoy mejor que en ningún sitio. Con uno alegas, con otro alegas y ya está», dice riendo.

Cuando Paca abrió su casa de comidas, Anaga aún no era Parque Rural ni Reserva de la Biosfera.

«Eso fue hace pocos años, doce o por ahí. Pero a mí no me ha afectado. La gente sí se queja, dicen que para mover una piedra hay que pedir permiso. Aquí no hace falta hacer grandes edificios, pero si quieres arreglar una casa o pintarla, también hay que sacarlo para que cobren ellos», dice, como si eso no fuera con ella.

La vida en Benijo

Si pudiera volver a empezar, ¿haría lo mismo? «Sí, fijo. Para mí no hay nada como esto. Tiene sus playas bonitas, peligrosas pero bonitas. Entre el temporal y el mar, por arriba y por abajo, es un peligro, claro. Pero merece la pena».

Recuerda una anécdota que marcó a los vecinos: «Hace años hubo un chubasco fuerte; de Taganana acá se derrumbó todo. De haber necesitado salir, tendríamos que haberlo hecho en helicóptero».

Para Paca, todos los días son lunes, incluso en fiestas. «Las Navidades son un día cualquiera. No me preocupan mucho. No viene mucha gente, alguno sí, pero no muchos. Cada uno tiene su modo de pensar. Para mí, es un día como otro».

Y es que Benijo es la vida de Paca. Su esposo se jubiló y disfruta atendiendo un terreno al otro lado de la pista, justo enfrente de la casa de comidas que mantiene vivo el sabor de la tradición: el sabor de Anaga y su gente.

El sabor de la tradición

En Casa Paca se degusta la profundidad del silencio y el aroma de la naturaleza.

Anaga es diferente, y Benijo, más aún.

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