Gregoria Eduvigis Martínez, la barrendera del parque García Sanabria
Duvi, una de las pioneras del servicio de limpieza de Santa Cruz, maneja la hoja de palmera con la misma destreza con que un pianista interpreta una partitura. Detrás de su vida laboral, el testimonio callado de la hija y hermana que cualquiera desearía

Gregoria Eduvigis Martínez ('Duvis'), barrendera más antigua de Santa Cruz / Arturo Jiménez

Gregoria Eduvigis Martínez Plasencia, conocida familiarmente como Duvi, es la encargada de mantener el parque García Sanabria, el pulmón de Santa Cruz de Tenerife, limpio como una patena desde que entró en la empresa concesionaria de este servicio hace 16 años, entonces con Urbaser y ahora con Valoriza.
«Dicen que el alcalde que estaba pidió que estuviera fija aquí», recuerda.
“Nací un martes 13 y la mala suerte no me ha dado tregua”
Nació un martes 13 de hace 64 años y asegura que la mala suerte no le ha dado tregua. Para realizar la entrevista, deja la puerta de servicio de la cafetería del parque, accede a compartir mesa y casi se le cae el barraquito.
«¿Te das cuenta?», dice, poniendo de ejemplo la «profecía» del día de su nacimiento, con una imperturbable sonrisa que la acompañará durante toda la conversación.
Juega a su favor que por aquella época «no había dinerito para apuntarme, así que ni la fecha quedó bien» en el registro, y su cumpleaños oficial lo celebra el 5 de abril. «Yo digo que, redondeando, tengo 30 años», bromea.
“En el parque me siento como en el cielo”
Duvi habla como una ametralladora. Todo lo acompaña con un «gracias, mi niño», prestando atención a su «joven» interlocutor, de más de cincuenta años. En el parque se siente como en el cielo, aunque ríe: «aunque no sé cómo es».
Es una de las más veteranas del servicio de limpieza. Su vida laboral oculta la entrega de la hija o la madre que cualquiera desearía.
Es la tercera de seis hermanos. «Mi madre era ama de casa y mi padre, conductor –también del servicio de limpieza de Santa Cruz–. Trabajaba todos los festivos, pobrecito mío. Él sacaba la casa adelante».
De Galerías Preciados al taxi de su marido
Antes de vestir el uniforme de barrendera, Duvi se buscó la vida con diferentes trabajos.
«Empecé en Galerías Preciados, en el anexo, y mi hermana trabajaba en la planta siete. También estuve en una panadería repartiendo pan, y en costura, haciendo ropa de mago en una tienda muy conocida de La Laguna. Luego, estuve en una tienda recogiendo la ropa de las costureras».
Y hasta llegó a conducir el taxi de su esposo, ya fallecido. Recuerda el día en que una señora mayor le pidió que la llevara a Barranco Grande y acabó en el Puertito de Güímar.
«Me equivoqué de dirección y pasé los túneles. La viejita se rió, me dijo que nunca la habían paseado tanto», cuenta divertida. La clienta se lo tomó con humor y hasta acabó invitándola a café.
La hoja de palmera, su herramienta favorita
Su jornada laboral comienza cada día a las cuatro de la mañana. Aunque ahora hay sopladoras y barredoras mecanizadas, Duvi reivindica la hoja de palmera de toda la vida. «Sigo con eso, ahí la tengo. Es lo mejor».
En dieciséis años ha visto de todo. «Una vez me encontré 20 euros, pero justo pasaba un señor en ese momento. Le pregunté si eran suyos. Me dijo que no, pero como llegamos los dos a la vez, me dijo: “Cójalos usted, que los vio primero”, y me los guardó en el guante».
“El parque es mi casa”
Para Duvi, el parque es su casa. «Lo cuido mejor que mi casa. A veces me estoy durmiendo por la carretera cuando vengo y no digo nada con tal de que no me quiten de aquí».
Solo en las grandes solemnidades del parque, como la Feria de Flores y Plantas, se refuerza el equipo. «De resto, yo sola. Pero si hace falta, me mandan un muchacho, como estos días».
Vida fuera del parque
Su vida no termina al salir del García Sanabria. En casa la esperan su madre, su hermana encamada, un hermano con problemas de salud ¡y ocho chihuahuas!. «Los cuido como a mis hijos».
De hecho, duerme en otra zona de la casa porque en la vivienda hay enfermos. Sus perros «son mi ilusión, junto a mi hijo».
Una vida dedicada a cuidar
Duvi se levanta a las dos y media de la madrugada para cambiar los pañales a su madre y a su hermana, invita a su hermano a tomar un café –de las tantas cafeteras que prepara a lo largo del día– y deja a su hermana al cuidado de una ayudante hasta que regresa de trabajar.
Desde los 25 años cuida de los suyos. «Cuando me casé, recogí a mi abuela. Después mi padre y mi hermana enfermaron a la vez, los dos en silla de ruedas. Mi hermana tenía un tumor cerebral, le dijeron que no volvería a moverse, pero ahí sigue: solo mueve los ojos y entiende todo».
Sobre su padre, ya fallecido, habla con ternura: «Lo sacaba todos los días a tomar un cortado. ¡Qué bien lo pasábamos! Aunque estuviera en silla de ruedas, los llevaba a los tres: a mi padre, a mi madre y a mi hermana».
El golpe más duro: la pérdida de su marido
Su marido, taxista, falleció de un infarto hace diez años. Se acababa de hacer un chequeo médico y le dijeron que estaba como un joven de 15 años. A la semana, «lo encontré muerto en casa. Para mí fue lo mejor que tuve. Él siempre me decía: “No te amargues tanto, que igual me voy antes”. Y así fue».
«Ahora tengo que hacer por los demás, que también se irán. O me iré yo antes, me da igual, pero no quiero dejarlos solos», confiesa.
Mirando hacia la jubilación con serenidad
Habla de su jubilación con serenidad. «La Seguridad Social me dijo que me corresponde a los 68 menos tres meses. No tengo toda la cotización. Pero yo estoy contenta de seguir trabajando. Para mí es una ilusión. Me da pena dejarlo, aunque estoy cansada. Me gustaría pasar más tiempo con los míos».
“Soy feliz, doy gracias a la vida”
Su vida se resume en una frase: de casa al trabajo y del trabajo a casa.
A veces se da un homenaje los sábados, una hora y media, y sale con una prima a almorzar una bandeja de salchichas en la avenida Tres de Mayo. «Es mi hora y media de salida. Luego, a casa».
Con todo, Duvi da gracias a la vida. Es feliz.
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